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Una nueva agenda bilateral
Análisis nº 111   |  21 de Enero de 2004
 
Publicado en FAES, 21 de enero de 2004
 
Introducción
 
Durante estos últimos años, superado el penoso debate sobre el ingreso en la Alianza Atlántica, se ha ido desarrollando un paulatino acercamiento entre Estados Unidos y España. Los sucesos del 11-S y la última crisis de Iraq pusieron de manifiesto una identidad de posiciones y una disposición a actuar conjuntamente que aconsejaban una revisión de los fundamentos de la política seguida hasta entonces. El Grupo de Estudios Estratégicos organizó durante el pasado mes de noviembre un Seminario para comenzar a estudiar las posibilidades de desarrollo de las relaciones bilaterales. El presente documento tiene su origen en aquel Seminario, pero también está en deuda con las ponencias presentadas y los comentarios realizados durante las tres sesiones anteriores de este Seminario.
 
Marco histórico
 
Hace apenas tres años los gobiernos español y norteamericano cerraban los aspectos principales de la negociación para renovar el Convenio bilateral[i] en unas circunstancias extrañas. Por primera vez en casi medio siglo de relación, la negociación careció de la tensión a la que nos tenía habituados. Habían quedado atrás los problemas derivados de la desigualdad del compromiso entre las partes, propio de los años del Franquismo; los de la adaptación de una relación bilateral a otra multilateral, característica de los primeros años de la democracia; y, por último,  los problemas exclusivos del Partido Socialista con su electorado, al incumplir sus promesas de abandonar la Alianza Atlántica. Con España plenamente integrada en la OTAN, desde la Cumbre del Cincuentenario celebrada en Washington en Abril de 1999, y sin ningún problema político pendiente de resolución, las negociaciones se desarrollaron en un ambiente de gran tranquilidad. En aquellas fechas el Grupo de Estudios Estratégicos publicó un Apunte en el que tratábamos de resumir los elementos fundamentales de la negociación:
 
“Para el gobierno norteamericano el objetivo más importante es ampliar las instalaciones de la base aeronaval de Rota, de gran importancia en el dispositivo estratégico hacia África, Oriente Medio y el Cáucaso. En concreto desean instalar en esta base su Mando de Transpor­te Aéreo Estratégico del Sur de Europa, construir 16 nuevos hangares para aviones de transporte de gran capacidad -como los C-5 Galaxy- y acondicionar la base naval para permitir la presencia de un mayor número de buques, tanto de la VI Flota como de nuestro Grupo de Combate. El resultado sería potenciar la base para, junto con Ramstein en Alema­nia, convertirla en el punto de apoyo por excelencia que asegure la proyección del potencial norteamericano hacia las regiones antes mencionadas. El coste estimado de las obras previstas rondaría los 25 mil millones de pts., para cuya financiación se buscaría la colabora­ción del Comité de Infraestructuras de la OTAN”.
 
“Las negociaciones se han resuelto positivamente, a cambio de reconocer a España el estatuto de “socio preferente”, que parece dar derecho a “consultas regulares”; algo insistentemente buscado por el Presidente Aznar en el marco de su política de reconocimiento internacional del papel de España. Un logro “formal” al que habrá que dar contenido, lo que hasta la fecha y ante lo mermado del presupuesto disponible no está resultando fácil”.
 
“Quedan pendientes temas importantes, pero de limitada trascendencia política, en especial si los comparamos con aquellos que protagonizaron pasadas negociaciones. Por parte nortea­mericana se desea contar con el puerto de Tarragona -que se sumaría a los de Rota, Cartage­na y Palma- para poder atracar navíos de propulsión nuclear. Por parte española se demanda un trato de privilegio, semejante al establecido con el Reino Unido y Australia, en el ámbito de la cooperación industrial, que facilitaría el establecimiento de empresas conjuntas, así como una equiparación de los estatutos jurídicos de los militares españoles y norteamerica­nos en el territorio de la otra parte. A estos asuntos hay que sumar dos de interés conjunto, fijar la duración del Convenio y dar una salida al problema fiscal de los trabajadores laborales de la Base de Rota”.[ii]
 
La renovación “técnica”[iii] partía de la base de que habían quedado atrás los antiguos contenciosos, de que las relaciones entre las partes pasaban por un momento histórico, y de que el gobierno español ambicionaba mejorar sensiblemente la calidad de la relación, pero todavía resultaba imposible ir más allá. España no tenía mucho que ofrecer. No era una gran potencia, ni tenía unas Fuerzas Armadas importantes, ni una capacidad económica destacable. Como país receptor de fondos europeos, resultaba inviable considerar su ingreso en el G-8.
 
El conflicto diplomático y militar de Iraq supuso un cambio importante en la perspectiva española sobre el futuro de las relaciones bilaterales. Un conjunto de circunstancias permitieron a nuestra diplomacia actuar a un nivel no conocido en siglos y mantener con su homóloga norteamericana una intimidad y confianza que abrían las puertas para cambios sustanciales en el medio y largo plazo.
 
No vamos a señalar esas circunstancias, de sobra conocidas, pero sí conviene subrayar algunos elementos que están presentes en los análisis que se vienen realizando a ambos lados del Atlántico:
  1. La posición tomada por el Gobierno español fue la defendida por el Presidente, pero no contó con el pleno respaldo de su Gabinete ni de su Partido ni siquiera de la mayor parte de los medios de comunicación considerados próximos al Gobierno, instancias todas ellas donde el silencio era ya todo un éxito. Es más, fueron incapaces de controlar los medios públicos. La razón de que el Gobierno y el Partido se mantuvieran unidos en torno al Presidente se debe a la autoridad de éste, después de seis años de brillante gestión, y al convencimiento de que la desunión debilitaría gravemente la imagen del Partido. Más valía capear el temporal juntos que exponerse a perder las cercanas elecciones autonómicas del mes de mayo.
  2. El Cuerpo Diplomático volvió a distanciarse de la política presidencial, lo que era previsible dada la evolución del propio José María Aznar. La mentalidad del diplomático español se ha ido formando a lo largo del tiempo a partir de un conjunto de hechos fácilmente reconocibles. La mayor parte de sus miembros proceden de las facultades de Derecho y tienen una visión de las relaciones internacionales muy juridicista. Durante décadas se han sentido humillados por los convenios con Estados Unidos, lo que ha generado un sentimiento contrario a este país. Las especiales relaciones con Latinoamérica han llevado a un reforzamiento de este sentimiento, al percibirse a la potencia norteamericana como el rival natural de España y al considerar que fomentando las actitudes nacionalistas de aquellas repúblicas, que se desarrollaban en torno a la política de backyard de Washington, se ganaba espacio propio de influencia. Tras décadas de esfuerzo para lograr la plena incorporación de España a los organismos internacionales de los que había quedado excluida, la normalización se realizó durante los gobiernos de Felipe González. Fue entonces cuando hubo que realizar una redefinición de la estrategia nacional, para asegurar una mejor defensa de los intereses propios. González optó por una política de sumisión al Eje París-Bonn. Sumándose a sus iniciativas esperaba lograr ayudas económicas y un perfil exterior de mayor protagonismo, aunque no de mayor influencia. Los diplomáticos españoles asumieron la nueva estrategia nacional y han actuado durante estos años con la seguridad de quien conoce claramente la línea maestra de la acción gubernamental. El paulatino giro dado por Aznar ha encontrado una fuerte reacción en el Cuerpo Diplomático por lo que suponía de cambio respecto de una política que, con sus evidentes limitaciones, en apariencia funcionaba correctamente y porque no era sustituida por una nueva doctrina coherente. El resultado es que una buena parte de nuestros embajadores y diplomáticos de cualquier nivel no han disimulado su disgusto por la política seguida.
En estas condiciones tanto los analistas nacionales como los internacionales no se atreven a afirmar que se haya producido un cambio real en la política exterior española. Mientras no se produzca una cierta institucionalización que trascienda la figura del propio José María Aznar, lo que haga Mariano Rajoy en los próximos meses será decisivo al respecto, la estrategia que se esconde tras la política seguida durante la crisis de Iraq es personal y vinculada a la figura de Aznar. Desaparecido éste de la Presidencia del Gobierno no es imposible que paulatinamente el Partido Popular vuelva a la política tradicional, por lo que las ventanas de oportunidad abiertas para una mejora de las relaciones entre España y Estados Unidos se cerrarían.
 
