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La lógica del terror
Análisis nº 113   |  30 de Junio de 2006
 
(Ponencia impartida en FAES el 16 de junio de 2006)
 
1. La lógica total del terrorismo
 
1.1 Terror y horror ante lo carente de límites
 
¿Cómo reflexionar sobre el fenómeno terrorista? El arranque de una reflexión sobre el terrorismo no puede partir sino del principio. Los análisis acerca del terrorismo no pueden prescindir de algo esencial a él, algo pueril y sencillo, presente en su misma definición; el terror es un miedo muy intenso, tan intenso que deja de ser miedo para ser otra cosa. En latín, “terror –oris” significa terror, pero también espanto. Por eso mismo queda emparentada con el horror, que no es otra cosa que el sentimiento ante lo terrible y espantoso, ante aquello que se nos presenta incontrolable y necesario. Es, ante todo, un estado del ánimo: El terror nos lleva directamente a las nociones de ansiedad,  angustia, pánico. Incluso en latín encontramos el pavor como horror reverencial y casi sagrado; “se tiene miedo a lo hostil; ante las tinieblas se siente angustia” (Hermann Broch).
 
¿Qué nos indica esta aproximación etimológica? Ante todo, que lo espantoso, lo angustioso, lo pavoroso señalan directamente a la ausencia total de cualquier medida o ley, de cualquier proporción o correspondencia. Estamos de algo distinto al miedo, a la preocupación, a la conciencia de la existencia de una amenaza. El terror no sólo va más allá, sino que nublando el juicio y la razón, supone la negación de todo lo anterior; el 11S inaugura precisamente una era presidida por esta irracionalidad; expertos y analistas advierten que el peligro es real, pero conjurable con medios suficientes. Establecen unos modelos racionales de comportamiento, proponen técnicas y cambios institucionales. Todo ello parece funcionar.
 
Funciona, pero no del todo, porque la sociedad vive emotivamente la llegada de una era marcada por un fenómeno que le impide aprehenderlo racionalmente. La reacción tras el horror del 11S es visceral, escasamente razonable o racional. Los esfuerzos racionales en el debate político han perdido legitimidad, en beneficio de la afectividad, la emotividad y la hipersensibilidad. La razón parece ser la primera víctima del terror. Hicieron falta numerosos intentos semántico-jurídicos para que el término genocidio viera la luz; ninguna palabra lograba cubrir el horror del asesinato en masa, y pocos estudios estadísticos o estratégicos pueden aún cubrirlo y definirlo. Será difícil para un historiador establecer comparaciones entre unos acontecimientos y otros; bastará con pronunciar las palabras Srebrenica y Treblinka para que el alcance del horror se nos muestre con toda crudeza. De igual manera, bastará con visionar las imágenes de Nueva York para comprender qué es verdaderamente el terrorismo, por encima de análisis y estudios estratégicos, diplomáticos o políticos. Como afirma Juan Avilés[1], todos sabemos qué es un acto terrorista. Más allá de eso, somos incapaces de hacernos cargo racionalmente de él, de llegar a un dominio de lo qué significa realmente.
 
El terrorismo, la dominación por el terror, es posiblemente algo tan viejo como la humanidad. Homero muestra su alcance ilimitado; “¡Qué todos los hombres de Troya perezcan de raíz sin ser llorados ni dejar rastro! ¡Que ninguno logre escapar de la muerte escarpada ni esquivar nuestras manos, ni escape tampoco aquel que, siendo varón, pudiera llevar en el vientre su madre![2]”. La violencia pura, desnuda, aniquiladora, no es fruto del siglo XXI, ni del XX. Pero el 11 de septiembre se nos presenta como una nueva etapa del terror político, hasta el punto de parecer alumbrar una nueva era ante los libros de historia. Sin embargo, esta nueva era no ha nacido de una guerra con millones de muertos, ni de cambios institucionales; el paso histórico dado por Ben Laden ha sido materialmente muy barato. Ni cámaras ni hornos crematorios, ni siquiera buldózeres cubriendo fosas comunes. La desproporción entre el instrumento y el resultado es lo que se nos aparece hoy como algo novedoso; la muerte puede surgir de la ocasión más simple.
 
Razón por la cual parece necesario acudir a la misma esencia que se esconde tras el Boeing de Manhattan, la mochila londinense o el cercanías de Atocha; materialmente el atentado contra Nueva York y Washington, y los de Madrid y Londres fueron estratégicamente muy limitados; los accidentes de tráfico causan más muertos cada mes, nos repiten sin cesar. Los daños humanos, tres mil en el primer caso, doscientos en el segundo y menos de cien en el tercero, poco suponen para los grandes Estados occidentales, demográfica y económicamente capaces de superar desastres cien veces mayores. Probablemente la destrucción de Nueva Orleáns halla supuesto un coste mayor para Estados Unidos, pero su historia aparece ya justamente en la letras pequeñas de la historia.
 
Y sin embargo, las imágenes del World Trade Center o de Atocha siguen convulsionando países enteros; ¿por qué? Tres mil hombres muertos en Manhattan cambiaron  y revolucionaron la política exterior de la Administración Bush; las mismas bajas en la larga postguerra iraquí mantienen el debate dentro de límites tolerables. La respuesta hay que buscarla en la desproporción entre los efectos materiales de la bomba y sus efectos morales en la voluntad de los pueblos. Tal es la esencia del terrorismo. Éste es, ante todo, un fenómeno moral, cuyo objetivo no son ni los edificios, ni los cuarteles ni los policías o militares en el País Vasco. El objetivo del terrorismo es la voluntad de las sociedades.
 
Al-Qaeda, como los expertos llevaban advirtiendo durante años, llevaba tiempo atentando; en abril de 1998 en Nairobi (Kenia) y Dar es-salam (Tanzania) 224 muertos. Tal barbarie valió, sin embargo, pocos minutos en los informativos; los efectos materiales no se vieron acompañados de efecto moral desproporcionado; Occidente estaba preocupado en otros asuntos, y su voluntad se vio escasamente afectada. Por eso hubo que esperar a 2001 para que recibiera un golpe moralmente brutal, y la lógica del terror se instalara en sus sociedades; tracemos un paralelismo con el terrorismo etarra. Hubo que esperar a que Madrid se llenara de humo, cristales rotos y lamentos para que buena parte de los españoles temblaran de miedo y rabia ante la mención de ETA, que ya aterrorizaba Euskadi.
 
