Aproximadamente un año después del rechazo francés a la denominada Constitución europea, el 9 de mayo de 2006, día de la Unión Europea, la personalidad política más notable de la Francia actual, Nicolas Sarkozy hacía un discurso en Nîmes,…sobre Francia. Dijo algunas novedades que pueden servir para ilustrar corrientes de pensamiento que, desatendidas, van haciendo su camino, en Francia y en Europa.
Los españoles siempre hemos tenido una extraña relación con nuestro vecino del Norte. Desde la invasión napoleónica es difícil una apreciación desapasionada de Francia. Si a ello se añade la beatería de nuestro progresismo patrio frente a una idealizada república que piensa más en Robespierre y el Terror que en Sieyès y el Derecho público como garantía, se entiende lo difícil que es llegar a una comprensión adecuada. No hay que olvidar sin embargo que generaciones de españoles aprendieron el francés como primera lengua extranjera, y que la abrumadora producción literaria del siglo XIX francés ha sido absorbida con admiración y sincero interés por grandes minorías. Determinados acontecimientos recientes del siglo XX han reabierto heridas, como la protección apenas disimulada en tierras francesas de asesinos de españoles, o como la menos grave intención francesa de hacer la construcción europea a su imagen y semejanza, empezando por las restricciones agrícolas y pesqueras que ensombrecieron nuestra adhesión comunitaria.
Por otra parte, en países vecinos la historia común es constante y son apasionantes las relaciones entre nuestros antepasados: desde la rivalidad de Carlos V y Francisco I (“Mi primo Francisco y yo estamos de acuerdo en todo, los dos queremos Milán”) hasta el desastre de Trafalgar, pasando por la regencia de Ana de Austria, madre de Luís XIV, protagonista a la vez de la historia y de las extraordinarias novelas de Dumas. Su oratorio se conserva con reverencia en el Palacio Real de París, sede del Consejo de Estado, una de las instituciones más veneradas por los franceses, hito de su Derecho público en cuanto a la garantía de los derechos de los ciudadanos.
Hoy día no obstante, el desconocimiento recíproco es asombroso. Quizá en España sepamos algo más, pero un engreimiento insuperable lleva a muchos franceses a ignorarlo casi todo de España, lo que denota además de un prosaísmo muy común en nuestro tiempo, un desinterés que reobra en un mal conocimiento de su propia patria.
Una serie de acontecimientos recientes, entre los que se encuentra el discurso citado , pueden llevarnos a encontrar el hilo de una de esas naciones europeas – esos grandes cuerpos que son las naciones, decía Descartes – cuyo interés para el acontecer público de España y las corrientes intelectuales europeas y occidentales, puede ser mayor de lo que se piensa.
En suma, qué idea se tenga de Francia es importante y qué idea se tenga de las corrientes actuales del liberalismo - sí, del liberalismo - en el país de Tocqueville, Turgot, Guizot, Bastiat, Aron y Revel sigue siendo algo relevante.
No obstante, no se puede prescindir de de Gaulle para entender la esencia de Francia en el siglo XX y su evolución actual. Al principio de sus “Memorias de guerra” escribió: “Toda mi vida he tenido una cierta idea de Francia. Me lo inspira el sentimiento tanto como la razón. Lo que hay en mí de afectivo imagina naturalmente a Francia como la princesa de los cuentos o la madona en los frescos de los muros, llamada a un destino eminente y excepcional. Tengo por instinto la impresión de que la Providencia la ha creado para éxitos completos o para desgracias ejemplares. Si sucede que la mediocridad marque, sin embargo, sus hechos y gestas, experimento la sensación de una absurda anomalía, imputable a las faltas de los franceses, y no al genio de la patria. Pero también, el lado positivo de mi espíritu me convence de que Francia no es auténticamente ella misma más que en el primer puesto (…). En fin, a mi entender, Francia no puede ser Francia sin la grandeza”. Ahí está la famosa “grandeur” citada en el párrafo inicial de las Memorias del General.
Esta grandeza es la que retoma en su discurso Sarkozy para ilusionar a los franceses en medio del poco ejemplar final de reinado de Chirac. Y no deja de ser clave que en el día de Europa, para festejarla, Sarkozy se ponga a hablar de lo que los franceses conocen mejor de Europa: Francia. No en vano nos recuerda Luís Suárez en “Los creadores de Europa” que la primera vez que se habló de “europenses” fue para referirse a las tropas de Carlos Martel, que detuvo en Poitiers el avance islámico sobre ese campo ancho y claro a la vista que, según Ortega, es Europa.