La necesidad  de una nueva estrategia
 
En el hipotético caso de que el Partido Socialista ganara las próximas elecciones generales y formara un gobierno multicolor es evidente que las posibilidades que se han abierto durante éstos últimos doce meses se abandonarían por decisión española. Un nuevo gobierno débil, atado a unos equilibrios complejos con partidos nacionalistas y con Izquierda Unida, muy crítico con la política norteamericana, tendería a colocarse bajo el arco protector del eje París-Berlín.
 
Si por el contrario el Partido Popular formara Gobierno queda por resolver la incógnita de cuál será la política exterior de su actual candidato, Mariano Rajoy.  Rajoy ha tenido pocas oportunidades para referirse a cuestiones internacionales y de seguridad, por lo que muchas personas piensan que cabe la posibilidad de que trate de reorientar la política española en un sentido más tradicional, la inercia del Cuerpo Diplomático y los consejos de los analistas de opinión pública. Sin embargo, de intentarlo se encontrará con los mismos problemas con los que chocó Aznar en los años anteriores a la crisis de Iraq:
  1. Las políticas de contención/disuasión no son eficaces frente a la amenaza del terrorismo y, a menudo, tampoco lo son ante gobiernos dictatoriales que desarrollan programas de armas de destrucción masiva. Es necesario abandonar políticas propias de la Guerra Fría y establecer otras más acordes con las amenazas de nuestros días. No basta con condenar o rechazar, es necesario forzar cambios en regímenes dictatoriales para transformarlos en estados de derecho. Sólo revirtiendo la tendencia hacia la proliferación de armas de destrucción masiva y expandiendo la democracia liberal podremos conseguir un mundo más seguro. Como hemos comprobado recientemente en Libia e Irán, sólo la amenaza creíble del uso de la fuerza puede lograr estos fines. No podemos aceptar el statu quo, porque nuestra seguridad estaría en peligro. Tenemos que transformar nuestro entorno. A Estados Unidos, como potencia hegemónica, le corresponde liderar este proceso.
  2. Los límites del multilateralismo. La tradición liberal ha tratado de resolver los problemas propios de la relación entre los estados a través de organismos internacionales. Su constitución puede considerarse un avance, pero no deben olvidarse sus límites. En la Asamblea General de Naciones Unidas una dictadura vota igual que una democracia. La ONU es un lugar donde Libia es elegida para presidir la Comisión de Derechos Humanos e Iraq estuvo a punto de ocupar la misma posición en la de Desarme. El Consejo de Seguridad es un órgano que no responde a los principios democráticos. Es un directorio, donde unos pocos tienen derecho de veto. Algunos ni siquiera son democracias. El veto impide la toma de decisión, niega al Consejo la posibilidad de avanzar en una línea. La sucesión de vetos bloquea la capacidad de acción del Consejo, pero no libera a los estados de su responsabilidad en la resolución de las crisis. El unilateralismo, como consecuencia del fracaso del multilateralismo, es una realidad y una necesidad, como pudimos ver en el caso de la crisis de Kosovo.
  3. La política de sumisión al Eje París-Berlín tenía utilidad para España cuando los gobiernos de Madrid necesitaban ser aceptados en la sociedad europea y la concesión de fondos financieros para reconstruir la economía española y ponernos a la altura de nuestros vecinos. Ambos retos se han colmado. España, como ha demostrado Aznar reiteradamente, tiene ya voz y autoridad en el concierto de las naciones y la ayuda económica tiene fecha de caducidad. Francia y Alemania tratarán, como han venido haciendo estos últimos años, de limitar el perfil de España en la Unión Europea.
  4. La política seguida por la Unión Europea en el Magreb y en Oriente Medio ha fracasado en el intento de potenciar la modernización de la región. Conciente y/o inconscientemente, ha potenciado la corrupción y la falta de democracia. Estos estados son incapaces de revitalizar sus economías y de absorber la llegada de jóvenes al mercado de trabajo. La pobreza y la crisis de identidad facilita la expansión del islamismo y empuja hacia  la emigración a su juventud. Un escenario que afecta directamente a España, como país limítrofe.
  5. Las grandes amenazas de nuestro tiempo –terrorismo, proliferación de armas de destrucción masiva y de misiles, nacionalismo excluyente, delincuencia organizada, ciberterrorismo- exceden las capacidades de acción de la Unión Europea. Sólo una estrecha colaboración entre Estados Unidos, la Unión Europea y los estados afectados en cada caso concreto pueden lograr la eficacia requerida para combatir dichas amenazas.
  6. La Unión Europea carece hoy de una política de defensa común que pueda proporcionar a España garantías de apoyo para hacer frente a los problemas propios de nuestra frontera sur. Tanto a aquellos que giran en torno a nuestros territorios de soberanía como a los derivados de la creciente inestabilidad política. Pero no es sólo un problema institucional y de capacidades. Es, sobre todo, un problema político. Como hemos podido comprobar durante la crisis de Perejil, algún destacado estado europeo antepone su relación con Marruecos a la defensa de la soberanía española. Este hecho puntual puede volver a repetirse, bloqueando una hipotética colaboración de la Unión Europea con España.
  7. En estos últimos años las inversiones españolas en América Latina han crecido enormemente. La difícil situación política y económica de la región y la corriente populista en alza ponen en peligro esas inversiones, con repercusión inmediata en la Bolsa de Madrid y en la riqueza de nuestras empresas y ahorradores. La Unión Europea carece de presencia e interés en la zona como para poder colaborar en la defensa de los intereses españoles. Cuestiones como el futuro de Cuba sin Castro no pueden abordarse sin contar con Washington y Miami.
Para cualquiera que haya seguido la política exterior española durante los años del gobierno Aznar resulta evidente que no se produjo durante la crisis de Iraq un cambio brusco en la posición española. El cambio comenzó mucho antes y fue gradual, consecuencia de los límites objetivos de la política heredada. La sumisión al Eje París-Berlín comenzó a resultar asfixiante, para un estado que quería desarrollar un papel más creativo en la política europea, e insuficiente para dar respuesta al conjunto de retos a los que se enfrentaba la sociedad española.
 
