(Publicado en La Razón, 7 de julio de 2006)
Hace un año y ahora Londres desde España es una tragedia ejemplar en su gestión, la respuesta popular y el desenlace judicial. Sería interesante investigar el impacto de Madrid en Londres, y no sólo del atentado sino también del asunto del Yak. Madrid era un contraejemplo que había que evitar. El Gobierno no entró en una carrera despavorida por comunicarle al público aquello de lo que aquí se enteraba primero la oposición y sus medios, que lo divulgaban como pura apuesta política, antes de que existiese ninguna seguridad. En Londres no hubo especulaciones hasta que no hubo certezas.
En Madrid los terroristas consiguieron el efecto de «shock and awe», conmoción y pavor, como se definió la estrategia americana en la invasión de Irak. Un golpe paralizante, que desborda absolutamente al atacado y le obliga a ir siempre por detrás de los acontecimientos.
No sabemos si los terroristas se lo propusieron, pero el PSOE, con sus leales en la Policía, supo genial e inescrupulosamente mantener una continua presión sobre el Gobierno para explotar su desbordamiento. En España Gobierno y Fuerzas de Seguridad no lo previeron. En Reino Unido contaron con la posibilidad en todo momento, no sólo por su enérgica participación en la lucha contra el terror sino por la naturaleza de los odios y fobias de aquél. En España la investigación ha resultado una chapuza que deja infinidad de cabos sueltos porque choca con tabúes que estremecen al Gobierno que recogió la herencia del atentado. En Reino Unido una investigación impecable. Y lo más espectacular, la reacción pública. Entre nosotros una pequeña minoría proporcionó a los terroristas una victoria estratégica total. En Inglaterra la mayoría absoluta hizo que el tiro les saliese por la culata.