Europa está de enhorabuena, tenemos un nuevo Liliput de 616.000 habitantes, más que Luxenburgo. Y el proceso de descomposición de Yugoslavia, la Slavia del Sur, nacida monárquica tras la Primera Guerra Mudial y renacida comunista tras la Segunda todavía no ha concluido, al menos de derecho. Queda Kosovo, irrecuperable para Serbia pero sin haber conseguido todavía su independencia legal. El paso dado por sus vecinos de Montenegro les facilita políticamente las cosas, aunque juridicamente sea distinto, como siempre sucede con los nacionalismos, que precisamente exaltan lo peculiar y diferente. Montenegro era una de las seis repúblicas federadas que constituían la Yugoslavia de Tito, mientras que Kósovo era una región autónoma dentro de Serbia, la más grande de aquellas repúblicas. La tragedia yugoslava arranca del momento en que Milósevich le arrebata la autonomía.
Los montenegrinos de la Edad Moderna, unas pocas decenas de miles, atrincherados en la montaña que les da nombre, se resistieron con éxito durante siglos a la dominación otomana que los circundaba por todas partes. Organizados políticamente por su obispado ortodoxo, estado eclesiástico secularizado motu propio a mediados del XIX para convertirse en principado independiente, las gentes de la montaña negra, Crna Gora, se reconocen en general como serbios, minorías aparte, pues ostentan las dos características que definen a aquellos: la ortodoxia y el alfabeto cirílico, para los pocos que sabían leer, habría que añadir. Pero a lo largo del XIX, cuando sus vecinos crean nuevas nacionalidades desgajándose del Imperio Otomano, los montenegrinos se dividen entre los que llevan el principio nacional a sus últimas consecuencias y desean unirse a la nueva Serbia en formación y los que, con un pragmatismo herético y traicionero para el fundamentalismo nacionalista, dicen que el pueblo serbio o incluso si se quiere la nación serbia, está dividida en dos estados, y ellos quieren seguir conservando el suyo. Estos son los que han conseguido el 55’6 de los votos, cifra clave que ha evitado que se plantee más de un espinoso problema.
El nexo que ahora se rompe era ya tenue y el corte no muy traumático. Usaban monedas distintas y el puerto de Serbia es Salónica, en Grecia, no el montenegrino Bar. Los negocios continuarán igual y los estudiantes seguirán acudiendo a la universidad de Belgrado. El nuevo estado se asoció federalmente a Serbia en el 2003 bajo presión Europea. A los tres años podía plebiscitar la separación y eso es lo que ha sucedido. La UE puso un listón de 55% para aceptar la independencia. Si no se lograba se podría volver a intentar en otros tres años. Djukánovich, el jefe de gobierno local y padre de la criatura, dijo que dimitirá si no se alcanzaba. Otros estaban dispuestos a seguir adelante con un 50’01%. Por eso el resultado ha resuelto un problema. Pero la minoría de los frustrados no tiene nada de despreciable. Si las pasiones, o conveniencias, nacionalistas no chocasen con la lógica deberían tener derecho a intentar revertir el proceso dentro de tres años más. O incluso a separar porciones del territorio donde sean mayoritarios.
Los vecinos exyugoslavos, pero no el gemelo serbio, han recibido con alborozo al estadito. Serbia sigue siendo para ellos demasiado culpable y demasiado grande. Mejor que se rompa Solania, como llamanban a la forzada federación, por los intensos tejemanejes en todo el proceso del representante europeo. El ejemplo llena de esperanzas el corazón del vecino Kósovo. ¡Kósovo no es Montenegro!, observan genialmente desde Belgrado. No, ni tampoco la Cataluña española, la Transniestria moldava, la Abjasia y la Osetia Meridional y tantos otros candidatos a convertir Europa o el mundo en un confeti de identidades nacionales para delicia de los pocos que sigan unidos en la diversidad.
Cada caso es cada caso, pero todos y cada uno de los aspirantes creen reunir con creces las características que han llevado a Montenegro al punto a donde ahora llega. El nacionalismo es una ideología de conveniencias, implacablemente oportunista. Es un Molok voraz en cuyo altar todos los sacrificios humanos, propios y ajenos, pueden ser pocos. Consiste en la justificación intelectual de un sentimiento y no tiene el menor escrúpulo en distorsionar la historia y retorcer los argumentos todo lo que haga falta. Niega lo que une y magnifica lo que separa, que, puesto que cada nacionalismo es de su padre y de su madre, es distinto en cada ocasión. Cultiva obsesivamente el narcisismo de las pequeñas diferencias, sublimando las que le favorecen e inventándose o ignorando las que le faltan. Por eso define la nación de manera ad hoc. De cada vez es un traje a medida.
Su problema esencial es que no hay manera de delimitar objetivamente un pueblo, el titular de la nación. Lo forman quienes se sienten tal. Los miembros que no comparten el sentimiento son traidores condenados a la gehenna. Un pueblo puede se todo lo pequeño o todo lo grande que se quiera. ¿A cuantas Andorras, por ejemplo podría dar lugar Cataluña? ¿Y por qué Montenegro como modelo y no Provenza y Bretaña, Escocia y Gales, Baviera y Mecklenburgo etc etc etc? Es sólo un suponer.