Como en tantos otros momentos de la historia la vuelta atrás es imposible, sea cual sea el próximo gobierno español. Cuando Felipe González estableció la nueva política exterior lo hizo en un momento –Mitterrand en Francia, Köhl en Alemania- en que el Eje entendía que la construcción europea era compatible y complementaria con el vínculo transatlántico. Esa no es la posición de Chirac ni de Schroeder. Optar por una hipotética “vuelta a la normalidad” supondría cambiar radicalmente nuestra política exterior y entrar en el juego de contrapoder con Estados Unidos, a la manera de Chirac, o en el antihegemonismo alemán. En ambos casos políticas que atentan contra nuestros intereses nacionales. España necesita una Unión más fuerte, pero no una Europa antinorteamericana.
España es parte sustancial de Europa y se ha beneficiado –política, económica y socialmente- de su ingreso en la actual Unión Europea. La democracia española se ha hecho fuerte gracias a la expectativa de ingresar en la Europa unida y en su efectiva participación. La sociedad española se siente parte de una entidad política superior llamada Europa. Nuestro futuro está indisolublemente unido a la Unión Europea y de ello es consciente tanto nuestra clase política como la ciudadanía.
 
Nuestra economía ha podido reconvertirse en profundidad gracias a la confianza de participar en un supuesto mercado único, a los importantísimos flujos financieros que hemos recibido y, sobre todo, a la voluntad política de dotarnos de una economía saneada y competitiva. En la actualidad el 70% de nuestras exportaciones van hacia la Unión Europea, mientras que las dirigidas hacia América Latina han caído desde el 10.4%, en 1981, hasta el 5% en la actualidad. En el caso concreto de Estados Unidos, contemplamos un proceso similar, si en 1981 representaban el 7% en la actualidad se limitan al 5%[iv]. La economía española está profundamente arraigada en el escenario europeo, pero el futuro puede deparar situaciones diferentes.
 
En el terreno de la inversión encontramos un escenario distinto. España invierte en términos semejantes en Europa y en América Latina. Nuestro futuro depende por lo tanto de continuar avanzando en la modernización de nuestra economía, en la asignatura pendiente de la productividad, y de lograr cuotas de mercado en áreas emergentes, como América Latina y el Pacífico. Tanto el acceso a nuevas tecnologías como la penetración y el futuro comportamiento de estos mercados ultramarinos pasan por Washington. Una mejor relación con Estados Unidos facilitará la formación de empresas conjuntas o la presencia de empresas norteamericanas en España, que posibiliten la transferencia de patentes. Una mayor presencia en Estados Unidos facilitará la inversión en el área del Pacífico y la defensa de políticas acordes con nuestros intereses.
 
A menudo nos encontramos con la percepción de que las relaciones de España con áreas extraeuropeas suponen una minusvalorización de la política europea o, peor aun, de que se está practicando un juego suma cero. A más presencia en América Latina o en Estados Unidos menor peso en Europa. La realidad es exactamente la contraria. A mayor influencia en dichas regiones mayor será el papel que nuestra diplomacia pueda jugar en la Unión. Europa es y será nuestro principal foco de atención, pero España es uno de los estados europeos que tiene además otras dimensiones. Nuestra historia y nuestra voluntad hacen de nosotros una potencia atlántica con vocación de presencia global.
 
Las áreas de interés común hispano-norteamericano son varias y admiten una mejora importante de la relación. No es posible tratarlas todas en estas páginas, me concentraré por ello en algunas de las más significativas.
 
La diplomacia
 
Tras los momentos de tensión vividos durante el debate nacional sobre el ingreso de España en la OTAN y la posterior negociación de la renovación del Convenio bilateral, las relaciones entre ambos países mejoraron considerablemente. Este proceso se aceleró con la formación del primer gobierno popular. Tanto el Partido como, muy significativamente, el Presidente del Gobierno tenían una marcada vocación atlantista que se fue manifestando poco a poco. El papel jugado por España en las negociaciones del Concepto Estratégico de la OTAN, el pleno ingreso en su estructura militar, la actuación durante la Guerra de Kosovo y en la posterior operación de paz para controlar el territorio, la solidaridad manifestada tras los sucesos del 11-S y la Guerra de Afganistán, la sintonía en la definición y defensa de la Guerra Antiterrorista y de los conceptos de la nueva estrategia de seguridad nacional norteamericana, empezando por la célebre preemptive action,  y, sobre todo, la batalla diplomática previa a la Guerra de Iraq han creado unas condiciones únicas para el desarrollo de la relación bilateral.
 
Nunca hasta ahora una ministra española de Asuntos Exteriores se había convertido en un personaje popular en Estados Unidos, presente en los medios de comunicación. Nunca antes la opinión de España había merecido en aquellas tierras tanta atención ni gozado de tanta autoridad. Nunca antes un embajador de España había accedido con tanta facilidad a los niveles más altos de la Administración norteamericana, si bien es verdad que en este caso también cuenta la capacidad política del propio Javier Rupérez.
 
