El domingo 4 de Junio, los electores peruanos escogieron el menor de dos males y regresaron a la presidencia a un izquierdista moderado en lugar de a un demagogo en ciernes, deseoso de imponer las políticas autoritarias de la Cuba de Fidel Castro y de la Venezuela de Hugo Chávez. A pesar de los suspiros de alivio en Perú y otras grandes capitales financieras, puede que no haya acabado el roce tan cercano con el desastre político.
El ganador, el ex presidente Alan García, terminó su primer mandato en 1990 con una corrupción galopante, colas para comprar pan, una atroz inflación del 7.000%, insurgencias guerrilleras comunistas que dejó 20.000 ciudadanos muertos y 22 mil millones en daños a la propiedad.
García parece haber tenido una revelación desde entonces y otra desde su carrera poco exitosa contra Alejandro Toledo para las presidenciales de 2001. Este año dijo a sus votantes que había aprendido de sus errores pasados y dijo que sus metas eran promover las pequeñas empresas y expandir la economía exportadora de Perú, apuntando que Estados Unidos se ha convertido en el socio comercial más grande de Perú.
Incluso líderes muy malos han sabido volver con éxito. En Bolivia, Hugo Banzer fue un dictador militar que llegó al poder gracias a un levantamiento en 1971. Cuando lo sacaron del poder 7 años después, fundó su propio partido político y finalmente logró ganar la presidencia en unas elecciones justas. Desde entonces y hasta que renunció por motivos de salud, gobernó como un demócrata. De modo que hay esperanza.
Pero los tiempos han cambiado en América Latina y quizá no de la forma que recompense a los políticos reformistas. Las elecciones y las irregulares reformas económicas de la región no son suficientes para enfrentarse con las presiones de poblaciones en crecimiento o suministrar verdaderos trabajos a los ciudadanos que exigen una mejor calidad de vida de parte de quienes ellos piensan que les pueden cumplir. Sucede que Perú está en medio de la cuna de la pobreza de Sudamérica – un semicírculo que incluye a Venezuela, Colombia, Ecuador y Bolivia – donde la mitad de la gente vive con menos de dos dólares diarios y una proporción similar de alumnos en edad estudiantil nunca pasan de la primaria.
Al norte, los empobrecidos venezolanos eligieron en 1998a un ex oficial del ejército y conspirador golpista con promesas de distribuir mejor las riquezas petroleras del país. Ahora 8 años después, Hugo Chávez ha reescrito la constitución, ha hecho migas con el dictador de Cuba, ha amordazado a los medios y la sociedad civil, ha expropiado propiedades y ha puesto la industria petrolera estatal bajo su control directo. Por todo eso, los venezolanos son un poco más pobres.
El recientemente elegido Evo Morales de Bolivia está siguiendo muy de cerca los pasos de Hugo Chávez. Morales acaba de nacionalizar la industria de hidrocarburos de Bolivia, ha llamado a una asamblea constituyente para reescribir la constitución y ha amenazado con expropiar propiedades de los ciudadanos ricos para dárselas a sus seguidores indígenas.
En Perú, el teniente coronel del ejército (retirado) Ollanta Humala salió de la oscuridad en 2005 para liderar en las encuestas de las presidenciales de 2006. Aclamó al ex dictador peruano, General Juan Velasco Alvarado, como un líder modelo y prometió reescribir la constitución, dejar de comerciar con Estados Unidos y expropiar propiedades como Chávez y Morales. Sus parientes insinuaron que hasta podría nacionalizar los medios de comunicación tambien.
El mensaje revanchista de Humala atraía mayormente a los votantes rurales, indígenas que componen la mitad de la población peruana. Ellos no han experimentado mucho cambio en sus vidas a pesar de que la economía peruana ha crecido un promedio de 5% anual los últimos 5 años y la pobreza se ha reducido de 52% al 46% con el presidente Alejandro Toledo – ironías de la vida, siendo él mismo indígena así como limpiabotas en su niñez.
Sintiendo que era el momento propicio, Humala voló a Venezuela buscando el consejo de Chávez. Pero cuando Chávez respaldó su candidatura públicamente, muchos peruanos lo consideraron una intromisión. El presidente Toledo retiró a su embajador en Caracas y Chávez respondió con una ola de insultos dirigidos a Toledo y García. Cuando sus cifras en las encuestas se vinieron abajo, el avergonzado Humala trató de asegurar a sus votantes que las declaraciones de Chávez eran “irrelevantes”.
A pesar de sus errores de cálculo y su pérdida ante García, el partido de Humala ganó 45 escaños en la legislatura unicameral de 120 miembros, comparado con los 36 del partido aprista de García. Si el presidente electo García no forma una coalición con otros partidos, Humala podría bloquear su agenda legislativa. Además, no es muy probable que Chávez acepte la derrota de su aliado político. Podemos confiar en que los diplomáticos venezolanos y los seguidores de Humala causarán montones de problemas.
La mejor esperanza de García para su supervivencia es robarle los electores a Humala. Podría tomar rápidamente medidas que igualaran el campo comercial tan irregular de Perú para que los trabajadores pobres puedan conseguir con facilidad licencias de negocios, accesos a créditos, registrar propiedad y obtener formación para competir en industrias nuevas y diversas. Al mismo tiempo, García debe ganar la aprobación legislativa del tratado de libre comercio entre Estados Unidos y Perú. Dice que quiere renegociar partes que tienen efectos negativos sobre los agricultores peruanos. Pero no debería esperar hasta que la Ley de Promoción Comercial Andina y Erradicación de Drogas expire en diciembre de 2006.
Finalmente, García debe montar una vigorosa campaña de información pública para mostrar a los pobres cómo se pueden beneficiar del comercio global y la modernización. Afortunadamente, García es un comunicador ágil que puede llenar vacíos retóricos. Pero necesitará todas sus habilidades y el apoyo de ex rivales como el presidente Toledo y la candidata presidencial conservadora Lourdes Flores Nano para dominar el debate nacional.
Como en una ópera, la lucha de Perú con el populismo no terminará hasta que no se entonen las últimas notas. Es difícil predecir si el presidente García o incluso el entrometido Chávez vestido en un tutú rojo sea quien logre cantar el aria final. Pero, esté atento, este show itinerante va camino de México, Ecuador y Nicaragua donde este año habrá elecciones con matices igualmente populistas.
Stephen Johnson es un analista político especialista en América Latina del Instituto Davis para Estudios Internacionales de la Fundación Heritage.