Mundialmente, este impacto moral se inició cuando aún las Torres seguían en pie: la misma mañana del 11 de septiembre, servicios de inteligencia y ciudadanos normales de los países europeos no se preguntaron cómo había sido posible, sino cuándo les tocaría a ellos mismos. Ben Laden derribó dos edificios, mató a tres mil seres humanos, que fueron las víctimas de esa mañana; coste asumible y asumido para la primera potencia del mundo, al igual que para Europa. Pero fueron millones las víctimas en Europa y Estados Unidos, tantas como mentes captaron el terror que se desprendía de Nueva York, las que comenzaron a serlo en ese momento. Y se sumieron en la lógica del terror, que entre otras cosas, parece dar un nuevo sentido estratégico al tiempo y al espacio. Tal lógica se resume en una sola frase, la de los suicidas de Leganés en el vídeo de abril de 2004; “os mataremos en cualquier lugar y en cualquier momento”.
 
1.2 Tiempo y espacio para el terror; morir tres veces
 
Si el 11S inauguró una nueva era no fue por la magnitud de las explosiones, sino porque su efecto moral ha sido ilimitado y ha sumido a Occidente en la angustia y el pavor, borrando la diferencia entre el antes y el después. Desde aquella mañana, el tiempo estratégico cambió, y las sociedades europeas son víctimas ya antes de que exploten las bombas. Muy pocos analistas reaccionaron al 7J con sorpresa; que se veía venir fue el comentario más repetido en julio de 2005. A nadie sorprenderá hoy o mañana un atentado en Italia, otro en Londres; no ya a los servicios de seguridad, sino el mismo espíritu de la sociedad encajará el crimen en masa como inevitable. Ésta se sabe hoy ya en el punto de mira, y eso hace que ya nada sea lo mismo; es ya víctima del terrorismo.
 
Cierto es que la sociedad europea parece alejada de cualquier temor; el caso español es demasiado doloroso. Sin embargo, más allá de ello, el problema no es tanto la actitud de desconocer la amenaza como no querer conocerla. La diferencia entre ambas actitudes es esencial: El avestruz no desconoce el peligro; lo que no quiere es afrontarlo. Es cierto que las sociedades europeas miran hacia otro lado y no afrontan la amenaza terrorista; las medidas policiales o militares se resienten de todo ello. Pero más que una sombra de preocupación recorre las vidas occidentales desde que el 11S irrumpió en las pantallas. Desde entonces, nuestras sociedades se saben en el punto de mira, tienen miedo a moverse y llamar la atención del francotirador que desde cualquier país árabe aprieta el gatillo. Su voluntad ya está herida de antemano, y la única cuestión es acerca de la profundidad de la herida.
 
Son múltiples las lecturas que pueden realizarse de los sucesos de marzo de 2004 en España. Pero estos acontecimientos no pueden entenderse sin tener en cuenta que los españoles ya eran víctimas del terrorismo desde tres años antes de la matanza de Atocha, exactamente desde que a la hora de comer vivieron el 11S en directo. Sabiendo que Estados Unidos y sus amigos eran el punto de mira, el 11M apareció como algo anunciado y previsible, no sólo estratégicamente, sino moralmente; fue la confirmación dolorosa de que ya estábamos marcados. Por ello la reacción de la izquierda fue, en primer lugar, te lo advertí, y en segundo lugar, no debemos llamar la atención y no lo haremos más. Es decir, aceptar ser víctimas ahora para evitarlo serlo en el futuro, lo que en clave vasca se llamaba “no meterse en líos”.
 
Si esto es así, no hubo sorpresa moral ante los atentados de Atocha. La reacción española ante el 11M no fue fruto de una sociedad que no se sabía posible víctima, sino de una sociedad que no quería saber lo que de hecho ya sabía; que era víctima, y que sólo de la voluntad terrorista dependía su muerte. Había llegado bastante antes a la conclusión de que su suerte estaba echada, el mismo día en que el World Trade Center cayó ante sus retinas y al-Jazeera televisaba el destino de Occidente en forma de degollinas diarias.
 
No hubo sorpresa el 11 de marzo de 2004, y los cálculos electoralistas del momento parecen demostrarlo. Los españoles ya eran víctimas, y sus voluntades estaban tocadas. Las bombas fueron la confirmación real de lo que ya sabían; unos pocos están dispuestos a matar en masa en nuestro país, y lo confirmó el vídeo de Leganés; “os atacaremos, os mataremos”. Reconocer que se está en la lista negra de Ben Laden, que en la sombra algunos preparan la masacre en nuestro país puede ser demasiado insoportable; la reacción a ello puede ser honrosa o sonrojante, pero su misma existencia ya supone un primer golpe.
 
El 11M no fue así el inicio de una era en España; en cierto sentido fue también el punto final de un proceso en el que la víctima sabe que lo es, y espera sin querer esperar que las bombas exploten. Se trata de una muerte anticipada, muerte moral y cívica de una sociedad que después se derrumbó tal y como los terroristas habían previsto; la indignación antigubernamental excluye la sorpresa total, porque presupone asumir un pecado que la convierte en víctima. Si esto es cierto, si desde que se sabe en la lista negra la sociedad mira el futuro con temor y resentimiento, entonces asistimos a una primera muerte antes de que exploten las bombas, muerte que afecta a la voluntad antes que a la aniquilación física de personas, edificios o trenes, y que hace que el futuro sea ya oscuro.
 
Volviendo la vista cerca, constatamos cómo miles de personas en el País Vasco llevan años sufriendo esta muerte anticipada; sus vidas ya son distintas desde el momento en que la Guardia Civil o la Policía Nacional les advierten que sus nombres han aparecido en los papeles etarras. Guardaespaldas, blindajes, contramedidas irrumpen en su vida y le anticipan moralmente un futuro materialmente posible. En el País Vasco el amenazado comienza a morir en vida, y por suerte la vende cara. Pero aún cuando se enfrenta al terrorista, la muerte futura se hace presente, a veces insoportablemente presente; “esta noche mira debajo del coche” es la amenaza etarra como la de “vosotros amáis la vida, nosotros amamos la muerte” es la alqaedista. Puede que la goma-dos aún no haya explotado; pero la onda expansiva ya se ha clavado en la mente del ciudadano.
 
Si el terrorista golpea antes de poner las bombas, si tal argumento es cierto, entonces el momento cumbre en el que las bombas explotan es al mismo tiempo el menos importante; antes de él, la víctima ya es víctima, puesto que está esperando el momento de su muerte, de la misma manera en que los españoles esperaban el 11M; ¿veis? dijeron que vendrían a por nosotros, y han venido, era el mensaje de las papeletas de la izquierda el 14M, certificando la primera muerte; por favor, no volváis a por nosotros, dialoguemos, reza la política de la Alianza de Civilizaciones del Gobierno español y del diálogo con ETA, certificando la tercera muerte después de la de las bombas, la de avergonzarse de lo que se es y abandonar la memoria de los muertos.
 