El presidente del partido conservador francés habla de la unidad en la diversidad. Los españoles creemos que España es diversa, y lo es, pero Francia no lo es mucho menos. “Francia no tenía nada para ser un conjunto unido y estable. Está hecha de 100 pueblos que tienen cada uno su arte de vivir, su cultura y su lengua. Está hecha de 100 países que tienen cada uno su paisaje, sus tradiciones, su arquitectura. De norte a sur, de este a oeste, cada uno de los países de Francia tiene su manera de nacer, de vivir, de morir”. Acto seguido le contrapone la clave de la idea de Francia. “Ha inventado el Estado para administrar el reino e imponer el poder de la monarquía sobre los feudalismos”. Quizá sea una exageración hablar de 100 pueblos, y se confunda con los quesos de los que de Gaulle decía “qué se puede esperar de un país que tiene más quesos que días tiene el año”, pero no lo es la frase subrayada. El frontispicio de la nación francesa no es, como manda el tópico, la divisa “Liberté, égalité, fraternité”, esa es la formulación publicitaria, la idea fundadora es “ni federalismo, ni cuerpos intermediarios”. Francia vive obsesionada por su Edad Media. Quizá nadie lo vio mejor que el holandés Huzinga en la obra de referencia “El otoño de la Edad Media”. Todo señor feudal o cosa que lo recuerde se acabó interpretando como una opresión a la libertad del individuo, que el Monarca, el Estado iba a proteger. Por eso el francés lo espera todo del Estado, por una interpretación desmesurada de su historia medieval. El Estado aparece a sus ojos como el baluarte para la preservación de la libertad y, como recuerda Sarkozy, “Francia ha creado sufrimientos, pero no ha generado ni a Hitler, ni a Stalin, ni a Pol Pot”. Aunque podría decirse que Pol Pot estudió en París, o que Jomeini inició su revolución islámica desde allí, hay que reconocer la verdad que late en su afirmación: el rechazo del totalitarismo.
También dice otras cosas Sarkozy. Recuerda los males que llevan lastrando Francia veinticinco años. “Lastimadas la economía y el espíritu de empresa cuando se sospecha que todo éxito es deshonesto y cuando el que quiere emprender es incitado a no hacer nada”. O “”Lastimado el espíritu de las Luces cuando la sociedad no reconoce el mérito, pero otorga su indulgencia a aquellos que no tienen ninguno”. “No acepto este desastre ideológico”. “La igualdad no es dar lo mismo a todos, es darle a cada uno lo que necesita para desarrollar sus talentos y para preservar su dignidad”. Cierto es que la conclusión está en la línea de lo que se considera la esencia de Francia desde hace años, pero hay algún matiz que tiene su importancia: “Para lograrlo (para construir una sociedad de mérito) vamos a reconstruir el Estado. Ayer garante del progreso, se ha convertido en su freno, aplastado bajo el peso de su burocracia y de sus deudas, ahogado por la enorme máquina de la redistribución, minado por los feudalismos (¡lo ven!) y los corporativismos. Entre el Estado mínimo que es contrario a nuestra tradición y el Estado omnipotente paralizado por sus contradicciones, Francia necesita un Estado fuerte que la una y la movilice”.
Pero para unir a Francia, habrá que contar también con una tradición intelectual que no es menos suya que la que parece la única. Por ejemplo, con la de quien ha defendido el campo de retención americano en Guantánamo, no en el “Wall Street Journal”, sino en “Le Figaro”: “El antiamericanismo aparece cada día más como el nuevo opio del pueblo. El corazón de un mundo sin alma del que se excluye la moralidad, el escondite fantasmagórico de las conciencias perdidas por la caída del Muro de Berlín. Si la verdadera fuerza de las repúblicas reside en la virtud, como lo mostró Montesquieu, la virtud se mide por el valor que se tiene de combatir por ellas. Guantánamo, es ese valor”. O con la misma claridad: “En plena guerra mundial contra el terrorismo, el ‘asunto de Guantánamo’ es grave. En lugar de apoyar a aquellos que están en primera línea en esta guerra de nuevo tipo, librada por fuerzas bárbaras para todas las civilizaciones, el veneno del antiamericanismo arruina la moral de nuestras naciones”. Lo dice el profesor Yves Roucaute, autor de “El neoconservadurismo es un humanismo” y de “El poder de la libertad”.
