La PESD no puede ser la base de la defensa europea, al menos en su configuración actual y sin un profundo replanteamiento. La primera razón está anclada en sus orígenes y en la caracterización que se hizo de los riesgos y amenazas a los que se enfrentaba Europa. Cuando los miembros de la UE deciden en 1999 poner en marcha una estructura para una posible decisión y actuación autónoma en materia de seguridad y defensa lo hicieron en el contexto de la entonces reciente campaña aérea sobre Kosovo y con el telón de fondo de las guerras balcánicas y las intervenciones aliadas en apoyo a la paz. Esto es, las nuevas misiones de paz desarrolladas en la década de los 90 tras el final de la guerra fría.
Durante décadas, los europeos y aliados de la OTAN se habían preparado mental y materialmente para resistir una posible invasión por parte de las tropas soviéticas en el caso de que la disuasión fallara. Caído el muro, desvanecido el Pacto de Varsovia y desaparecida la URSS, reconvertida en una inestable CEI y una Rusia progresivamente más débil, la OTAN, la única institución de seguridad que funcionaba entonces en el Viejo Continente, declaró que nadie amenazaba militar y directamente el territorio aliado y que la Alianza debía hacer frente a partir de ese momento a retos y riesgos. En noviembre de 1991, en Roma, con la aceptación colectiva del Nuevo Concepto Estratégico se oficializó la ausencia de amenazas colectivas, a pesar de ser la última ratio de la propia OTAN.
De hecho, la primera mitad de los 90 se pasará bajo el influjo de la superioridad occidental –tras la aplastante victoria de las tropas de Saddam Hussein en Kuwait-, el agrado en cobrarse financieramente los llamados “dividendos de la paz” y el debate sobre la relevancia estratégica y las implicaciones de las guerras civiles en la antigua Yugoslavia. Hay que recordar que lo que hoy se ve como algo natural, la intervención aliada en esa zona como fuerza de imposición y mantenimiento de la paz fue algo muy discutido. Frente al horror y el disgusto moral de los ciudadanos que veían con auténtico espanto el resurgir de la barbarie en Europa (azuzado por las imágenes, a veces manipuladas, de los desplazamientos en masas, los campos de concentración y otras actividades de limpieza étnica), chocaba el realismo tradicional y conservador de los responsables políticos europeos y aliados que no veían nada claro involucrarse en guerras de terceros, máxime cuando no cabía esperar repercusión estratégica negativa alguna.
Sin embargo, la presión social y la necesidad de encontrar un nuevo papel tanto para las fuerzas armadas como para las organizaciones de defensa colectiva, principalmente la OTAN, se combinaron poderosamente en una orientación novedosa: las misiones de apoyo a la paz. Estas misiones podían ser conducidas con unos efectivos reducidos, su entrada en fuerza venía garantizada por la supremacía aérea aliada (como se vio en Kosovo) y los riesgos a encarar eran menores comparados con los beneficios políticos y públicos a obtener. Piénsese, por ejemplo, que en España la imagen de las Fuerzas Armadas sólo va a cambiar a mejor con la participación de nuestras tropas en dichas misiones.
El hecho es que en la segunda mitad de los 90 se consolida la imagen de unos ejércitos dedicados principalmente a exportar la estabilidad y a garantizar la paz en los aledaños europeos y que a pesar del esfuerzo relativo que eso supone en términos financieros y de personal, esta es una tarea a realizar colectivamente.
Una segunda proposición de base de la PESD, también fundamentada en la experiencia de los 90, tiene que ver con la inacción de la OTAN y la ausencia de compromiso de los Estados Unidos con una solución impuesta por la fuerza. Los intentos de que la ONU resultara un actor decisivo en los Balcanes acabaron en un estrepitoso fracaso, sólo amortiguado por la impotencia de los propios europeos en resolver lo que evidentemente era un problema en su patio trasero. Entre los autoengaños de la UE, falsamente crecida tras la firma del Tratado de Maastrich de Unión Política, y el desinterés norteamericano, la búsqueda de una solución temprana nunca llegó y sólo se agravaron las crisis.
En 1995 la opinión pública europea se preguntaba para qué servían la UE y la OTAN y sus magníficos ejércitos, listos y preparados para combatir un enemigo que ya no existía pero incapaces de poner fin al genocidio del que se era testigo día tras día, mes tras mes, año tras año. Finalmente, y posiblemente por todo tipo de razones, la OTAN finalmente actuó, recurriendo al empleo mínimo suficiente de la fuerza.