Pero tras matar antes de matar y tras matar en el momento en que la bomba explota, el terrorista sigue matando: ¿Es posible que el terrorista remate al muerto? Evidentemente, físicamente tal cosa es imposible. Pero moralmente no sólo es posible, sino que ello constituye también la esencia del terrorismo; explícitamente, tras el asesinato de Gregorio Ordóñez, las pintadas y destrozos le persiguieron a su tumba, de igual manera que el cuerpo del GEO asesinado en Leganés fue ultrajado, los despojos de los soldados americanos colgados de un puente en Bagdad  o los de los agentes del CNI pisoteados sobre el asfalto. Tras la aniquilación física, el terrorista no parece satisfecho con destrozar la vida en vida o segarla con el crimen; tras éste, persigue de nuevo a las víctimas: A éstas, las remata una vez muertas; al resto, comienza a matarlos en vida.
 
La humillación, la calumnia, el desprecio hacia los asesinados es también una cierta forma de muerte después de la muerte; sabemos que ETA ha calumniado a sus víctimas aún después de muertas; chivato, confidente, traficante son las calumnias posteriores con los que los terroristas rematan al asesinado, matando su recuerdo: es el clásico “algo habrá hecho” del paisaje vasco, que resuena también en el siglo XXI: De igual forma que los comunicados de Al-Qaeda son de un profundo desprecio hacia los muertos; “nosotros no nos entristecemos ante la muerde de los llamados civiles”, recordaban los terroristas el mismo 11M. No hay conmiseración ni después del asesinato; se trata de acabar con cualquier esperanza aún después de la muerte.
 
Pero es posible rematar a los muertos sin ser terrorista; basta con olvidar o maltratar su memoria. En los años negros del terrorismo etarra los muertos eran ninguneados por los suyos, y los cadáveres salían a escondidas del País Vasco, a veces en escenas grotescas, como la del policía asesinado cuyo ataúd no cabía en la ambulancia, y sobresalía por detrás, atado con una cuerda: “yo me sentí muy mal ante aquella imagen, sentía como si volvieran a matarle otra vez. Fue como un doble atentado”, se lamentaba la viuda[3]. Los autores de esta muerte posterior a la muerte no eran los terroristas, con su crueldad habitual, sino el propio bando, los funcionarios, los intelectuales, los políticos.
 
Del País Vasco a Nueva York, el “algo habrá hecho” se instaló en medios intelectuales y políticos occidentales; “El mundo en vilo ante la reacción de Estados Unidos”, titulaba El País el 12 de septiembre de 2001. En España el “Ordóñez, Jódete” fue reeditado a escala nacional por el “Estados Unidos, jódete”. Los restos pulverizados de oficinistas, brokers o limpiacristales, miembros de una sociedad democrático-liberal no merecieron más comentario que las interpretaciones comprensivas y yihadofilias de la progresía occidental. De igual forma, desde el 11M se renuncia a buscar y castigar a los asesinos de doscientos compatriotas; se busca explicación determinista y aún moral a los asesinatos; se disuelve el valor sagrado de las personas muertas en explicaciones teóricas e incluso electoralistas. Ésta es la forma en que una sociedad democrática puede rematar a los suyos.
 
Esta tercera muerte es evidente cuando el sentido por el que la víctima es víctima es despreciado por los suyos; un asesinado por defender la Constitución muere una segunda vez cuando la Constitución se entrega a sus verdugos, puesto que su muerte deja de tener sentido. Fue Hannah Arendt la que acuñó el término “segunda muerte” para hacer referencia a la muerte de la esperanza en que, pese a la muerte propia, el grupo permanece con futuro[4]. En el caso del terrorismo, la muerte del asesinado encuentra un sentido en algo justo y bueno –la defensa de un sistema constitucional o democrático- en lo que se deposita la confianza en el futuro; esta nueva muerte se produce cuando al concejal asesinado en San Sebastián, el albañil en El Pozo o el espía en Bagdad se les arrebata el sentido de su muerte para otorgárselo a sus verdugos; entonces ya no hay nada que explique la presencia de los muertos, convertidos en un sinsentido para el futuro.
 
La conclusión a todo ello es que se remata a los muertos en el 11M cuando la causa por la que han sido asesinados se abandona para entregársela a los verdugos; Bush pudo actuar torpemente tras el 11S, pero en ningún caso abandonó a las víctimas; “Se lo advierto, ¡no me decepcione!”, le espetó al presidente más poderoso de la tierra un miembro de los servicios de rescate entre los escombros de las Torres Gemelas. Pero cuando se entrega a los terroristas la voluntad de repatriar las tropas, éstos celebran su victoria, y los muertos mueren otra vez, cuando su muerte deja de tener sentido. Se trata de una tercera muerte.
 
¿Por qué está aproximación a las tres muertes? El impacto que el terror tiene en el tiempo es un impacto moral; la muerte material ocurre sólo en unos segundos, es limitada y conjurable. En relación con el tiempo, cinco años después de 2001 un atentado parece materialmente más difícil que el 10 de septiembre. El objetivo principal de Bush, evitar nuevos atentados en suelo estadounidense, parece por ahora conseguido; son de sobra conocidas las medidas de seguridad interior, de los servicios de inteligencia, las medidas militares. Desde el punto de vista de esto, lo anterior queda matizado; pese a las amenazas, pese a la muerte anticipada de una sociedad, su vida continúa sin excesivos sobresaltos. Al mismo tiempo, materialmente la muerte tras la muerte del atentado no cambia visiblemente las condiciones de una sociedad. Pero por muchas llamadas a la normalidad y a la racionalidad, el mal ya está presente, y retuerce la voluntad de nuestras sociedades. Y ello es la constatación moral de un hecho político; cuando no hay distinción entre guerra y paz los hombres no saben a qué atenerse en su futuro.
 
Si el tiempo cambia cuando se vive a la sombra del terror, ocurre algo parecido con el espacio; el derribo del World Trade Center o las bombas en el corazón de la City ponen de manifiesto otra realidad; de repente, ningún sitio es seguro, ni siquiera los situados en el centro de nuestras ciudades. Si los militares pueden morir en sus despachos del Pentágono, ¿qué esperanza le queda al moderado jordano, o al demócrata iraquí? El espectador heredero del 11S mira con desconfianza la Torre Picasso, el fantasma de Mohamed Atta se paseó por el edificio Windsor, y en la primera muerte de nuestra voluntad cualquier estación de metro puede ser Santa Eugenia o El Pozo.
 
