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Semana Grande internacional
En letra impresa nº 581   |  18 de Julio de 2006
 
(Publicado en La Razón, 17 de julio de 2006)
 
Por si acabados los sanfermines el verano podía presentarse aburrido los últimos siete días o algo más han venido cargaditos de manzanas.
 
Empezando por el final, la semana se cierra con un G-8 tenso en su preparación y que promete sacudir el teatral sopor al que estas reuniones nos tienen habituados, precedido por una pequeña gira de Bush por Europa de contenido interesante, eclipsada por el gran acontecimiento de estos días, la generalización del conflicto en torno a Israel, que ha quitado lustre a otros procesos en marcha. Rusia y China muestran excelente disposición para no colaborar con la hiperpotencia en los inquietantes problemas que plantean los supervivientes del eje del mal y en Oriente Medio.
 
La noche del 4 al 5 de Julio Corea del Norte volvió a decir aquí estoy con una andanada de misiles. De nuevo los grandes del Pacífico se agitan y desviven y practican entre ellos toda clase de juegos de poder para dilucidar qué se hace con un país que sin esos juguetes sería menos relevante que el Alto Volta. También los tejemanejes en torno a ese tema podrían haber sido suficientes para colmar la semana internacional, pero han quedado peligrosamente relegados a un muy distante segundo plano.
 
Irán sigue jugando algunas manos en su entretenimiento favorito, dar largas a una comunidad internacional que hace que hace a medida que se acerca el momento decisivo, cuestión de meses, en que el enriquecimiento de uranio, es decir, la producción de materia explosiva atómica, resulte irreversible, salvo por ataque militar preñado de arriesgadas consecuencias o por inverosímil cambio de régimen. La crisis coreana le proporciona una facilidad adicional, quizás coordinada, para su escamoteo. Pero mucho más importante es la oportunidad que surge en el levante Mediterráneo. Los ayatolas pasan aviso en los aledaños de Israel: Esto es sólo un pequeño anticipo de lo que somos capaces. 
 
Mientras, el superterrorismo islamista ha vuelto a hacer de las suyas, esta vez en la India. El mismo nivel de letalidad que Bali y Madrid, por encima de Casablanca, Estambul,  Londres, el Sinaí y otros, muy lejos todavía del 11-S. Nos mantenemos en el nivel super, mientras el mega se esfuma tranquilizadoramente de nuestras psiques. Quien lo invoque será sospechoso de aviesas segundas intenciones imperialistas y dictatoriales. Parecen ejercicios de mantenimiento del partido de la muerte, para sostener el entusiasmo de sus fans pero sin suscitar reacciones demasiado intensas. Entre cincuenta y doscientos muertos muchos siguen aferrados a la nada inocente ilusión de que esto no es una guerra sino simple delincuencia, que se combate con espionaje, policía y jueces, como Zapatero tuvo el cuajo de refregar públicamente en las narices de Blair en las horas siguientes al 7-J londinense del pasado año.
 
Y eso que absurdamente no solemos contar los intentos fallidos. Los siete de Miami sólo eran unos pobres hombres que nos muestran lo poco que hace falta para que surja una célula de espontáneos fanáticos dispuestos a llenar los cementerios. Mientras que los lutos ahorrados en Canadá y los túneles de Nueva York eran asuntos mucho más internacionales y serios que deberían alertarnos de hasta qué punto vivimos peligrosamente al borde del abismo.
Pero para muchos la lucha contra el poderío americano, el conservadurismo democrático y Bush tiene precedencia. En su esfuerzo por deslegitimar sus procedimientos y acciones se han anotado algunas victorias, esperemos que de alcance corto. ¡El Pentágono acepta las convenciones de Ginebra en el trato a los terroristas internacionales prisioneros! Mejor: Se pliega a una interpretación torticera y distorsionada de esas convenciones que en realidad nunca ha dejado de respetar. Quizás sea una concesión táctica necesaria en las batallas del antiamericanismo pero que en nada ayudará a las del antiterrorismo.
 
El bando de deslegitimadores que pretenden que su derrotismo y decadencia les concede el monopolio de la democracia proclama alborozado el fracaso definitivo de la estrategia democratizadora de Bush y se deleitan con los amargos acontecimientos de Oriente Medio.
 
Lo que allí tenemos ahora entre manos es ya política por otros medios, guerra de mediana intensidad que podría fácilmente expandirse. Sin olvidar que ni siquiera Bombay está lógicamente desconectado de Gaza y Líbano. Los yihadíes no son nacionalistas. Cachemira ha sido islámica y por tanto tierra de Alá para siempre. Es un deber religioso reconquistarla. Como Israel o al Andalus.
 
Si retirar 6.000 colonos de Gaza fue todo un desafío que sólo alguien como Sharon podía asumir, llevarse a 70.000 de los “territorios” es para Olmert una tarea casi sobrehumana. Tiene que adquirir las credenciales de un guerrero implacable como su predecesor. Hamas por el sur y Hezbolá por el norte le han dado la oportunidad y mucho más. Habiendo desencadenado los primos terroristas una operación con gran trasfondo regional, la respuesta israelí es aprovechar la coyuntura para cer-cenar drásticamente las capacidades militares/guerrilleras/terroristas de los enemigos que han jurado destruirlo. Donde las dan las toman. No puede haber nada más proporcionado aunque la proporción sea tan terrible como toda guerra lo es. Que asegure la viabilidad de un estado Palestino junto al judío es otro cantar. Hay efectos colaterales y consecuencias no buscadas.


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