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Corea: las barbas del vecino
En letra impresa nº 565   |  27 de Junio de 2006
 
(Publicado en ABC,  27 de junio de 2006)
 
Los informes de inteligencia sobre la carga de combustible de un misil balístico norcoreano, un Taepowong-2 con un radio de acción que incluiría territorio continental norteamericano, han encendido todas las alarmas en el área del Pacífico, presentándonos un escenario característico de lo que nos vamos a encontrar en los próximos decenios.
 
El régimen de no proliferación nuclear se encuentra en crisis. Clinton fracasó en su intento de detener los programas norcoreano, pakistaní e indio –el primero ilegal, los dos restantes legales-. Bush ha renunciado al uso de la fuerza en el caso de Corea del Norte, la ha ejercido en Iraq y aparenta estar dispuesto a pasar la cuestión iraní a su sucesor, lo que supondría, de hecho, otra renuncia. Mientras tanto los europeos han mirado a otra parte o, en un nuevo ejercicio de su proverbial “sensatez”, han considerado que el remedio era peor que la enfermedad.
 
El arma nuclear necesita de un medio para proyectarla, de un “vector” en terminología militar, y éste suele ser un misil. Allí donde hay un programa nuclear hallaremos otro de misiles.
 
Corea del Norte ya tiene cabezas nucleares y su principal actividad económica es la fabricación y exportación de misiles. La posibilidad de que ensaye el despegue de uno nuevo nos coloca ante una situación ejemplar. Tras el lanzamiento de su predecesor Japón revisó su política de seguridad: fortaleció su alianza con Estados Unidos; adquirió destructores con el sistema de combate Aegis, especialmente útil para derribar misiles; aprobó la construcción de un radar en tierra como apoyo a la flota; y reforzó sus defensas tierra-aire. Ahora ha pedido a Estados Unidos, y logrado, la instalación en bases norteamericanas de tres o cuatro baterías de misiles patriot de última generación, la PAC-3, junto con el personal apropiado para su manejo.
 
Si la cabeza del anterior misil norcoreano sobrevoló el cielo japonés antes de precipitarse sobre las aguas del Pacífico, en esta ocasión no sería de extrañar que se intentara derribarlo. Depende del punto de caída podría ser desde los destructores, desde las baterías en suelo nipón o desde territorio norteamericano.
 
Los europeos ridiculizaron los esfuerzos de Reagan por desarrollar un escudo antimisiles que protegiera todo el territorio de soberanía. Tras el 11-S se recordó que de nada habían valido, olvidando que tampoco resultaron de mucha utilidad los fusiles de asalto, los submarinos o los carros de combate. Hoy Estados Unidos, Israel y algunos pocos países más están mucho mejor preparados que el resto para afrontar los riesgos inherentes al fracaso del régimen de no proliferación.
 
Tras Irán más estados se sentirán impelidos a seguir el mismo camino. Los misiles persas pronto incluirán en su radio de acción la mayor parte del Viejo Continente ¿Qué haremos entonces?


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