No es que la ciudad no sea ya el lugar de paz y seguridad, de civilización y urbanidad; ningún lugar está ya a salvo, lo que equivale a decir que en ningún lugar se está ya a salvo. De nuevo podríamos establecer un alto en el camino para volver a la relación entre lo material y lo moral: El terrorismo extiende el campo de batalla a toda la tierra; Al-Qaeda puso de manifiesto como ni siquiera el todopoderoso Pentágono quedaba a salvo. Pero, sin embargo, más allá de esto sabemos que materialmente tal verdad no es absoluta; nuestros Estados son capaces de combatir materialmente a las redes terroristas; mediante la policía, mediante los servicios de inteligencia, que han abortado docenas de atentados y desarticulado docenas de células terroristas.
 
De nuevo somos conscientes de la enorme desproporción entre lo material y lo moral; nuestra voluntad se encuentra atenazada ante las imágenes de Atocha o de Nueva York, y moralmente nos sabemos expuestos en todo lugar; contradicción respecto a la realidad material, que muestra a nuestra razón que diversos atentados, en Estados Unidos y Europa han sido desmantelados con tiempo; no habría de que preocuparse. Pero la desproporción es tal que la detención material de una célula yihadista en Canadá no sólo no tranquiliza sino que intranquiliza; esta parece ser la lógica del terror, la que apunta a nuestra voluntad más que a nuestro raciocinio y a los hechos materiales.
 
Al fin y al cabo, fue decisión etarra llevar la violencia al corazón de Madrid; a los comandos de las tres provincias vascas y Navarra se une, de manera imprescindible, el Comando Madrid. Decisión estratégica con un claro componente moral; toda España es campo de batalla, no sólo la ribera del Bidasoa o los alrededores de San Sebastián son zona de guerra. La capital española o las tranquilas playas mediterráneas bombardeadas transmiten un mensaje; no se está a salvo en ningún sitio. Es la interpelación directa y cruel de los terroristas de Leganés, que constituye la esencia del terrorismo: “Os mataremos en cualquier lugar y en cualquier momento”. Racionalmente y materialmente, podremos estar tranquilos; pero el problema es que la amenaza va màs allá de cuarteles o instalaciones, para instalarse en las mentes y en los sentimientos.
 
La conclusión a todo lo anterior es que en nuestra era el terrorista mata antes, durante y después de la bomba. No materialmente, desde luego, pero sí moralmente; mata moralmente en vida, convirtiendo a la persona en un resistente o en un entregado. Mata físicamente cuando la bomba explota, y es capaz de rematar moralmente al muerto de manera no menos cruel. Al mismo tiempo, mata en todo lugar, y no se está a salvo del terror; la angustia, el pánico, el espanto, el miedo a las tinieblas. Ello es sólo posible desde el momento en que, como dice Raymond Aron y se defiende aquí, la acción terrorista es aquella cuyos efectos psicológicos son desproporcionados respecto a sus efectos puramente físicos”.[5]
 
Si tal definición es correcta, entonces conviene admitir que los análisis estratégicos y políticos parecen centrarse hoy en los aspectos materiales o físicos del terrorismo, tan necesarios como insuficientes si se olvida la característica esencialmente moral del fenómeno; aquella que André Glucksmann plasma magistralmente en “Dostoievski en Manhattan", remitiendo a “Los endemoniados” y la lógica nihilista que arrastran.
 
 En conclusión, puede afirmarse que la lógica del terror, y por tanto su táctica y su estrategia, son psicológicas; por encima de los efectos físicos de las bombas o los disparos, su centro de gravedad es la voluntad y la moral de las sociedades a las que combate. Es decir, el objetivo de Ben Laden o de Josu Ternera es el pueblo en su totalidad; sólo psicológicamente puede ser éste objetivo militar. Pero la moral del pueblo como objetivo del terror no es un objetivo surgido de la nada; toda una evolución histórica, en el propio Occidente, acude en ayuda del terrorista.
 
2. El siglo del terror
 
2.1 El pueblo como sujeto de la violencia
 
La era del terror inaugurada el 11S no surgió de la nada; es la continuación de una lógica histórica que recorre toda la edad moderna. Tal recorrido comienza con la Revolución Francesa, la Grande Armeé napoleónica, y la lógica de la edad moderna; la democracia, las grandes ideologías y los adelantos tecnológicos. Antes de ello, a la Revolución debemos la denominación de Terror, como el gobierno mediante la violencia ilimitada e indiscriminada.
 
Militarmente, la Revolución Francesa introdujo en el arte de la guerra una noción nueva; el pueblo en armas. El genio guerrero de Napoleón no hubiera sido posible sin contar detrás con el concepto de nación en armas. Ésta proporcionó un empuje, un entusiasmo y un fervor revolucionario que se tragó medio continente. Ello pronto llamó la atención del resto de militares europeos. En 1806, las tropas francesas destrozan al ejército prusiano en Jena, conquistan el país y toman Berlín. Los miembros de la cúpula militar prusiana, Scharnhorst, Clausewitz y Gneisenau observan impresionados e impotentes la marea revolucionaria que se les viene encima.
 
Las enseñanzas extraídas por los militares prusianos son bastante claras; el ejercito francés muestra un entusiasmo, una fuerza y un potencial desconocido en el continente. Enfrente, el aristocrático ejército prusiano, con sus exclusivas academias militares no podía resistir mucho tiempo, y cayó como era previsible ante el ejército de la República. Tras esto, se escondían las razones políticas y sociales que llamaron la atención de Clausewitz; la democracia moderna ha alumbrado una nueva forma de hacer la guerra, la guerra moderna, en la que el protagonista es la nación en armas; vía leva en masa, vía alistamiento obligatorio y popular, el gobierno del pueblo supone también la guerra del pueblo.
 
Pero además, la democracia trae consigo la política de los grandes ideales, los que portan las tropas de Napoleón y que les hace luchar con entusiasmo; libertad, democracia, igualdad son unos poderosos ideales que dan lugar a una política grandiosa y absoluta, que parece barrer las convenciones clásicas de la guerra de gabinete y las notas diplomáticas. Leva en masa y grandes ideales constituyen la aportación de la política moderna al arte de la guerra; sobre ella construyó Bonaparte su Imperio.
 
2.2 El pueblo como objetivo de la violencia
 
Enseñanza que no pasó desapercibida para las dos grandes revoluciones del siglo XX, la hitleriana y la bolchevique. Lenin y Hitler comprendieron que la clave del éxito estaba en la movilización de los suyos tanto como en la desmotivación del enemigo. Los desfiles de Nüremberg tanto como los de la Plaza Roja muestran la férrea decisión de dirigir la voluntad popular; la Alianza Atlántica podría poseer un arsenal y un ejercito superiores, pero el objetivo de los desfiles era la voluntad del pueblo; del propio para elevar la moral, aislar a disidentes y atraer a medio-pensadores. Del ajeno para paralizar las mentes más allá del Muro de Berlín, para mantener la sombra de la revolución mundial. Al fondo, dos ideas; todo el pueblo se involucra en la guerra y en ella se ponen en juego los grandes ideales.
 