En Washington se ha valorado, en primer lugar, la firmeza y consistencia de la posición española. Aznar no modificó su postura a pesar de los muchos contratiempos que fueron surgiendo, debidos tanto a serios errores de cálculo de la diplomacia norteamericana como a exigencias políticas del laborismo británico. Esta firmeza tenía más mérito al encontrarse el gobierno español frente a un delicado proceso electoral y en la antesala de un cambio en la jefatura del Partido y de unas elecciones generales. En segundo lugar, la clase política norteamericana quedó impresionada ante el liderazgo europeo ejercido por España. De socio sumiso del Eje París-Berlín se pasaba a capitanear una revuelta que ponía en evidencia la soledad de las dos grandes potencias continentales y el malestar que su política despertaba entre las restantes naciones europeas. Como ha señalado recientemente Diego Ruiz-Palmer, España ahora piensa en términos estratégicos. Cuando Aznar habla con Bush no se refiere sólo a la agenda española, sino, sobre todo, a la situación internacional.[v]
 
Estos dos elementos deben seguir caracterizando nuestra política, por interés nacional y como medio de reforzar nuestro papel internacional y ante Estados Unidos. En primer lugar debemos ser capaces de establecer una política coherente, que esté por encima de cambios de liderazgo e incluso de partido. El abismo que se ha abierto entre el PP y el PSOE puede paulatinamente cerrarse según evolucione tanto la situación internacional como la interna del socialismo español. En segundo lugar, deberíamos ser capaces de retener el papel protagonista alcanzado durante estos últimos meses como cabeza del grupo fiel a la posición tradicional europea –el proceso de integración es compatible y complementario con el vínculo atlántico-. En el corto y medio plazo se van a producir cambios importantes en el marco de la Unión para los que debemos prepararnos y que pueden proporcionarnos tanto oportunidades como riesgos.
  • En el Reino Unido Tony Blair puede que trate de acercarse apresuradamente a Francia y Alemania en su deseo de no quedar fuera del núcleo rector de la Unión. Intentará hacerlo compatible con el liderazgo de la opción proatlántica, pero no es seguro que lo consiga. Por otra parte, el Partido Conservador, más tarde o más temprano, relevará al Laborista en Downing Street. El interés por los asuntos europeos se reducirá con lo que España ganará espacio político, pero perderá apoyo en el seno del Consejo Europeo. Es importante trabajar con la oposición británica para convencerles de la necesidad de un mayor compromiso en la construcción europea, de que un no hacer supone ceder terreno a la diplomacia francesa y de que se dan condiciones objetivas, con el ingreso de nuevos miembros, para establecer un frente atlantista dentro de la Unión.
  • En Alemania los demócrata-cristianos sucederán a los socialdemócratas, privando a la diplomacia francesa de un aliado débil, necesitado de cobertura diplomática y dispuesto a jugar al contrapoder con Estados Unidos. Es posible que España pueda restablecer las importantes relaciones bilaterales que mantuvo durante mucho tiempo con Alemania, pero desde una posición más relevante que la propia de un país atrasado y aislado diplomáticamente, como era el caso entonces.
Tanto la evolución política británica como la alemana proporcionarán a España oportunidades de aumentar su influencia en la política europea y ganar peso específico en su relación con Estados Unidos. Pero eso requerirá del establecimiento de una política coherente y decidida.
 
España es un país tradicionalmente comprometido con el multilateralismo. Como estado de tamaño medio, sin unos recursos extraordinarios ni pertrechado de unas Fuerzas Armadas claramente disuasorias, trata de reconducir los conflictos que puedan surgir en la sociedad internacional a través de organismos multinacionales. Los españoles creemos en el derecho y asociamos paz y seguridad internacional con el desarrollo del derecho internacional y de organismos capaces de aplicarlo. Uno de los ejes del debate dentro de Europa sobre las relaciones con Estados Unidos es aquel que hace referencia al hegemonismo y al unilateralismo. Que Estados Unidos es un Hegemon es una obviedad, es un hecho que carece de contenido moral. Antes lo fueron España o el Reino Unido. Es el resultado del éxito de una organización social y de la propia historia. Estados Unidos es acusada de unilateral en su comportamiento. Durante las últimas crisis la diplomacia americana ha ido al Consejo de Seguridad a pedir una acción conjunta, unas veces lo ha conseguido y otras no. El unilateralismo gana adeptos en Estados Unidos como consecuencia del comportamiento de algunas potencias en el propio Consejo de Seguridad y fuera de él. Para algunos el Consejo es el medio donde empantanar las iniciativas norteamericanas contrarias a sus intereses, un instrumento de intervención sobre la política exterior de la potencia hegemónica. En Estados Unidos no están dispuestos a aceptar esta situación y dejan claro que una vez bloqueado el Consejo por el mecanismo del derecho de veto actuarán fuera de la cobertura del Naciones Unidas[vi]. Es interés de España revitalizar el multilateralismo y el papel del Consejo de Seguridad en la línea marcada por Javier Solana en el documento presentado en la Cumbre de Salónica. Allí Mr. Pesc utilizó el eufemismo “multilateralismo activo” para hacer referencia a que los organismos internacionales fueron creados para solucionar problemas, no para bloquear su solución. Si el Consejo de Seguridad aprueba una política debe ser aplicada hasta sus últimas consecuencias, haciendo uso de la fuerza si fuera necesario[vii].
 
Recuperando el sentido original del multilateralismo no sólo defenderemos nuestros intereses sino que haremos un gran servicio a la causa europeísta y al vínculo atlántico. El unilateralismo norteamericano es una realidad que se nutre del antihegemonismo y del uso de los organismos internacionales para tratar de limitar la influencia de Estados Unidos en el mundo. Europa tiene que evitar caer en ese juego y actuar como un socio responsable de Estados Unidos. En esta política España puede jugar un papel relevante.
 
Unas relaciones fluidas con Estados Unidos facilitan la influencia de España en el proceso de toma de decisiones de la potencia hegemónica. Para cualquier observador desapasionado ha sido evidente la presencia de la diplomacia española en algunos episodios recientes. En Crawford, Texas, Aznar convenció a Bush de la necesidad de vincular la intervención en Iraq con un claro compromiso en favor de la solución de la crisis israelo-palestina y de la ejecución del Road Map. La proverbial incapacidad de este Gobierno y del Partido Popular para comunicar permitió a Tony Blair apuntarse un tanto que no era suyo, y reforzó la idea de que él era el interlocutor por excelencia con la Administración Bush. En otro ámbito, España ha jugado un papel muy importante en la paulatina normalización de relaciones entre algunas repúblicas latinoamericanas y Estados Unidos, tras las tensiones habidas durante la crisis de Iraq. La firma del Tratado de Libre Comercio con Chile es un buen ejemplo. En el mundo musulmán y en el delicado terreno de la contraproliferación la diplomacia española ha asumido un protagonismo importante en la gestión de las crisis líbia e iraní. Aunque por causas desconocidas no se ha considerado oportuno dar publicidad a estos hechos.
 
Estas relaciones fluidas tienen efectos sobre terceros, con indudable beneficio para nuestra diplomacia. Nunca hasta ahora un ministro o un presidente de Gobierno español han viajado por el Magreb o por Oriente Medio con la autoridad de Ana Palacio o José María Aznar. Viajes tan complejos como los de Ana Palacio a Siria o de José María Aznar a Líbia no tienen precedente en la historia de nuestra política exterior. En ambos casos el interlocutor era perfectamente consciente de la capacidad española para influir sobre Estados Unidos, de la labor de mediación que se estaba realizando.
 
