La conmemoración del 30 aniversario del Tratado del Elíseo le ha servido a Jacques Chirac, apoyado por Gerard Schroeder, para escenificar su singularidad política y su desmedida ambición europea. Haciendo causa común con el pacifismo unilateral germano y arrogándose el derecho a hablar por Europa, Chirac no sólo estaría ahondando la brecha que separa a Estados Unidos de sus aliados europeos, sino que también estaría profundizando las divergencias entre los europeos.
Lo primero que hay que tener en cuenta, en cualquier caso, es que la idea del eje franco-alemán como motor de Europa, apropiada hace décadas, entró en quiebra a comienzos de los 90 y no bastan los fastos de las ceremonias para pretender que ha revivido. De hecho, si se miran los desarrollos políticos de la Unión Europea en el último quinquenio, por ejemplo, hay que reconocer que los avances, por modestos que hayan sido, en el terreno de la política de seguridad y defensa común se han debido en gran parte al liderazgo de Tony Blair, cuya firmeza y determinación ha sido capaz de modificar la visión institucionalista gala en aras de un desarrollo más pragmático, centrado en las capacidades. Igualmente, si hay una persona a la que atribuir el gran salto adelante dado por la UE en materia de interior y justicia es José Maria Aznar. Y en el terreno de la unión monetaria ni Francia ni Alemania están en situación de dar clases a nadie.
Francia ha basado desde los años del general De Gaulle toda su estrategia exterior sobre un postulado básico: “disiento, luego existo” y sólo ha sabido construir su imagen en relación y contraste a las posiciones de Washington. Su habilidad, no obstante, se ha visto recompensada en la medida en que revestía siempre sus intereses nacionales con el manto de la independencia de sus decisiones. Pero ahora que Chirac esgrime de nuevo posiciones ideológicas en defensa de los principios de Naciones Unidas, cabría recordarle que fue él en persona quien paseó a Saddam Hussein a lo largo y ancho de Francia hasta que se completó la operación para la venta de un reactor nuclear a Irak. Tan escandaloso fue en el momento, que la central nuclear de Osirak tuvo que ser rebautizada como Tormuz, dado que todo el mundo la llamaba coloquialmente la central de O’Chirac. La central sirvió, además, para solicitar de Bagdad pingües compensaciones industriales bajo la forma de derechos de acceso y explotación de pozos de petróleo. Francia tampoco tuvo reparos en reestablecer vuelos comerciales con Bagdad en los últimos años a pesar de la negativa de Naciones Unidas.
Por su parte Alemania concentra sus esfuerzos de distanciarse de Estados Unidos acusando a Bush de unilateralista, pero ocultando que es Berlín quien tendría que ser tildado de tal. Que el canciller Schroeder declarase en la campaña electoral del pasado otoño que Alemania nunca participaría en una acción militar contra Irak, antes de que se hubiera abierto discusión o proceso alguno en las Naciones Unidas, era, en la práctica, una declaración de situarse al margen unilateralmente del proceso de toma de decisión multilateral de dicha organización, a la que se negaba cualquier posibilidad.
El problema alemán es que no pude quedar circunscrito a los ardores de una disputada campaña electoral. Si se retrocede a 1992 también encontramos el mismo modelo de actuación, en esa ocasión arropado a su vez de chantaje: en la cumbre europea de diciembre el representante alemán informó a sus socios que su país iba a reconocer a Bosnia a comienzos del siguiente enero, independientemente de lo que pensaran o hicieran los demás. Su actitud tuvo entonces que ser secundada en aras de preservar una incipiente Unión Europea, demasiado débil como para revelar ya tamañas fisuras.
En un momento en que el Reino Unido, España e Italia ya han hecho saber que la crisis actual con Saddam tiene que resolverse con o sin Naciones Unidas, que el eje franco-alemán, “la madre de todos los ejes”, pretenda atribuirse la representatividad europea, por la fuerza que ostenta Francia con su derecho de veto en el Consejo de seguridad de la ONU, no deja de mostrar el talante y la naturaleza de Chirac y Schroeder, que supeditan cualquier diálogo a sus aspiraciones políticas, financieras y comerciales. El enemigo de Europa no es Estados Unidos sino este tipo de actitudes que crean más desconfianza sobre un proyecto que debería ser común y que se encuentra secuestrado por un fantasma del pasado.