Será Ludendorff quien en “Der totale krieg” extraiga las últimas consecuencias la lógica histórica; hizo falta la derrota alemana en la guerra de 1914 para que éste traspasase el límite prefijado; si el pueblo es quien realiza ahora la guerra, quien combate con uniforme en el frente o con mono de trabajo en la fábrica, nada impide que sea considerado también objetivo de ello; con el siglo XX, la población entera es ya sujeto y objeto de la guerra. La teoría de la guerra total se deriva de la concepción nacionalista y totalitaria de la política, pero también tiene algo de constatación de lo real; toda la nación, recursos materiales y humanos, es la que sostiene los frentes, y proporciona la victoria o la derrota. Derrota o victoria, además capital; la nación alemana se vería en peligro a sí misma bajo los auspicios de Adolf Hitler.
 
Desde este momento, ya nada será como antes; la población es ya objeto de las hostilidades, porque ella misma se encuentra inmersa en ella. Tal punto de vista supone una identidad entre gobernantes y gobernados, que no es ajena a la lógica de Al-Qaeda: golpear al pueblo para doblegar a sus gobernantes, vencer en la retaguardia para vencer en el frente.
 
La II Guerra Mundial y la Guerra Fría introdujeron la importancia de la voluntad de los pueblos para lograr la victoria; con ellas llegó el arma que desde entonces ha resultado ser más efectiva; la propaganda. El uso de la propaganda supone una guerra total, que más allá de los campos de batalla se extiende a la retaguardia y a las mentes y los corazones de quienes sostienen el esfuerzo bélico. Conforme el siglo XX iba avanzando, la guerra se iba haciendo total, y destruir la voluntad del adversario a través de su pueblo una necesidad estratégica; “guerra fría” alude precisamente a esta necesidad de quebrar la voluntad del adversario sin librar un solo tiro.
 
Las democracias lo intentaron, sin éxito aparente; los salvajes bombardeos sobre las ciudades alemanas no hundieron al pueblo alemán, y los bombardeos sobre Hanoi en lo sesenta tuvieron un efecto escaso; en este último caso el efecto se volvió contra el propio gobierno norteamericano. Éste probó a responder a los terroristas con su misma medicina, a crear el terror tras las líneas del VC; su éxito fue tan relativo como el de la estrategia contraterrorista francesa en Argelia. Cualquier tentación de emplear el terror contra el terror acaba volviéndose contra la propia sociedad democrática.

2.3. El pueblo como objetivo y sujeto supremo
 
¿Por qué? La técnica de la propaganda va indisolublemente unida a la técnica de la subversión, y con ella a la revolución; sólo cuando el esfuerzo es realmente total, derivado de una coartada igualmente total, logra cierto éxito. Llegamos así a lo que, como se verá, es uno de los pilares del terrorismo; la búsqueda de la destrucción del orden social como objetivo innegociable. Tal destrucción, en Moscú en 1917 o en Vietnam en 1975 exige una violencia total, que aniquile cualquier rastro del pasado, para hacer tábula rasa y construir desde cero el futuro; construir el paraíso sobre la tierra exige, necesariamente, extender antes el Apocalipsis sobre ella; y este parece ser el punto donde la política moderna une sus dos extremos; la consecución de los grandes ideales sólo es posible cuando el pueblo es sujeto y objeto de la violencia.
 
Cuando la sombra de Vietnam se extiende sobre Irak, un hecho histórico se nos impone; la victoria estrictamente militar no supone la victoria política. El cuerpo expedicionario americano no perdió la guerra en el sudeste asiático; ésta se perdió en las mentes y los corazones de los norteamericanos, en los medios de comunicación de Los Ángeles o Washington. Quedó patente que unos pocos muertos en la selva pueden provocar un maremoto político en Washington. Unos pocos éxitos materiales pueden lograr unos asombrosos efectos morales en la población que los sufre. Vietnam puso ante los ojos de los estrategas americanos la verdad histórica que se iba abriendo paso durante todo el siglo; los resultados materiales a veces no tienen proporción con sus efectos morales, y cuando la desproporción es enorme, la voluntad de los pueblos se rompe.
 
Tras este análisis se esconde la convicción de que las sociedades democráticas eran unas sociedades corroídas por contradicciones internas, débiles pese a su potencial militar. Se trata del ya clásico análisis  maoísta de 1956, convertido ya en profecía; El imperialismo es un tigre de papel. Antes de él, la debilidad de las sociedades democráticas, roídas por rivalidades, debilidades parlamentarias y partidismo, había suscitado también el desprecio nacionalsocialista. El pueblo, convertido en objeto de la guerra desde que era sujeto de ella, es también culpable y debe ser castigado, depurado, sacrificado. Tal catarsis por la violencia empujó a las masacres en Camboya; no parece ajeno al corpus yihadista hoy. Desde entonces, se actualiza la fórmula maoísta: lograr el número suficiente de bolsas negras para romper la moral occidental. Basta con golpear la voluntad popular, estremecerla, asustarla. La caída de Saigón mostró cómo se podría quebrar la voluntad de los pueblos cuanto más desproporcionada era la relación entre lo material y lo moral.
 
Quebrar la voluntad de Occidente se convierte así en una finalidad por encima de la estrategia y la táctica material; “hagamos dos, tres, muchos Vietnam”, afirmaba Guevara, que suplía su total incapacidad estratégica con un fino olfato para la propaganda.  Al tiempo, los años setenta nos mostraron una guerra en la sombra entre la OLP e Israel, con los primeros tratando de romper la voluntad israelí mediante la desproporción destructora del secuestro y explosión de aviones; creyeron poder suplir las derrotas militares golpeando desde detrás de las fuerzas armadas israelíes.
 
Tal lógica del terror continuó incluso cuando Occidente se sumía en la borrachera democrática que siguió a la Caída del Muro. Yugoslavia y Ruanda muestran la apoteosis de la violencia sin límites, destructora, purificadora en sí misma, en todas sus variables; violaciones en masa, fosas comunes, macheteo industrial de seres humanos  en África. De esta forma, el siglo XX parece haber sido el del progresivo avance del pueblo hacia el frente militar, o la progresiva extensión de éste hacia la retaguardia.
 
Ello es cierto, pero ante todo en un sentido moral; es la voluntad del pueblo la que se ha convertido en sujeto y objeto de la guerra, que hace ganar políticamente tras la derrota militar o que lleva a la derrota política tras la victoria militar. Una desproporción de diez cadáveres a uno puede resultar rentable para el perdedor, a condición de que el ganador militar sea Europa o Estados Unidos y se cuente con una buena propaganda.
 