Entre los efectos a considerar está el ejercido sobre Marruecos. La política desarrollada durante la crisis de Iraq fue valorada muy positivamente, aunque no sin cierto pesar, por nuestros vecinos del otro lado del Estrecho. La decisión mantenida durante la crisis de Perejil, el penoso papel jugado por Europa, la intervención diplomática norteamericana y el refuerzo de eje Madrid-Washington limitan el margen de maniobra de Marruecos.
En el futuro inmediato la diplomacia española debería considerar una iniciativa conjunta Unión Europea – Estados Unidos para la reconstrucción política y económica del mundo árabe. El fracaso de sus estados está promoviendo la emigración masiva y la expansión de las corrientes islamistas. Esta tendencia debe revertirse con un programa que facilite la apertura de mercados occidentales y la inversión de capitales a cambio de pasos reales en favor de la modernización económica, el combate contra la corrupción y la constitución de estados de derecho. La estabilidad de la región es esencial para nuestra seguridad.
 
Iberoamérica
 
Dentro del ámbito diplomático tiene especial importancia todo lo concerniente a Iberoamérica. Durante décadas la política exterior española ha tratado de mantener en aquella región un perfil no sólo propio, sino también claramente diferenciado del norteamericano. Nuestro vínculo era histórico y cultural y parecía que haríamos valer más fácilmente nuestro papel situándonos a favor de las posiciones sostenidas por los distintos nacionalismos locales, que percibían a la potencia del Norte como el Imperio que deseaba imponer sus posiciones e intereses por encima de las voluntades nacionales. Esa política nos permitió introducirnos en la región, pero llevó a nuestros dirigentes a confraternizar con dictadores de todo tipo, especialmente populistas de izquierda y marxistas, y a reforzar, si bien involuntariamente, políticas irresponsables.
 
Mientras tanto, las empresas norteamericanas fueron limitando su presencia en la región, tras sufrir el efecto de sucesivas crisis resultado de gobiernos empeñados en ignorar las leyes básicas de la economía. La clase dirigente norteamericana ha ido desinteresándose por su evolución política y económica, desesperanzada ante el comportamiento de las elites gobernantes y urgida a resolver crisis más apremiantes en otras partes del planeta.
 
Este retraimiento económico permitió al empresariado español, más profesionalizado después de los difíciles años de reconversiones nacionales y adaptación al mercado europeo, ocupar espacios de importancia estratégica en las economías de Latinoamérica. Los sectores abandonados por las empresas norteamericanas o en manos nacionales pero necesitados de fuerte inversión. Suponían una excelente oportunidad de inversión. El factor cultural y lingüístico representó para muchos empresarios un elemento de gran importancia a la hora de decidir la entrada en aquellos mercados, pues facilitaba las negociaciones de todo tipo así como el envío de empleados a otros países sin necesidad de conocer otras lenguas. Sectores de alto rendimiento potencial, pero de muy difícil salida -bancos, seguros, telefonía, energía, infraestructuras- fueron el destino de parte de la riqueza acumulada por los españoles. Nuestros empresarios comenzaron entonces a sufrir la situación que antes vivieron sus colegas norteamericanos: los efectos de políticas no ortodoxas, del ejercicio del populismo o de experimentos revolucionarios o terroristas. La experiencia de estos últimos años, las importantes pérdidas que han tenido que afrontar nuestras principales empresas en sus cuentas de resultados, el efecto que estos vaivenes han tenido sobre el ahorrador y que se han reflejado en el valor de las acciones han llevado, paulatinamente a una revisión de nuestra política en la región.
 
La política española en América Latina hace tiempo que está anclada en una firme defensa de los valores democráticos como fundamento para reconstruir política y económicamente la región. Ahora ya no es sólo una convicción, es también una necesidad. Es resultado de un compromiso en el largo plazo con aquellas sociedades que nos convierte en copartícipes de sus éxitos y de sus fracasos.
 
Los estados al sur del Río Grande han hecho un esfuerzo importante durante estos últimos años para consolidar regímenes democráticos y economías de libre mercado. Los sacrificios han sido importantes y los resultados tardan en hacerse evidentes para el ciudadano medio. Es el caldo de cultivo para el renacimiento del populismo nacionalista, que tanto daño ha producido en aquellas sociedades. Necesitamos reforzar el proceso en marcha y contener el efecto de sus enemigos. Los medios de que disponemos son limitados por lo que tenemos que coordinar nuestra acción con la de Estados Unidos, una coordinación que no tiene por qué significar pérdida de identidad pero sí mayor eficacia. Los intereses de los gobiernos de Washington y Madrid coinciden, como coinciden los de las empresas norteamericanas y españolas: necesitamos incorporar los estados de América Latina al proceso de modernización, no podemos permitir que esta región vuelva a desestabilizarse y a perder el tren de la historia.
 
El proceso de democratización de América Latina se hará más firme y nuestros intereses estarán mejor defendidos si sus mercados se hacen más eficaces y se amplían. El primer reto es profundizar en los procesos en marcha para constituir entidades regionales. El segundo, como el presidente Aznar ha recordado en su reciente viaje a Estados Unidos, es establecer un mercado trasatlántico. Una vez más nuestros intereses chocan con los franceses, con la Política Agraria Común. Mientras nuestra agricultura es competitiva y puede hacer frente a una bajada de aranceles, la francesa prefiere llegar a acuerdos con Alemania para posponer la necesaria reforma de la PAC.
 
Una acción conjunta de administraciones y entidades privadas de uno y otro lado del Atlántico tendrá que enfrentarse a obstáculos importantes:
 
  • Tenemos que ser capaces de definir una estrategia correcta para cada caso y de coordinar adecuadamente a los distintos actores.
  • Aunque el Departamento de Estado ha mostrado reiteradamente                                                                                                                             interés en mejorar la coordinación con la diplomacia española, el reto al que nos enfrentamos va más allá del ámbito de los respectivos ministerios. Necesitamos formar opinión en Estados Unidos, estar presentes en sus medios de comunicación y llegar hasta sus representantes y senadores para transmitir la gravedad de la situación, la necesidad de actuar y las medidas que convendría adoptar.
  • El principal instrumento político de los enemigos del proceso democratizador es el nacionalismo. Una intervención conjunta puede provocar una reacción popular que refuerce las políticas que se trata de combatir. Cualquier acción deberá realizarse con extremo cuidado y evitando los terrenos que puedan ser utilizados por los dirigentes populistas o revolucionarios.
 
