El premio Nóbel de economía Joseph Stiglitz, fue homenajeado por el gobierno boliviano en reconocimiento a sus comentarios positivos acerca de la nacionalización de sus hidrocarburos. Su análisis económico indica que Bolivia recibirá mucho más dinero por la venta de sus recursos energéticos si son manejados directamente por el estado. Karl Marx opinaba similarmente y también estaba equivocado. La gerencia estatal ha sido tradicionalmente la más ineficiente y corrupta.
Stiglitz sabe mucho de economía pero poco de los gobernantes bolivianos. Los números cuadran sobre el papel, pero no se suman solos, alguien debe manejarlos meticulosamente para que den en negro. En los cálculos la economía es tan simple como que dos más dos son cuatro, pero en la realidad puede ser cero o menos que cero, de lo contrario las empresas no quebrarían. El factor humano conduce a los resultados y los actuales administradores no son precisamente banqueros suizos.
En Bolivia no hubo nacionalización sino confiscación. Desde la fundación de la república, los recursos del subsuelo, por ley, son propiedad del estado. Los mineros y petroleros, sólo arriendan las tierras para su explotación. Si los anteriores gobiernos firmaron contratos leoninos con Petrobras y otras empresas, no fue porque se les quiso regalar el gas o el petróleo, sino porque quedaban pocos valientes dispuestos a invertir en el país. Su historial de arbitrarias y volátiles decisiones, hicieron que nadie desee correr riesgos en la caótica nación.
Bolivia tiene larga experiencia en el manejo directo de sus recursos por irresponsables dirigentes sindicales o políticos inescrupulosos que robaron a manos llenas a nombre de los intereses de las grandes mayorías. Durante tres décadas, 85 por ciento de la economía boliviana fue manejada por el estado centralista, porcentaje mayor que en Yugoslavia en época de la Unión Soviética. Y seguía siendo el más pobre de Sudamérica. Hubo casos de abusos que exceden la imaginación. Durante uno de sus gobiernos militares, se incautó una pequeña fábrica de zapatos, porque entre sus productos hacían botines que usaban los cadetes del ejército. El general gobernante alegó que el artículo era de carácter estratégico-militar y hundió al industrial. La empresa sucumbió instantáneamente en manos de los nuevos gestores.
Otro brillante presidente que pasó fugazmente por el poder, quiso emitir un decreto para “prohibir la inflación”. Demoró bastante hacerle entender las leyes del mercado para que dejara de hacer el ridículo. Así fueron los mandatarios nacionalistas, y eran más preparados que los reinantes.
A Stiglitz le falta conocer con mayor profundidad la historia de Bolivia y las atrocidades financieras que se hicieron mientras el estado dirigió las principales industrias. La única vez que logró acumular riqueza y distribuirla más equitativamente fue con el neoliberalismo, abriéndose al financiamiento y a las inversiones del exterior, que a través del pago de impuestos de las empresas transnacionales le permitió construir caminos, modernizar ciudades y mejorar los servicios públicos, creando miles de empleos. Los países que conservan esa línea mantienen el crecimiento.
No sólo falla el sistema, sino la gente. No importa quien esté en el ejecutivo, el erario es visto como un botín. Con el gobierno indigenista, el problema se agudiza, porque gasta fortunas en propaganda, al más clásico estilo totalitarista. El Nóbel además dijo que, “durante 500 años los bolivianos han sido gobernados por potencias coloniales y sus descendientes”. Sería esclarecedor que este revisionista de la historia especifique a qué potencias se refiere.
Stiglitz debe sentirse privilegiado porque junto a Chávez, Castro, Kirchner, Chirac, Rodríguez Zapatero y Gadhafi ha pasado a formar parte del selecto grupo de amigos del régimen nacionalsocialista de Evo Morales. El tiempo lo juzgará por aplaudir medidas que acabarán con los recursos del pueblo y con su libertad, construyendo un estado autocrático, policial, acaparador y racista. Por otro lado, tampoco es conocido que los economistas hagan buenos políticos o estadistas; por eso tienen su propio ministerio.