Sin embargo, los europeos ya extrajeron una importante lección estratégica: sin los estados Unidos no hubieran podido forzar una salida a la crisis, pero nada les garantizaba que Norteamérica actuaría siempre allí donde no veía intereses nacionales claros. La campaña aérea de Kosovo añadiría la percepción del diferencias en las capacidades militares de Estados Unidos y el resto de aliados y todo configuraría la idea de una política de seguridad y defensa europea, capaz de actuar autónomamente cuando los Estados Unidos y la OTAN no se sintieran involucrados. Actuar, desde luego, en misiones de paz, las llamadas tareas Petersberg.
Ese es el arranque de la PESD en 1999. La UE quería llegar a ser una fuerza militar para el bien de terceros caídos en horribles conflictos étnicos, tribales, religiosos o civiles.
En los Estados Unidos también se dio un importante debate y giro conceptual hacia lo que allí se llamaban Operaciones Distintas a la Guerra (Operations Other Than War), sin embargo, los atentados del 11-S van dar un vuelco estratégico que colocará de nuevo las misiones bélicas en el corazón de las tareas de los ejércitos. La guerra contra el terrorismo, las campañas asimétricas, las nuevas amenazas de las armas de destrucción masiva, será lo que esté a la orden del día.
En Europa, por el contrario, el impacto psicológico y militar de los ataques de Al Qaeda tendrán un valor mucho menor. De hecho, a pesar de los intentos del Presidente Aznar porque la PESD ampliara sus objetivos, esto no se consiguió nunca. La presidencia española obtuvo como gran concesión una declaración política aneja al texto aprobado en el Consejo de Sevilla a finales del primer semestre de 2002. Sólo ahora, cuando van a cumplirse dos años de los ataques sobre Nueva York y Washington, Solana presenta un texto, “Una Europa más segura en un mundo mejor”, donde se vuelve a hablar de amenazas frente a riesgos y donde el terrorismo y las armas de destrucción masiva se juzgan amenazas que hay que eliminar.
También es verdad que la primera frase de dicho texto pone en entredicho, al afirmar que Europa nunca ha estado más segura, la valoración que posteriormente se hace de las amenazas. O son reales o no lo son. Solana no deja claro cuál es la intensidad de dichas amenazas para Europa y si son una hipótesis potencial o una realidad a la que combatir desde ahora.
Aún peor, del texto, en su versión actual, no se deriva que la UE y la PESD deben hacerse cargo de combatir dichas amenazas. Ni se cuestiona la actual y artificial división de tareas entre la OTAN y la PESD: la OTAN seguiría encargándose de la defensa colectiva mientras que la PESD continuaría con su orientación hacia las misiones de paz. Este arreglo no es sólo artificial, sino que es progresivamente peligroso por ficticio: A pesar de las decisiones de Praga, la Alianza sigue sin tener claro su papel para luchar contra el terrorismo, porque no cuenta ni con las estructuras ni con el conocimiento para hacerlo, y sigue su curso en transformarse en una fuerza expedicionaria donde lo que prima es la proyección, no la defensa del territorio.
En la configuración actual de los sistemas de seguridad en Europa, la lucha contra el terrorismo, con armas de efectos masivos o de destrucción de masas, sigue reposando en las estructuras nacionales. A pesar de que ninguna nación tiene los medios para detener una amenaza terrorista de esa naturaleza y mucho menos los instrumentos para lidiar con un ataque biológico, radiológico o nuclear en su suelo.
El problema es que si hacemos caso y nos creemos la caracterización de la amenaza del documento Solana, así como las continuas declaraciones de los responsables de los diversos servicios de inteligencia europeos, sería bastante lógico pensar que los gobiernos deberían atender y prepararse para un ataque terrorista no convencional. Pero no lo hacen colectivamente. La PESD sigue respondiendo a los mismos criterios que en el 99 y la OTAN no se sabe muy bien qué es lo que es y para qué sirve. Ni siquiera está garantizado su futuro en tanto que entidad eficaz para dar respuesta a los requerimientos de sus miembros.
No es de extrañar, por tanto, que los países que sí se sienten concernidos por las nuevas amenazas, y en la ausencia de un marco colectivo eficaz con el que hacerles frente, se vuelquen en mejorar sus relaciones bilaterales con el país que mejor ejemplo está dando de cómo luchar y defenderse, los Estados Unidos.
Si el Gobierno español quiere seguir ejerciendo su responsabilidad, cuyo principio primero es garantizar la integridad y vida de sus ciudadanos, hará bien en fortalecer la colaboración en materia de seguridad y defensa con Norteamérica. La PESD está para otra cosa y la Alianza aún no se sabe para qué está.