En la Cámara de Representantes australiana el mes pasado, Julia Gillard, miembro de la oposición, interrumpía un discurso del ministro de salud de esta manera: "Propongo que ese gusano quejumbroso de allí no sea escuchado más".
Por eso, la buena mujer fue expulsada de la Cámara, aunque sólo por un día. Podría haber esquivado ese contratiempo si hubiera respondido a la petición del portavoz de una disculpa con algo distinto a "Si he ofendido otros gusanos, me retracto incondicionalmente".
Dios, me encanta Australia. ¿Dónde más tienes un ministro de salud sin cartera tan, er, estirado? Por supuesto soy parcial, habiéndome casado con una australiana, pero cómo no gustarte un país, en esta era de gusanos quejumbrosos, cuyo ministro de hacienda sugiera que cualquier persona que "quiera vivir bajo la sharia" intente Arabia Saudí o Irán, "pero no Australia". Él elaboraba sobre una sugerencia previa de que "la gente... que no quiera vivir según los valores australianos y acatarlos, bien, entonces básicamente puede irse". Compare esto con Canadá, el gemelo de la commonwealth histórica y culturalmente, donde el año pasado Ontario consideraba seriamente vivir bajo la sharia para los musulmanes.
Cosas así no ocurren en Australia. Este es el lugar donde, cuando los restos de un soldado caído son confundidos accidentalmente con los de uno bosnio, la furiosa viuda descuelga el teléfono de madrugada, saca al primer ministro de la cama y le dirige un discurso furibundo y sin censura - que él acepta pública y graciosamente como completamente merecido. Donde los americanos demandan hoy, los australianos critican y espetan.
Para los americanos, Australia engendra nostalgia hacia nuestro propio pasado, que recordamos lejanamente infundido de vigor y sinceridad a lo John Wayne. Australia evoca nuestra propia frontera, que es por lo que Australia es el único lugar en el que aún puedes atacar a un occidental sin ironía.
Ciertamente es el único lugar donde escuchas hablar a funcionarios de manera abierta en defensa de la acción. ¿Qué otro ministro de exteriores sino el de Australia, escucharías explicar el "multiculturalismo", el fetiche de todo un gusano quejumbroso de política exterior desde el Quai d'Orsay a Foggy Bottom, llamándolo correctamente "un sinónimo de una política descentrada ineficaz que implica internacionalismo como menor común denominador"?
Y con la acción viene la valentía, desde el valor trascendente del sentenciado en Gallipoli hasta la divertida demencia de las normas del fútbol australiano. ¿Cómo puede no gustarte un país cuyo deporte estrella tiene normas de Atila, pantalones cortos y ninguna raqueta - una pasión nacional que hace que el fútbol americano parezca positivamente pastoral?
Esa valentía alimenta el afecto en América por otro motivo también. Australia es el único país que ha luchado junto a Estados Unidos en todos sus principales conflictos desde 1914, los buenos y los malos, los ganados y los perdidos.
¿Por qué? Porque el aislamiento geográfico e histórico de Australia ha alimentado un pensamiento acerca de la estructura de la paz - un pensamiento que elude a la mayor parte de los restantes países. Australia carece de ilusiones acerca de "la comunidad internacional" y sus inútiles instituciones. Isla de tranquilidad en una región complicada, Australia comprende que la paz y la prosperidad no caen de los árboles junto con el aire que respiramos, sino que son mantenidas mediante el poder - el poder del Imperio Británico una vez, el poder de los Estados Unidos hoy.
Australia no entró en las distantes guerras de comienzos del siglo XX en Europa por nostalgia imperial, sino por un entendimiento profundo de que su destino y el destino de la libertad estaban íntimamente ligados al del Imperio Británico como principal garante del sistema internacional. El garante es hoy América, y Australia comprende que una retirada o derrota americana - una consumación seductora deseada devota, pero secretamente, por muchos aliados occidentales - sería catastrófica para Australia y para el mundo.
Cuando los embajadores australianos en Washington expresan apoyo a Estados Unidos, es sentido e incondicional, nunca el "sí, pero..." de los otros aliados, apoyo condicional seguido de una lista de quejas, sugerencias condicionadas y contraprestaciones camufladas. Australia comprende el papel de América y muestra empatía hacia su predicación como condición indispensable. Ese entendimiento le ha llevado a compartir madrigueras con los americanos, de Corea a Kabul. Lucharon con nosotros en Tet y hoy en Bagdad. No toda colaboración ha terminado bien. Pero toda fue vigorosamente activa y muchas bastante amistosas. Que es por lo que América tiene tal afecto a un país cuyo primer ministro decía después del 11 de Septiembre, "No es el momento de ser un aliado al 80%", y realmente iba en serio.