¿Una gota de agua en el océano? Sin duda, pero qué hay de Guy Millière, profesor de la Sorbona y autor recientemente de “Porqué Francia ya no hace soñar”. “Estamos en efecto, sea cual sea la evolución y sean cuales sean las consecuencias de la debacle del totalitarismo soviético, en una era en la que la barbarie no ha desaparecido, sino que se ha contentado con cambiar de forma, de discurso y de apariencia: es hoy más islamista y menos leninista que antaño, es “altermundialista”, neo-izquierdista, adepta de la contra-cultura. Existe sin embargo. Está a nuestra puerta, y dentro de nuestros muros. Quiere, como siempre, nuestra muerte. Es portadora del Mal, …”. Roucaute llama a los Estados Unidos, “la principal fuerza de la ética y de la libertad en el planeta”. Nicolas Baverez, de la escuela de Aron, dice en “L’Express”, del 22 de abril, “Bajo la cobertura de la crítica al liberalismo, Francia se ha divorciado de la libertad a secas. Se ven las consecuencias deplorables en el plano del Estado de Derecho (…) y en economía. La única manera de luchar contra esto es volver a entroncar con la filiación liberal”. ¿Se puede ir más lejos? Sí, lo hace Philippe Nemo, autor de “¿Qué es Occidente?”: “Habiendo trabajado durante largo tiempo en la historia de las ideas políticas en Occidente, he llegado a la convicción de que el liberalismo no solamente es compatible con el cristianismo, sino que directa o indirectamente, ha surgido de este último. Pienso que es la Revelación bíblica la que ha producido, poco a poco, en el mundo mediterráneo y europeo las profundas transformaciones socio-políticas que debían llevar al logro de las democracias liberales modernas”. Y más adelante: “La religión, en este sentido, no es solamente importante en la génesis del liberalismo, es indispensable para el mantenimiento del liberalismo en el tiempo. Es extremadamente dudoso que una sociedad que fuese enteramente atea pudiera seguir siendo durante largo tiempo, una sociedad liberal”.
Y todo esto, sin necesidad de mencionar a los judíos. Hace poco André Glucksman, autor de “Occidente contra Occidente” y “El discurso del odio”, ha escrito sobre la “somalización del planeta” criticando la incapacidad de los bienpensantes europeos para hacer frente al islamismo radical que ha tomado el poder en Mogadiscio, mientras que nadie se entera. ¿Por qué? Quizá porque en 1993 salió de allí el último helicóptero de combate americano y la ONU no quiso seguir con su mandato. No se ha citado tampoco a Bernard Henri Lévy, la prima donna del intelectualismo parisino, desigual como pocos, pero con interesantes apreciaciones. Alain Finkielkraut también ha hablado con claridad, lo que se demuestra con el hecho de que se le mandó callar por sus declaraciones sobre los desórdenes del pasado otoño.
Y qué hay de los editorialistas de “L’Express” o “Le Point”. Tanto Denis Jeambar como Claude Imbert se salen con frecuencia de la corrección política dominante.
No hay que engañarse, pero tampoco caer en una excesiva propensión al negativismo. El debate público europeo, el debate de las ideas francés, no es una simple sucesión de banalidades ni la reiteración de mensajes enlatados. No se ha renunciado del todo “a la funesta costumbre de pensar”. Hay en Francia quien se ha cansado de una seguridad irreal y reclama su libertad. Quizá tuviera razón Ortega cuando decía de Francia: “Con Voltaire a babor, y Bossuet a estribor se puede navegar”. Por terminar en estribor, puede ser oportuno citar al Arzobispo de París, Monseñor Vingt-Trois, en el peregrinaje juvenil de marzo a la catedral de Chartres, expresión de una cierta idea de Francia: “Nuestra democracia debería estar avergonzada de ver resurgir en ella los fantasmas de los totalitarismos. Es más que hora de que nos pongamos a pensar sobre el mundo que construimos y de reclamar nuestra parte legítima en un auténtico debate democrático”.