México es el país más poblado de lengua española y un estado clave en el conjunto de la Comunidad Iberoamericana. Durante los últimos años sus gobiernos han aplicado políticas económicas responsables y los resultados positivos están a la vista. No es casual que haya sido uno de los destinos favoritos de nuestras inversiones y que las grandes empresas nacionales estén allí presentes. México ha dado un paso importante hacia adelante, aunque el todavía presidente Fox no supiera aprovechar toda la confianza depositada en él, tanto dentro como fuera de México.
Iberoamérica, como recuerda oportunamente Carlos Rodríguez Braun, no ha producido guerras mundiales ni holocaustos, pero padece desde los años de la independencia el mal del populismo: una combinación de demagogia, nacionalismo y, según gustos, más o menos obrerismo, indigenismo o lamentos agraristas. Tras años de disciplina económica y buenos resultados nos ha llegado la resaca populista, que en estos tiempos tiene un marcado signo izquierdista e indigenista.
Castro y su comunismo marxista-leninista es sólo un referente lejano, el resto de un tiempo superado. Se le reivindica, pero no se le imita. Sus banderas ya no mueven a las masas, de ahí la vuelta a los viejos resortes.
Primero fue Venezuela, luego Bolivia. El temor a un efecto dominó se disparó, pero los hechos, a la espera de lo que suceda en México, no parecen confirmarlo. Una parte importante de la izquierda latinoamericana, incluso sectores tradicionalmente muy radicalizados, están apostando por estrategias relativamente moderadas. Son concientes, porque lo han conseguido en otras ocasiones, de lo fácil que es hundir una economía y condenar a la pobreza a millones de personas por pura frivolidad ideológica. Lula da Silva en Brasil; Tavaré Vázquez en Uruguay; Michelle Bachelet en Chile cuidan la inversión extranjera y tratan de compaginar objetivos sociales con economías productivas, es decir, liberales.
El limitado éxito de los populistas radicales no oculta el grave problema de una cultura política escasamente liberal. El futuro de la región no puede descansar en una izquierda escaldada por su pasado, requiere de mucho más. Las clases conservadoras tienen que hacer un gran esfuerzo de comunicación para explicar el programa liberal, para cambiar los términos del debate y poner las bases de un desarrollo social y económico. De no hacerlo, o no lograrlo, dejarán, una vez más, el territorio preparado para el populismo, de derechas o de izquierdas, llevándose por delante el trabajo de varias generaciones.
No hace tanto tiempo Cuba tenía un mejor nivel de vida que España y Argentina estaba a años luz. Miles de españoles partían hacia aquellas tierras en busca de una oportunidad. Políticas insensatas les han llevado a donde hoy se encuentran. Esperemos que México evite el vértigo de la demagogia y opte por la prudencia.