En los últimos días se han sucedido diversas declaraciones de las autoridades norteamericanas, incluyendo al mismo Presidente Bush, muchas veces contradictorias, creándose una creciente confusión sobre el futuro del régimen de inspecciones en Irak, los pasos a dar por el Consejo de Seguridad y la eventualidad de un ataque militar para derrocar a Saddam. Sólo caben dos explicaciones: que todo responda a una estrategia deliberada para generar mayor confusión y aprovecharse de la misma; o que se deba a la incapacidad de la Administración americana para sostener una línea argumental lógica y un curso de acción coherente. Todo parece apuntar a la primera causa, a una estrategia deliberada.
En efecto, los beneficios de generar mucha confusión sobre el curso de acción de Estados Unidos, a la vez que se culmina el despliegue militar de sus tropas en la zona, son múltiples. Así, por ejemplo, afirmaciones en el sentido de que el Presidente Bush aún no se ha decidido por una salida bélica y que los inspectores podrían ver extendido su mandato, favorece una imagen menos determinista y abierta al juego diplomático de las Naciones Unidas que podría permitir la forja de un consenso básico en el Consejo de Seguridad por Washington sobre cómo actuar tras comprobar que Saddam sigue ocultando sus programas a la ONU a la vez que limitar las críticas a Estados Unidos en el frente internacional por su inclinación a la guerra.
En el plano militar, que no pueda deducirse del despliegue qué opción bélica es la favorecida por el Pentágono y la Casa Blanca, dejando todas las alternativas abiertas, desde una invasión mecanizada lanzada desde Kuwait, a operaciones aéreas desde Turquía, o asaltos aerotransportados desde los buques anfibios en el Golfo, por no hablar de fuerzas especiales operando desde Jordania, obliga a Saddam a contemplar múltiples ejes de defensa, complicando sobremanera su preparación y posible resistencia.
La ambigüedad sobre un posible ataque también introduce una mayor presión sobre Saddam Hussein y su entorno. Por un lado, hace más compleja una hipotética acción preventiva de Saddam, atacando Israel o bombardeando las bases de acogida de las tropas americanas, por ejemplo, puesto que una acción tal, en ausencia de una decisión explícita de que se iba a producir una intervención americana, haría saltar por los aires el escaso margen diplomático que le queda por jugar a Irak en Naciones Unidas y sería tomada como un casus belli por la comunidad internacional. Por lo tanto, reduce sus opciones. Al mismo tiempo, el espectro de la amenaza de una intervención aumenta las posibilidades de que desde dentro de Irak se produzcan movimientos contrarios al propio Saddam, mermando su base de poder.
No obstante, también cabe la explicación de que la confusión actual se deba a las contradicciones en el seno del equipo del Presidente Bush. Normalmente se cita la distancia entre el Secretario de Estado, Colin Powell, y los representantes de la línea más dura, como el Vicepresidente Cheney o el Secretario de Defensa, Donald Rumsfeld. Pero que el primero haya favorecido en primer lugar la opción multilateral de las Naciones Unidas no quiere decir que en ausencia de decisión por parte del Consejo de Seguridad no esté de acuerdo con sus colegas de gabinete en atacar de todas maneras a Saddam. Powell está más cerca en esto del resto de la Administración Bush que de los líderes europeos.
En realidad si hay una fractura más significativa de cara a una acción militar para acabar con Saddam se da dentro del propio Pentágono y tiene su frente entre la Junta de Jefes de Estado Mayor, muy conservadores por tradición a la hora de decidir sobre el empleo de la fuerza, y los responsables civiles y políticos, aparentemente mucho más entusiastas de las nuevas capacidades de combate de las tropas americanas. Muchas de las ambigüedades respecto al tipo de operación encontrarían su explicación en el hecho de que la mayoría de responsables militares estaría argumentando a favor de un plan de operaciones basado en el empleo masivo de la fuerza, particularmente de sus unidades acorazadas, tipo guerra del Golfo del 91 aunque a una escala más reducida, frente a los civiles y partidarios de la revolución de los asuntos militares, quienes creen que la guerra se podría ganar con un contingente muy reducido y explotando elementos no convencionales de las mismas.
Sobre el papel cualquiera de las dos explicaciones, la estrategia deliberada, la división interna de opiniones, es posible. Sin embargo, el hecho de que se publicite sin recato la autorización de los despliegues, la movilización de reservistas y las partidas de las tropas desde sus bases en América, pero que nada se sepa de las mismas desde ese mismo momento, particularmente en lo concerniente a sus despliegues operativos en la zona, induce a pensar que la información está más controlada de lo que se pretende aparentar. Y eso requiere una visión estratégica más amplia.
En ese sentido, no estaríamos asistiendo tanto a un proceso de toma de decisiones confuso y contradictorio, sino a las primeras operaciones de la guerra, solo que de momento en su plano de guerra psicológica.