Este requerimiento de mayor actuación por parte de nuestra embajada en Washington incide sobre un problema que se viene haciendo evidente desde tiempo atrás: por muy distintas razones, algunas de las cuales se citan en esta conferencia, tenemos que dotar a nuestra embajada de más medios humanos y materiales. El reto inmediato es estar más presente, poder ejercer auténtico lobby sobre los medios de comunicación y la clase política y para eso necesitamos potenciar mucho las estructuras existentes.
 
Pero hace ya tiempo que la acción exterior dejó de ser sólo cuestión de diplomáticos y no sería justo descargar sobre ellos toda la responsabilidad. Fundaciones e institutos de investigación deberían tener una mayor presencia en aquel país, bien mediante la apertura de sedes, bien mediante la organización conjunta de actividades. España poco puede hacer para rivalizar en presencia con el Reino Unido, cuyos centros tienen vínculos establecidos hace muchos años, pero llama la atención el desnivel con estados como Países Bajos o Italia. Poco a poco hay que ir salvando esta distancia. La responsabilidad que asuman las grandes empresas españolas será determinante para que la presencia sea o no decisiva.
 
Hispanos pero menos
 
España no sólo necesita esta mayor presencia para los fines ya citados. Hay un tema pendiente de ser abordado de enorme importancia. Uno de los objetivos de nuestra política exterior ha sido, durante años, la formación de una Comunidad Iberoamericana de Naciones. Era una necesidad sentida en ambas orillas del Atlántico con el que dotarnos de un instrumento básico para estar presentes en la sociedad internacional. Sin embargo, más de cuarenta millones de hispanos han quedado fuera de ella, aquellos que proceden del tronco español que quedó dentro de Estados Unidos o los que voluntariamente se han instalado en aquel país. Unos y otros forman la primera minoría y son un elemento fundamental en su desarrollo nacional.
 
España tiene que ir salvando las resistencias para que Estados Unidos, la segunda potencia hispano-americana (junto con España, Colombia y Argentina) y la tercera iberoamericana en población, ocupe la posición que le corresponde dentro de la Comunidad Iberoamericana. Pero, más importante aún, tiene que dirigirse a estos ciudadanos estadounidenses de la misma forma que lo viene haciendo a ecuatorianos o argentinos. Si nuestro objetivo es cohesionar comunidades que tienen en común una lengua, una cultura y una historia, tendremos que estar allí, con ellos, colaborando en la construcción de una identidad hispana dentro del melting pot norteamericano. No se trata de resistir a su transformación en angloparlantes, todo lo contrario. Su integración y el futuro de sus familias pasa porque se sumerjan plenamente en la sociedad y los valores de Estados Unidos. El reto es que, como otras muchas comunidades de aquella gran república, mantengan una doble y no problemática identidad.
 
Entre las necesidades más evidentes de los hispanos en Estados Unidos está, en primer lugar, la formación de una sola comunidad, por encima de las que hacen referencia a su origen concreto. Los hispanos no actúan como tales, sino como mexicanos, puertorriqueños... lo que les resta capacidad de influencia. Es necesario establecer vínculos entre las asociaciones existentes para, a partir de ahí, constituir el lobby hispano. En segundo lugar, es urgente vertebrar estos grupos a través de instituciones culturales, que les aporten la formación e identidad común. Por último, hay que establecer un servicio de ayuda al hispano recién llegado, proporcionándole dinero para que pueda adquirir los medios imprescindibles para vivir.
 
Para conseguir estos objetivos hace falta claridad de ideas y medios de muy distinto tipo. Entre otras posibles medidas podemos considerar:
 
  • Nuestros Institutos Cervantes tienen que estar mucho más presentes. En la actualidad hay sólo tres -Alburquerque, Chicago y Nueva York- una cantidad insuficiente. No podemos considerar que la red Cervantes se convierta en esa estructura cultural a la que antes hacíamos referencia, pues el coste está fuera de toda consideración, pero sí una parte troncal. Las distintas comunidades pueden desarrollar sus propios centros, actuando el Cervantes como eje vertebrador y referente de calidad.
  • El desarrollo de las nuevas tecnologías permite estar presente en cualquier punto de Estados Unidos a muy bajo coste. Una universidad on line en español es hoy una empresa perfectamente asequible para la Administración española, que le permitiría gozar de una gran presencia entre la comunidad hispana además de cumplir una importantísima función social.
  • Es necesario definir el instrumento idóneo para entrar en contacto con las distintas comunidades hispanas, con el objetivo de lograr una mayor unión. La embajada no parece ser el medio más apropiado. Quizás una fundación creada con este fin podría actuar con la discreción y eficacia que las circunstancias exigen.
  • Vinculada o no a la hipotética fundación, se debería establecer una agencia financiera que prestara dinero, directamente o a través de una entidad bancaria, a aquellos emigrantes en proceso de integración.
 
La formación de una auténtica comunidad hispana dentro de Estados Unidos, con su correspondiente lobby, tendría consecuencias muy positivas para España. Los problemas de Iberoamérica estarían mucho más presentes en la agenda política de los dos grandes partidos, por lo que una acción conjunta en favor del desarrollo de la democracia liberal y de la economía de mercado sería más fácil. Por la misma razón España estaría también más presente dentro del núcleo de poder y de la sociedad norteamericana.
 
La seguridad
 
España sufre desde hace más de treinta años un problema de terrorismo, que ha combatido con unos medios muy limitados. Nuestros servicios de inteligencia e información han dispuesto de tecnologías no muy avanzadas, aunque con el paso del tiempo éstas han mejorado considerablemente. El terrorismo de ETA ha sido considerado, hasta hace muy poco tiempo, un problema exclusivamente español. Sólo gracias a la perseverancia de nuestra diplomacia, a los efectos del 11-S sobre la comunidad internacional y a que Francia ha empezado a considerar que esta formación es también un problema para su seguridad, España ha comenzado a encontrar apoyos internacionales en su lucha contra el terrorismo.
 
En el terreno operativo España ha contado en ocasiones con la colaboración de los servicios de inteligencia norteamericanos. Es sabido que, salvo en momentos puntuales, la relación de los servicios españoles con la C.I.A. ha sido muy buena. Sin embargo, no parece que hayan sido muchas las operaciones conjuntas en acciones contra E.T.A. Quizás la más famosa, tanto por su sofisticación como por sus resultados, fue la que concluyó con la localización de Sokoa[viii].
 
En la actualidad nuestros servicios de información e inteligencia no parecen muy interesados en una mayor colaboración operativa en territorio nacional contra E.T.A., pero es importante la ayuda que Estados Unidos pueda prestarnos en el terreno internacional, sobre financiación, contactos con otras organizaciones terroristas y estados, aprovisionamientos de armas o entrenamiento y formación de futuros terroristas.
 
La amenaza del islamismo y del crimen organizado es, por definición, multinacional. Son organizaciones que actúan en varios países y que sólo pueden ser combatidas eficazmente con una buena coordinación entre distintos servicios de diferentes nacionalidades. Aquí la colaboración con Estados Unidos, siendo aparentemente buena, puede mejorar.
 