2.4 La voluntad, parte de la guerra
 
Es bien conocida la definición trinitaria que Clausewitz hace de la guerra; pasiones desatadas, libre actividad del alma, entendimiento racional. Se trata de los tres elementos que según el prusiano se encuentran en toda guerra, y que constituyen su definición: “Estas tres tendencias, que se manifiestan con fuerza de leyes, reposan profundamente sobre la naturaleza del sujeto y, al mismo tiempo, varían en magnitud (...) el problema consiste en mantener a la teoría en equilibrio entre estas tres tendencias”[6].
 
Hasta ahora se ha reflexionado en torno a la moral y la voluntad; ésta constituye uno de los elementos de la guerra, como afirma el autor de “De la Guerra”. Las tres tendencias a que se refiere Clausewitz implican una violencia política, donde se dan cita los tres elementos; el comportamiento del pueblo, depositario de las pasiones; el genio guerrero del estratega capaz de dirigir a las tropas; el entendimiento racional del jefe político, capaz de dar sentido último a todo ello. Desde la Guerra del Peloponeso hasta la invasión de Afganistán, todo enfrentamiento conlleva una combinación de estos tres elementos.
 
Pero según lo anterior, la edad moderna es la edad de la democracia, del gobierno del pueblo y por tanto del ascenso de la primera de las tres variables a la jerarquía de ellas; el militar y el estratega pueden trazar los planes de una guerra perfecta, y llevarla a cabo. El jefe político gobernará estrategia y diplomacia de manera razonable y racional. Pero nada de ello será suficiente si las pasiones del pueblo pueden llevarse por delante a ambos.
 
Surge así la pasión y la emotividad como elemento característico de la voluntad popular; las pasiones desatadas pueden hacer ganar una guerra, pero también perderla. Marzo de 2004 parece demostrar esta verdad. La movilización de estas pasiones populares, a favor o en contra de una causa, constituye uno de los elementos claves de la guerra revolucionaria; la propaganda o la violencia psíquica. La violencia física o el terror constituye el otro elemento. Con ambos elementos, propaganda y terror, los revolucionarios construyen su tradicional lucha contra el orden existente.
 
Pero, si la guerra es un choque de voluntades, ¿cómo negar que se libra tanto en Faluya como en los televisores de Nueva York, Madrid o Londres? El 11M mostró el verdadero papel de los sentimientos primarios en la ilustrada Europa, que invirtió la lógica de la hostilidad y la volvió contra sí misma. Pero si occidente comete el error de olvidar que el éxito o el fracaso de una guerra depende de la educación de las pasiones, Al-Qaeda no comete tal fallo; la propaganda en los medios y las bombas en Bali o Bagdad van dirigidas contra las mentes occidentales. Estados Unidos perderá la guerra en Washington, no en Bagdad o Kabul. Occidente podrá destruir campamentos, aeródromos o cazar terroristas en lejanas montañas; pero localizará el conflicto tanto como el yihadismo lo globalizará. La victoria material no será nada sin la victoria moral. Quien encauce las pasiones comenzará a ganar la guerra; cierto maquiavelismo parece imponerse a los contendientes.
 
Cuando, como en marzo de 2004, las masas se lancen a la calle contra sus gobernantes y no contra sus gobernados, este tercer elemento de la trinidad clausewitziana, desatado e ingobernable, arrastrará consigo a los otros dos; entonces asistiremos al definitivo declive de nuestras sociedades; tal batalla fue ganada por Ben Laden, como la del 11S fue encauzada por el Gobierno americano en la buena dirección.
 
¿Porqué traer a colación la tríada de Clausewitz? Las fuerzas morales y las pasiones del pueblo constituyen uno de los elementos principales de toda guerra; en la era de las nuevas tecnologías, de la RMA y de los aviones tripulados conviene recordar que son las pasiones de los pueblos las que conducirán a la victoria o a la derrota.
 
3. La apuesta política del terrorismo
 
3.1. El sustento político del terrorismo
 
Según lo expuesto hasta ahora, el terrorismo es ante todo un fenómeno psicológico, cuya finalidad es lograr romper la voluntad de resistencia de las sociedades a las que se dirige; el aspecto psicológico no sólo no es un componente del terrorismo, sino que es el componente esencial. En segundo lugar, ello es posible mediante una desproporción entre los efectos materiales y físicos de la violencia y los efectos psicológicos; la desproporción no apunta al campo de la destrucción material, sino que encuentra su sentido en el golpe de la voluntad a la que va dirigida; cien muertos en las capitales europeas surten más efecto que mil en las barriadas de las ciudades árabes o las montañas afganas.
 
El objetivo del terrorismo no son las fuerzas de seguridad o el ejército; es, detrás de ello, la voluntad de las sociedades. Por ello en tercer lugar, tal cosa es posible desde el momento en que el pueblo ha sido colocado en la primera línea de la guerra, lo que ha sucedido progresivamente durante los siglos XXI y XX. Las guerras se ganan hoy en la mente del pueblo antes que en los campos de batalla, por lo demás ampliadas hoy a la totalidad del tiempo y del espacio.
 
Pero históricamente, al mismo tiempo que involucraba al pueblo, la violencia lo hacía invocando razones cada vez más sublimes. Que el pueblo lleve sobre sus hombros la guerra y la política es posible con una condición; que su sacrificio merezca la pena. Y ello ya no es posible con la reivindicación de un territorio, de una línea de demarcación. Desde que el Terror revolucionario devoró a los mismos hijos de la Revolución Francesa, los sacrificios del pueblo se hacen en nombre de los grandes ideales, aquellos que, más allá de la estrategia y la política histórica, merezcan tales sacrificios.
 
La pregunta por el terrorismo, por la violencia absoluta y aniquiladora, capaz de superar el tiempo y el espacio, es por tanto también la pregunta por la política que lo sustenta. Y por ello, la cuestión ahora se centra en la relación entre los fines y los medios; los objetivos buscados, los instrumentos empleados. Los fines del terrorismo pueden parecer propios de un demente o hilarantes; ello no es obstáculo para que constituyan parte de una racionalidad estratégica, una racionalidad interna de la acción humana (Max Weber), en este caso del terrorista. La cuestión por tanto es ¿qué relación existe entre el dominio por el terror, el pavor, el espanto, y la finalidad política que lo sustenta?
 
3.2 El fin sí justifica los medios
 
¿Qué política? No una cualquiera: Los terroristas que masacran en Estados Unidos o España solucionan una injusticia secular, una humillación histórica de occidente sobre el orgulloso Islam; el islamismo ofrece a los suyos un futuro radiante, glorioso, que reedita un lujo perdido en Jerusalén, Córdoba y Bagdad; el mito del Gran Islam está bastante por encima de la política real del ser humano en los países árabes, de sus rencillas, luchas o rivalidades.
 
