(Publicado en La Razón, actualizado con las últimas noticias del día, 9 de junio de 2006)
La caída de Zarqawi es una victoria simbólica importante para la administración Bush y el gobierno iraquí, con impacto psicológico en todos los bandos implicados, de alcance probablemente corto, cortísimo si las acciones terroristas continuasen como hasta ahora, más largo mientras su ritmo se resienta apreciablemente.
Para Washington es agua de mayo aunque pueda quedarse en efímero chaparrón. La temporada internacional les está resultando peor que seca. Los talibán se han lanzado a la más potente ofensiva desde que fueron derrotados, mientras que con la toma de Mogadisciu es la primera vez desde el 11-S que los islamistas se hacen con el poder en un país, aunque Somalia casi no lo sea. Es un fracaso en toda regla para los Estados Unidos que se enfrentan con la posibilidad de un nuevo santuario para al Qaida y afines, amén de las repercusiones inmediatas en toda la zona.
Los comunicados oficiales se han curado en salud y no han echado las campanas al vuelo. La cosa sigue. Muerto Zarqawi lo que sobran son aspirantes a sustituirlo. La mejor esperanza sería una lucha por el poder. De entrada puede que quien se alegre y esté dispuesto a influir en el concurso sea bin Laden. En sus relaciones con el caído había grandes elementos de rivalidad. Un dato importante para barruntar las consecuencias prácticas es el de los compañeros mártires desaparecidos en el mismo golpe. Sólo se ha citado nominalmente a “uno de sus lugartenientes claves y asesor espiritual” y que estaba en conciliábulo con “algunos de sus asociados”. La extrema clandestinidad de la organización asegura amplia autonomía a las unidades y por tanto capacidad de supervivencia. Pero si han saltado por los aires varios líderes de área, el alcance de la operación es más profundo. Las noticias del 9 indican que eran sólo otros dos.
También apuntan a que el soplo salió del interior de la estructura terrorista. Si no es verdad los americanos están sembrando la desconfianza en las filas de sus enemigos. De serlo no es lo mismo que se trate de alguien que iba por la recompensa de los $25 millones o de un traidor por convicción. Importante es que inmediatamente después de la muerte del Gran Maestre terrorista se lanzaron 17 operaciones contra su organización. Y no lo es menos la fulgurante resolución de la crisis gubernamental iraquí con las carteras de seguridad nacional e interior para los chiíes y defensa para un suní. Si la delación es el precio pagado por estos últimos para cerrar la crisis, el asunto es de gran calado.