El Centro Nacional de Inteligencia viene desarrollando un trabajo importante desde hace años en América Latina y el Magreb, áreas de gran y creciente importancia para España. También aquí nos encontramos con oportunidades para un incremento de la colaboración tanto en la definición de objetivos como en el tratamiento de la información. En el caso concreto de América Latina, España y Estados Unidos son las dos únicas potencias externas con grandes intereses en la región, lo que hace más necesaria y urgente una estrecha colaboración.
 
A parte de las grandes áreas y de los temas más acuciantes nos encontramos con problemas puntuales donde una respuesta rápida y eficaz puede favorecer el clima de confianza necesario para mejorar la actual relación. Un ejemplo reciente es el acuerdo logrado sobre la presencia de agentes de aduanas norteamericanos en el control del tráfico de contenedores.
 
Donde es más evidente la posibilidad de un incremento de la colaboración es en el terreno de la tecnología aplicada a la captura de información. Una mayor y mejor relación con Estados Unidos puede facilitar un sensible aumento de la eficacia de nuestros servicios. En estos últimos años la comunidad de inteligencia norteamericana ha hecho un gran esfuerzo por mejorar sus recursos tecnológicos, en la confianza de poder suplantar el difícil ejercicio de la inteligencia humana, costoso y siempre en el largo plazo. Hoy día Estados Unidos está en condiciones de poder ayudarnos poniendo a nuestra disposición parte de estos sistemas y formando a nuestros técnicos en su correcto uso. Está  transferencia de medios ya está en marcha, prueba del excelente nivel de confianza y colaboración que existe entre ambas administraciones, pero en este terreno se puede avanzar mucho más y debe ser uno de nuestros objetivos.
 
Para lograr más de Estados Unidos debemos estar en las mejores condiciones para mantener una buena colaboración. De todos es conocido que el desarrollo de la comunidad de inteligencia no ha sido uno de los capítulos más brillantes de la reciente historia de la democracia española. Los viejos problemas todavía colean. Estamos a la espera de que se constituya un servicio de inteligencia militar, pilar fundamental de la citada comunidad. Falta por desarrollar la estructura de coordinación del conjunto de los servicios.  Ésta es una asignatura pendiente que tenemos que aprobar, si es posible con buena nota, y que redundará  en la eficacia de nuestra relación con Estados Unidos.
En el medio plazo el gran objetivo que podemos plantearnos en nuestra relación bilateral es el establecimiento de un acuerdo de colaboración en el área del control del tráfico de información, sobre un soporte de alta tecnología. En este sentido la situación geográfica de España  aporta significativas ventajas que conviene rentabilizar en beneficio mutuo. Un acuerdo de esta naturaleza confirmaría la cohesión de la relación bilateral en materia de información e inteligencia y se convertiría, a su vez, en un factor de dinamización de la propia relación.
 
La Defensa
 
En el marco histórico de la denominada “Guerra Antiterrorista” la colaboración en materia de defensa entre España y Estados Unidos será fundamental para el futuro del vínculo bilateral, un vínculo que tuvo también su origen en el ámbito de la defensa.
 
Si durante la Crisis de Iraq las relaciones entre ambos presidentes y los respectivos ministerios de Asuntos Exteriores mejoraron considerablemente, no puede decirse lo mismo del vínculo entre el Pentágono y el Ministerio de Defensa. De todos es conocido que la percepción que el núcleo político de la Secretaría de Defensa norteamericana tenía y tiene de su equivalente español es muy negativa y, por consiguiente, el trato es frío. También en Washington fueron conscientes de la falta de sintonía con la Presidencia en los momentos más delicados. Si queremos mejorar nuestra relación el paso primero es poner en sintonía las políticas.
 
Pero no es sólo cuestión de voluntad política. Uno de los problemas que ha llevado a la actual crisis transatlántica ha sido el denominado gap  de capacidades, que dificulta seriamente una actuación entre Fuerzas Armadas de distintos países de la Alianza. El gap  es el resultado de la falta de inversión. El reto inmediato de España tiene que ver con la credibilidad de su política de defensa: el aumento del gasto, la mejora de las capacidades y el cumplimiento de los compromisos adquiridos. Sin medios la posibilidad de una mejora en la relación quedaría restringida al ámbito de las concesiones.
 
El reciente discurso de José María Aznar en la Escuela Superior de las Fuerzas Armadas resulta esperanzador, por la profundidad del análisis y por el compromiso en una mejora de las capacidades. Otros notables populares se han pronunciado en semejantes términos. Quizás veamos en los próximos años cambios interesantes. En cuanto al Partido Socialista hemos escuchado discursos contradictorios. Por un lado sus dirigentes parecen haber comprendido bien el debate sobre la transformación y dicen estar dispuestos a avanzar en esa dirección. Sin embargo, los recortes presupuestarios anunciados no parecen ir en la misma línea.
 
La mejora de la relación debe contemplarse tanto en el plano bilateral como en el multilateral. En el primero es importante mantener o intensificar el intercambio de oficiales que asisten a cursos impartidos en las distintas academias y la realización de ejercicios conjuntos. Cuanto mejor conozcamos su cultura y procedimientos, más fácil nos resultará colaborar y más estrecha será la relación. Es posible que en breve plazo un general canadiense asuma el mando de una brigada norteamericana en Iraq. Será el resultado de la estrecha cooperación entre las fuerzas armadas de ambos países desde hace muchos años. Creemos que éste es un modelo que debemos tener presente. El grado de cooperación es ya muy alto en un número importante de campos, lo que no permite pensar que se puede avanzar mucho más. Un caso de buena colaboración es el del control del tráfico marítimo. Donde sí pueden darse avances importantes es en las bases de utilización conjunta y, muy especialmente, en Rota. Podemos seguir considerando la opción de que se incremente la presencia norteamericana hasta convertirse en la principal base de la VI Flota. Una presencia tan destacada de Estados Unidos en el Estrecho, históricamente el espacio de mayor importancia estratégica para España, puede tener consecuencias positivas para la estabilidad de la zona. En el terreno operativo para colaborar con las Fuerzas Armadas norteamericanas tenemos que ir más allá de la mejora de nuestras capacidades, tenemos que transformar nuestros ejércitos, lo que implica nuevas doctrinas con nuevas capacidades. No se trata sólo de gastar más sino de gastar con otros criterios. No debe descartarse la posibilidad de cambios sustanciales en los programas industriales en marcha, siguiendo los criterios establecidos por el Presidente en la citada conferencia en la Escuela Superior de las Fuerzas Armadas.
 