¿Qué no está permitido cuando la recompensa es el jardín de las huríes?¿cuántos aviones, cuantas mochilas bomba no merecen la pena cuando la finalidad es la resurrección del esplendor mahometano?¿qué instrumento no está permitido cuando la propia muerte conlleva la redención de creyentes y no creyentes? El terrorista suicida se libera a sí mismo y libera a un Islam humillado y arrodillado, lo devuelve a la senda del esplendor perdido; veinte, doscientos, dos mil muertos son un precio aceptable para un futuro radiante. Desde la época de Clausewitz, la guerra ha ascendido a los extremos porque la política lo ha hecho; Lenin negaba a Dios, y al tiempo sacralizaba la historia; las guerras proclamadas por la Internacional se convertían en guerras justas por la liberación de los pueblos. Nada ni nadie interpuesto en el camino de la historia. Hitler negaba a Dios, debilidad humana, y convertía la tierra en el infierno, en el reino del más fuerte, en la aniquilación del adversario; etnias, pueblos y razas bajo el poder de los elegidos.
 
De todo esto puede deducirse cómo al suicidarse matando en el metro de Londres, Hasib Hussain no sólo se reúne con las huríes o castiga al Gobierno de Blair; reconstruye la grandeza del Islam, introduce la justicia divina en la historia, la hace retroceder al pasado al tiempo que la impulsa al futuro. No es política, es justicia con mayúsculas, justicia divina; el paraíso no pertenece a este mundo, y para construirlo es necesario destruir primero éste; el yihadismo “no pide nada, luego lo pide todo” afirma Glucksmann en su “Dostoievski en Manhattan”.
 
Justicia divina que, al destruirlo todo, sienta las bases para un futuro nuevo. Nuestras constituciones, los partidos políticos, las alianzas, la corrupción, las debilidades parlamentarias y gubernamentales son los obstáculos que entorpecen el camino de la justicia. Por lo tanto, el impulso aniquilador que subyace a la acción del yihadista, el intento de reducir nuestra voluntad a cenizas no es que sea un medio aceptable, es que es el único medio posible para ello. Glucksmann ha observado este carácter, y lo ha llamado nihilismo; violencia pura, desnuda, infinita y que destruye cualquier límite fijado por el orden político humano.
 
Así, el islamismo no se agota en la religión, ni en la psicopatología sectaria de sus militantes. Supone una filosofía de la historia, de la reedición y reconstrucción del Islam mítico. Pero tal afirmación no parece gratuita; si ello es así, el objetivo del terrorismo no es político, sino suprapolítico, y por tanto imposible de negociar, en Irak o en el País Vasco. Aquí, la independencia sería una finalidad política; pero no es eso lo que pide ETA. Exige el reconocimiento de los derechos inherentes a los hijos de Aitor, robados en una injusticia que se pierde en el horizonte de la historia. Eterna, la opresión del pueblo vasco en clave nacionalista se pierde en los confines de la tierra y en la noche de los tiempos; la autonomía o autodeterminación es una sola letra de una deuda infinita Sutil diferencia que esconde la clave de la barbarie etarra; sólo la justicia histórica exime al etarra de los crímenes de Hipercor o Zaragoza, como sólo la voluntad divina lo hace de la masacre de Atocha. Sólo sintiendo a sus espaldas el aliento de todo un pueblo –en su pasado y en su futuro- aprieta el terrorista etarra el gatillo o el detonador. No es la política, sino la Historia la que respalda los crímenes etarras.
 
Sólo la certeza religiosa o histórica justifica al terrorista etarra o alqaedista. ETA no habla de negociar o construir unos derechos, sino que exige que el Estado los reconozca. Exige porque le pertenecen, porque desde la noche de los tiempos España se los ha negado a sangre y fuego. Es una exigencia no sólo política, sino moral e histórica; la misma que exhibe Al-Qaeda en sus comunicados.
 
La construcción del paraíso, mahometano o vasco,  sobre la tierra, exige romper la historia en la que Ben Laden o Josu Ternera se encuentran; cuando más grave es la afrenta democrático-liberal, más urgente es acometer la destrucción del orden establecido, la aniquilación de sus debilidades y de sus nimiedades. En su “Teoría del Partisano”, libro imprescindible para entender el momento actual, Carl Schmitt recuerda la máxima de Ernesto Guevara, para recordar el compromiso incondicional del terrorista, su coartada sublime para matar; “el guerrillero es el jesuita de la guerra”.
 
La distinción aquí entre el enemigo y el enemigo absoluto fruto de una hostilidad que va más allá de la simple política queda ejemplarizada en la oposición entre Guevara y Juana de Orleáns, según nos cuenta Schmitt; “Cuando el juez eclesiástico le hizo la pregunta – una pregunta teológica – de si pretendía afirmar que Dios odiaba a los ingleses, ella contestó: “No sé si Dios ama u odia a los ingleses. Sólo sé que deben ser expulsados de Francia.” Hostilidad real en el caso de la segunda; hostilidad absoluta en el caso del primero, que lo emparenta directamente con el ideario yihadista.
 
Schmitt no podía conocer Al-Qaeda, pero intuyó muy bien la lógica de la enemistad que la historia iba mostrando La violencia se convierte en violencia absoluta cuando “No se dirige ya ni siquiera contra un enemigo sino que sirve tan sólo a la imposición supuestamente objetiva de valores supremos por los cuales, como se sabe, ningún precio a pagar es demasiado alto. La  negación de la verdadera enemistad allana el camino para la labor exterminadora de una enemistad absoluta”. Si las sociedades democráticas son el mal absoluto sobre la tierra, si la Constitución española es la negación absoluta de la existencia vasca, aniquilar amabas es una necesidad, no política, sino moral.
 
3.3 El terror como único y necesario medio
 
¿Qué sacrificio puede negarse a la construcción de la gran umma cuando está en juego el poder de Dios sobre la tierra?¿Qué sacrificio no está justificado cuando es la dignidad del pueblo vasco la que se defiende? Es en este punto, en la reflexión acerca de la política, donde nuestra vista se vuelve al comienzo del presente trabajo: en la relación entre fines y medios es donde terrorismo y totalitarismo coinciden necesariamente. El comunicado con el que Al-Qaeda se dio a conocer en 2001 a medio mundo, convirtiéndolo en víctima del terrorismo, muestra la esencia del terrorismo y su conexión con una justificación divina: “preparad vuestra fuerza al límite de su capacidad para golpear con el terror los corazones de los enemigos de Dios”.
 
