(Publicado en ABC, 21 de julio de 2006)
Hay una buena dosis de deshonestidad en quien, de entre nosotros, se pone el típico pañuelo a cuadros blancos y gris oscuro que popularizó en su día Yasir Arafat. No se viste porque se sea pro-palestino, se usa como un símbolo de ser, en realidad, anti-israelí.
¿Y por qué ese odio de los radicales y la izquierda a Israel? Aunque se diga lo contrario, no por lo que Israel hace, sino por lo que es. Le odian por lo mismo que los islamistas nos odian a nosotros los occidentales. Esa es la verdad. Desde que les abandonara el proletariado y ellos no supieran que decir en el terreno económico que no contradijera su teoría de la lucha de clases, la izquierda radical, incluida la española, se enzarzó en una guerra cultural contra los valores occidentales, nuestros valores. Que son, además, los valores de Israel.
Por ejemplo, Israel es un pueblo que ama su Estado. Su supervivencia como tal ha sido lo que ha estado detrás de sus políticas defensivas desde que fue creado como tal, habida cuenta de que sus vecinos quieren verlo extinguido. Los israelíes saben en concepto y en la práctica el valor y el amor que hay que tener al Estado y precisamente por eso están dispuestos a aceptar sacrificios que en otros lugares parecen desmesurados. De ahí también que el pueblo de Israel esté preparado a defender con la fuerza si es necesario lo que es suyo y tanto aman.
Por el contrario, la izquierda en Europa con el nuevo PSOE a la cabeza están emperradas en un continuo asalto al Estado nacional, al que sólo quiere ver desmantelado, fraccionado por las regiones, reemplazado por la UE y suplantado por las instituciones internacionales como la ONU. Además, desembarazándose de toda soberanía nacional les resulta incomprensible el papel que la fuerza armada pueda jugar en defensa de la nación. Todo lo opuesto a la educación y la cultura política en Israel. De hecho se odia a Israel porque es el recordatorio de la traición de la izquierda europea a nuestros valores.
La izquierda nunca ha sido liberal y a duras penas acepta ser democrática. Prefiere jugar a caballo de Troya a todas horas si eso sirve para anticipar la destrucción de todo lo que hemos ido acumulando durante siglos, colectiva e individualmente, y que no les favorece. No es una broma que nuestro presidente de gobierno se enrolle al cuello un pañuelo palestino. Ni que equipare una organización terrorista como Hizboláh con el único estado democrático que existe en la zona, por muchas equivocaciones que éste pueda cometer. Se trata de un adorno que dice mucho sobre quienes son sus verdaderos amigos.