En el plano multilateral el principal reto es, como ya señalamos con anterioridad, cumplir los compromisos contraídos. Por lo demás, la disponibilidad para asumir misiones, en proporción a los medios humanos y técnicos disponibles, será el indicador de la voluntad española por mejorar la relación. Si España no es capaz de cumplir sus obligaciones dañará a la organización en la que ha confiado su defensa, minará la relación bilateral, perderá peso internacional y hará el juego a los intereses de la diplomacia francesa. España, mucho más que Estados Unidos, necesita revitalizar la Alianza Atlántica. No podemos quedar a expensas de las coalitions of the willing, ni de la defensa europea que nos proponen los franceses. Necesitamos una estructura flexible pero permanente. Para adaptarla a la situación presente debemos trabajar en el marco de la agenda establecida por la propia Alianza, en los temas por todos conocidos. Pero, por encima de todo, debemos tener sentido común. Evitemos que el árbol no nos deje ver el bosque. El reto fundamental es adaptar la Alianza a un nuevo entorno estratégico y para ello debe ser útil en el combate contra las nuevas amenazas y debe dar satisfacción a los intereses de seguridad de los estados miembros. Tenemos que animar la discusión interna para refundar el vínculo trasatlántico y dotar a la organización de sentido.
 
Entre los temas a considerar en el futuro inmediato está el propio marco geográfico. La amenaza ya no está en el Este de Europa, es global; el teatro de operaciones ya no es Alemania, es todo el planeta. En estas nuevas circunstancias cabe considerar la extensión del Tratado de Washington a América Latina. La región necesita estabilidad y sentirse más próxima a Europa. Una OTAN que cubriera todo el territorio americano facilitaría el arraigo de la democracia y la extensión de los mercados.
 
Un capítulo de especial importancia es el que se refiere a la industria de defensa. En estos últimos veinte años hemos vivido una fuerte reconversión sectorial, que ha acabado casi totalmente con las industrias exclusivamente militares para dar paso a otras capaces de desarrollar tecnologías de doble uso; hemos visto crecer y estancarse un discurso europeísta que soñaba con levantar una industria exclusivamente europea, para liberarnos de la hegemonía de las grandes compañías norteamericanas; y en la actualidad nos encontramos ante el estancamiento del modelo anterior y la tendencia hacia la colaboración entre industrias, las joint ventures, que facilitan a los europeos el acceso a los grandes contratos y la transferencia de tecnología. De ahí el entusiasmo de la industria francesa, en contra de su gobierno, por el posible establecimiento de un acuerdo diplomático e industrial entre Estados Unidos y Europa para desarrollar en el Viejo Continente un sistema de defensa antimisiles.
 
Nuestra experiencia nacional nos lleva a considerar que la forma más apropiada de defender nuestros intereses y de mejorar nuestra relación con Estados Unidos es la constitución de una base industrial común. Los acuerdos con General Dynamic o Lockeed Martin parecen aportar a nuestro tejido industrial las tecnologías y la visión de futuro necesarias para garantizar su desarrollo.
 
Conclusiones
 
La relación bilateral suele pensarse en términos de intereses y favores mutuos, atenciones y concesiones realizadas en aras a la amistad compartida. Desde esta perspectiva Estados Unidos se limita a ser el receptor de nuestra “lista de la compra” y viceversa, en un ejercicio de mutua satisfacción de peticiones. Como explicamos en páginas anteriores, España, o al menos su Presidente, ha aprendido apresuradamente, a lo largo de la crisis de Iraq, a pensar en términos estratégicos. Por lo tanto, deberíamos aspirar a trascender el nivel tradicional de la relación bilateral, centrado en nuestras propias cosas y asuntos, y buscar campos de actuación regionales o globales con los norteamericanos. Estados Unidos, bajo la presidencia de Bush, se ha convertido en una potencia comprometida con la expansión de la democracia liberal, las economías abiertas y el combate contra el terrorismo, la proliferación y los “estados canalla” y España no sólo está interesada en que esta política triunfe, también puede contribuir a su éxito.
 
El problema fundamental es que no sólo se debe traspasar la concepción limitada de nuestra relación bilateral. Nuestro país tiene muchas tareas por delante para estar a la altura de las circunstancias. En los últimos dos años, el Presidente Aznar ha sido el motor de una profunda transformación en la concepción del papel de España en el mundo y, muy especialmente, en el sentido que deben tener nuestras relaciones con Estados Unidos. Con su ayuda, ahora debemos desarrollar más mecanismos y explotar las oportunidades que se han abierto ante nosotros.
 
La tesis básica que se esconde en estas páginas es que no sólo tenemos que encontrar los temas de la nueva agenda bilateral, que no deben limitarse a lo bilateral, sino que también tenemos que dotarnos de los instrumentos apropiados para seguir aumentando el alcance y la profundidad de la relación.
 
La institucionalización de foros que reúnan a las Américas y a Europa pivotando sobre España nos parecen imprescindibles, son oportunidades ideales para aprovechar el capital acumulado por José María Aznar y dar cauce y expresión a la nueva agenda de nuestras relaciones transatlánticas. En este sentido, el Grupo de Estudios Estratégicos ha establecido con el Project for the New American Century, la sede central de los neoconservadores norteamericanos, un nuevo foro que verá la luz en los próximos meses y en que se reunirán norteamericanos, latinoamericanos y europeos. Es sólo un ejemplo del tipo de actividad que creemos hay que desarrollar para dar respuesta al reto que tenemos frente a nosotros.

 
Notas


[i]  Declaración Conjunta entre España y los Estados Unidos de América, de 11 de enero de 2001.
[ii]  “España-Estados Unidos: una relación normal” Apunte, nº 11 (20 de mayo de 2001) www.gees.org.
[iii]  Protocolo de Enmienda de 10 de Abril de 2002, publicado en el B.O.E. de 21 de febrero de 2003.
[iv]  Datos tomadas de ISBELL, Paul “The Economic Foundations for Spain´s Foreign Policy Options” Ponencia presentada en FAES el 14 de enero de 2004.
[v]  Comentarios Durante el Seminario “El futuro de las relaciones hispano-norteamericanas” organizado por el Grupo de Estudios Estratégicos. Madrid, 27 de noviembre de 2003.
[vi]  KRAUTHAMMER, Charles “The Unipolar Moment Revisited” en The National Interest No. 70 (Winter 2002/03)  5-17 págs.
[vii]  Tristemente, la versión final del Documento, aprobada en la Cumbre de Bruselas de Diciembre 2003, supuso un paso atrás sobre el borrador presentado por Solana. A Secure Europe in a Better World. European Security Strategy. 12 December 2003.
[viii]  BARDAVÍO, Joaquín & CERNUDA, Pilar & JÁUREGUI, Fernando Servicios secretos Barcelona. Plaza & Janés, 2000. Págs. 372 a 374.


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