Violencia ilimitada, terror, aniquilación, constituyen la estrategia derivada de los designios divinos. Por encima del particularismo político, encontramos el punto en el que ETA y Al-Qaeda se unen en su condición de terroristas; el fin último no es un objetivo político, sino suprapolítico, y este objetivo exige necesariamente la aniquilación y la violencia absoluta como medio. Si ello es así, la conclusión es que ni ETA ni Al-Qaeda podrán jamás renunciar a la violencia para lograr sus fines, que exigen necesariamente tales medios; no se hace justicia histórica en el País Vasco o Palestina mediante la negociación, porque ésta por definición es política, sujeta a las debilidades del momento, de la concesión, de la posibilidad y del cálculo. Pero la umma o EuskalHerría están por encima de tales nimiedades. Es la Historia la que contempla al terrorista.
 
De tal manera, un elemento más se suma al análisis; el terror como medio es inseparable del objetivo político o suprapolítico que le da sentido. El terrorismo es la continuación necesaria de la política por los únicos medios. Ello señala un futuro preocupante, en la medida en que la utilización de la violencia aniquiladora se dirige hacia los objetivos materiales en la medida en que tienen repercusión moral. La conclusión de estas líneas es que la victoria contra el terrorismo se logrará en las calles de nuestras ciudades antes que en los arrabales de Bagdad. Si el terrorismo tiene como objetivo la moral y la voluntad de nuestras sociedades, resulta por tanto imprescindible preguntarnos por ellas, por su evolución, por sus contradicciones internas.
 
En este punto me permito citarme a mi mismo; “En plena geopolítica del caos, un occidente opulento y hedonista cena todas las noches ante el televisor con las matanzas yihadistas en Irak, Egipto o Indonesia. Sociedades de los derechos, de la seguridad y la opinión pública, hacen bueno el análisis  maoísta de 1956, convertido ya en profecía. Hoy, cincuenta años después, el fantasma de Mao se pasea por las calles de Bagdad susurrando al oído de unos y otros su sentencia más definitiva; el imperialismo es un tigre de papel. Pero entre mesopotamia y los parlamentos occidentales, el susurro se pierde fuerza y se apaga.
 
Al-Zarkawi y sus matarifes entienden lo que en Occidente se olvida, y lanzan al aire la pregunta fundamental; ¿hasta dónde aguantarán las democracias?, se preguntará el politólogo; ¿cuántos muertos va a soportar Estados Unidos?, se cuestionarán el político y el consejero. El muyahidín global en Basora y Tikrit actualiza la fórmula maoísta: el número de bolsas negras en la CNN y la BBC es inversamente proporcional al apoyo social al cuerpo expedicionario aliado. Las bombas en Irak van teledirigidas a las mentes de occidente; las degollinas en directo son mísiles psicológicos contra las cancillerías y congresos occidentales. Un Hummer menos importa más que una división acorazada menos. Tras la caída del tirano, terroristas de todo el orbe acuden a Irak con un objetivo; rasgar la voluntad y la resistencia del tigre americano, hacer trizas cualquier resistencia occidental.” [7]
 
Resistencia occidental reforzada hoy institucionalmente y materialmente; pero si lo anterior es cierto, las reformas en nuestras Fuerzas Armadas, la mejora en los servicios de inteligencia y en las fuerzas de seguridad pueden no ser suficientes para resistir el acoso terrorista; por definición éste sobrepasa lo material para atacar a lo espiritual, que es precisamente lo que más se resiente y arrastra a lo material; nunca ha estado la sociedad occidental más protegida, y nunca se ha sentido más en peligro. La asunción del papel de víctima, la conciencia de una lenta derrota supone ya una derrota que la preparación institucional, policial o militar no podrá superar y que acaba lastrándole.
 
Conclusión pesimista, pero que presenta la otra cara de la moneda; la victoria moral contra el terrorismo va más allá de los éxitos materiales. Una sociedad rearmada tolera mejor los fracasos, empuja hacia los éxitos. El terror depende, en un extremo de los efectos físicos y materiales; del otro, de la voluntad enfrentada a la que se dirige. En la medida en que ésta sea consciente de la realidad, de sus posibilidades y necesidades será posible aguantar la presión. Pero al tiempo que una moral defensiva, parece necesario emprender una ofensiva moral contra el terrorismo; desde Al-Jazeera hasta las mezquitas islamistas en Europa, desenmascarar al terrorismo en sus mismas bases intelectuales y propagandísticas le hará más daño que las detenciones de activistas y criminales; el ejemplo vasco entre 1996 y 2004 es el caso más cercano y claro de voluntad férrea, moral defensiva y ofensiva moral contra el terror. La clave de su casi derrota estuvo ahí antes que en la lucha puramente antiterrorista y material.
 
¿Está ello lejos de la realidad? La voluntad es cambiable, variable; la misma sociedad que respondió con dignidad en julio de 1996 se hundió en marzo de 2004, y proporcionó a los terroristas la victoria que esperaban, y hoy titubea esperanzada y autoengañada ante la negociación con ETA. Para los pesimistas ello muestra que la España del buenismo, del hedonismo y de la despreocupación puede caer demasiado bajo aún. Pero para los optimistas, ello demuestra que la voluntad no es inmutable, y que si se paso de la decencia a la indecencia, es posible retomar el camino contrario
 
Esa parece la labor esencial de la guerra contra el terrorismo; centrar los esfuerzos en el rearme moral y cívico de unas sociedades que parecen haber aceptado ya una muerte anunciada, de la peor manera posible; ignorándola. Pero si es posible dar la vuelta a la situación, y concentrar las pasiones y las voluntades en la lucha contra el terrorismo, los atentados serán menos atentados. Ello porque si el terrorismo es la desproporción entre efectos materiales y morales, aumentar el peso moral de la sociedad implica relativizar el efecto de las bombas. Fácil promesa teórica, que esconde la dificultad práctica de políticos, periodistas e intelectuales hoy.

Óscar Elía es Analista Adjunto del GEES en el Área de Pensamiento Político.

 
Notas
 
[1]              Juan Avilés, ¿Es posible y necesario definir el terrorismo? Análisis GEES, abril de 2002.
[2]              Homero, “Ilíada”, VI
[3]              Narrado por Jose María Calleja, “Contra la barbarie”, Temas de Hoy, Madrid 1997, pág. 33
[4]              Hannah Arendt, Sobre la violencia, en “Crisis de la República”, Madrid, Taurus 1973.
[5]              Raymond Aron, “Pensar la Guerra”, II, pág. 191 y ss.
[6]              Carl Clausewitz, “De la guerra”, I, 1, §28.
[7]              Clausewitz en King’ Cross, Análisis GEES, septiembre de 2005


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