(Publicado en La Razón, 25 de julio de 2006)
Desde siempre se ha dicho de muchas maneras, pero quizás la más expresiva es la de Federico II de Prusia, gran estratega y buen compositor: "Diplomacia sin ejércitos es como música sin instrumentos". La paz es el fin natural de la guerra y todas son atroces pero se hacen porque la alternativa es peor.
Abortar una guerra antes de que desemboque en una situación más justa y pacífica que el punto de partida puede dejar las cosas peor de lo que ya estaban. Más peligrosas, más amenazadoras, conteniendo para el futuro los gérmenes de conflictos más violentos y desesperados y para el presente una mera suspensión de las hostilidades con mayor tensión y angustia. El alto el fuego impuesto no tiene por qué ser un bien en sí mismo y rara vez es neutral y equitativo. Sólo se justifica si la dinámica bélica camina en la dirección contraria a la apuntada. Sin "instrumentos" para imponerlo no suele pasar de una ficción que favorece propagandísticamente al bando que lleva las de perder y muestra la impotencia práctica y la parcialidad política de los organismos internacionales.
En las presentes circunstancias sería sacarle las castañas del fuego y regalarle una victoria en toda regla a las milicias chiíes de Hizbulá, la organización terrorista más perfecta del mundo, un sólido y compacto estado dentro del mucho más débil de Líbano, cuyos éxitos económicos quedan políticamente anulados por ese monstruo que le ha crecido en el interior y cuya soberanía se ve corroída por las dependencias que el monstruo mantiene con sus interesados benefactores, Siria e Irán.
La comunidad internacional, sea cual sea el etéreo significado de la misma, ha acudido siempre a salvar en última instancia a los enemigos de Israel y ni siquiera los Estados Unidos han podido resistirse muchos días a esa presión. Esta vez las cosas son bastante diferentes. Israel no lucha contra un Estado sino con una temible organización terrorista que asusta a los sensatos, por más que los necios dogmas del progresariado zapateril europeo le impidan ver lo que es más claro que el sol. Éste es un caso en el que los gobiernos saben más que sus ilusos radicales. Aunque siempre más inclinados al apaciguamiento y a la diplomacia como farsa -al estilo de la practicada habitualmente por el secretario general de Naciones Unidas, Kofi Annan- no hay de momento grandes diferencias entre este lado del Atlántico y los Estados Unidos. Al menos mientras la presión no traspase el umbral de nuestro limitado coraje.
Por eso, la diplomacia ha tardado bastante en arrancarse y su "tempo" se prevé más bien lento por ahora. Eso no quiere decir en modo alguno que no tenga tareas apremiantes de que ocuparse. Salvar Líbano lo es y mucho.