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Irak: la lógica de la guerra
Por GEES
Notas nº 3   |  9 de Enero de 2003
 
La guerra contra Irak para derrocar a Saddam Hussein es inevitable y la razón es muy sencilla, Saddam es una amenaza constante y no hay ninguna otra fórmula política o diplomática para acabar con el. La guerra siempre es costosa y de consecuencias impredecibles y por ello puede que no se desate en las próximas semanas: pero si no hay un ataque ahora el mundo deberá enfrentarse a un Saddam mucho más peligroso en un futuro más o menos cercano y tendrá que combatirle en peores circunstancias.
 
Lo malo de Saddam es bien conocido: reina despiadadamente sobre su población, empobreciendo el país y aplastando a todo grupo o comunidad religiosa o étnica ajena al partido Baath; exporta el terror contra sus disidentes a los que asesina allí donde le place; financia los atentados suicidas contra Israel; se burla de las obligaciones contraídas con las Naciones Unidas y persigue dotarse de armamento nuclear a toda costa, amén de desarrollar agentes biológicos y armas químicas. Saddam se ha demostrado un carnicero para con su gente, un adicto a las armas de destrucción masiva, un ambicioso desbocado en su papel regional y un aventurero en el plano militar.
 
Si Saddam no se ha convertido todavía en algo peor de lo que es, esto es, un Saddam con ingenios atómicos, se ha debido a la política de contención establecida por Naciones Unidas en 1991 y ejecutada por americanos y británicos desde entonces. Lamentablemente dicha política de contención no ha dado sus frutos y sus elementos (sanciones, inspecciones y disuasión militar) están tan erosionados que es cuestión de poco tiempo que Saddam llegue a ser el terror nuclear que nadie quiere.
 
Si la contención no es ya posible, la única salida es derrocar a Saddam. La primera opción para ello consistiría en promover un golpe interno y un cambio de régimen a través de una renovación de líderes. Pero dos son los problemas que hacen de ésta una opción inviable: Saddam ha aniquilado y eliminado todo vestigio de recambio político desde que se aferra al poder, consiguiendo desbaratar o frustrar las sucesivas intentonas para acabar con él, la última de la que se tiene constancia en 1998, tras los bombardeos de la Operación Zorro del Desierto, cuando purgó a más de 400 oficiales de sus fuerzas armadas; por otro lado, un golpe palaciego que depusiera a Saddam para sustituirlo por un nuevo Saddam no acabaría con el espectro de un Irak nuclear. El cambio debe ser más ambicioso que simplemente sustituir dictadores.
 
Una segunda opción para acabar con Saddam consistiría en eliminarle a través de una operación encubierta. El problema aquí también es, al menos, doble: la experiencia muestra que la CIA no siempre, por no decir casi nunca, está capacitada para una operación de este tipo. Es más, aunque Saddam estuvo a punto de ser alcanzado por las balas de un grupo opositor en 1994, durante la guerra del Golfo la inteligencia occidental fue incapaz de rastrearle de una forma sistemática y exitosa. Y desde entonces Saddam no ha hecho sino extremar las medidas de seguridad personal; por otra parte, acabar con la vida de Saddam no es suficiente, hay que tener preparado el recambio. Cuanto más ambicioso sea éste, menos cuadra con una acción encubierta por los operativos de la inteligencia.
 
Una tercera opción sería una retirada voluntaria del propio Saddam, quien seguro de la decisión de Washington de acabar con él, preferiría el exilio a una muerte segura en Bagdad. Una cosa así evitaría un ataque y, algo que los vecinos árabes verían con preocupación, una prolongada presencia militar americana en Irak. Sin embargo, por mucho que cuadre esta idea con los deseos de la familia real saudí, no parece responder a la lógica del dictador iraquí. Saddam Hussein sabe que en el exilio se volvería muy vulnerable y que podría ser perseguido por crímenes contra la humanidad, como su amigo Milosevic o, peor, eliminado por cualquiera deseoso de venganza.
 
La única alternativa que queda, por tanto, para un cambio de régimen no cosmético y para el abandono iraquí de sus pretensiones nucleares, es una operación militar en toda regla. Y esa “Tormenta Decisiva” tiene que ser ahora, cuando Saddam sólo dispone de armamento químico y biológico, pero sigue buscando ingenios nucleares. Saddam cuenta con los conocimientos para construir una bomba atómica, gracias al 91 le faltan algunos componentes esenciales a los que tendrá acceso tarde o temprano. Y entonces sería mucho más complejo luchar contra él y vencerle. Dejarle escapar ahora sería permitirle escapar de su actual y todavía real ventana de debilidad.
 


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