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Irak: la hora de la verdad
En letra impresa nº 545   |  1 de Junio de 2006
 
(Publicado en La Razón, 31 de mayo de 2006)


La situación de Irak es como la de un enfermo grave con todas sus constantes vitales por los suelos. Cualquier tratamiento pera levantar una puede significar agresión a las demás. Todos las medicaciones tienen efectos secundarios devastadores. Por eso es el paraíso de los arbitristas. Cualquiera puede proponer como solución milagrosa lo opuesto de lo que se hizo o hace. Y vuelta a empezar.
 
Eso es en lo que podría convertirse rápidamente el nuevo gobierno que tras cinco meses de desesperante chalaneo por fi n se ha formado o casi, pues faltan dos ministerios clave, interior y defensa, los que controlan policía y ejército, para los que todas las componendas no han sido suficientes. Los malos pagadores dan plazos cortos, se dice. Maliki, el nuevo jefe de gobierno, ha prometido que estarán cubiertos en dos o tres días. Tentados estamos de responderle, ¿a que no?
 
El gobierno abarca todas las facciones del país, menos un pequeño partido suní. ¿Qué es eso? ¿maravillosa unidad nacional o abracadabrante puzzle de insostenibles compromisos? Se trata de una cultura, no lo olvidemos, donde los contratos son revisables y los acuerdos duran mientras convengan. Los iraquíes y sobre todo su clase política de todos los colores son parte del problema.
 
Todas las alabanzas que la administración Bush ha derramado sobre la nueva situación son ciertas sobre el papel, pero pueden resultar irrelevantes. De éxito político en éxito político, a partir de las elecciones de una asamblea constituyente el 30 de enero del 2005, Irak ha seguido hundiéndose en el fangal en el que está atrapado. Ahora tiene un gobierno amplísimamente representativo, cuya legitimidad nadie se molesta ya en disputar, con cuatro años por delante para realizar su trabajo. Pero las gentes que se han jugado la vida tres veces en menos de un año para acudir a las urnas han perdido las ilusiones.
 
En una situación semejante el primer problema es por dónde empezar. La ventaja de Irak es que está claro el qué y el dónde: Seguridad y Bagdad es la respuesta y el nuevo jefe de gobierno ha hecho diana al definir sus prioridades. También ha acertado en el cómo: «Emplear máxima fuerza contra terroristas y criminales» y desmantelar las milicias. Pero, de nuevo, ¿cómo? Al inmenso esfuerzo de Washington por mantener la integridad del país convenciendo a los suníes de que participen en el proceso político le ha llegado la hora de la verdad.
 
El promotor de ese empeño, Khalilzad, el embajador americano, ha dicho que «los seis próximos meses son verdaderamente críticos para Irak». De momento tenemos un plazo mucho más corto para ver si Maliki consigue los ministros que le faltan. La tarea que les espera parece sobrehumana. Primero querer, luego poder reformar el ejército y sobre todo la policía, ambos en pleno proceso de constitución. Convertirlos en fuerzas verdaderamente nacionales, extirpar las milicias sectarias de su interior. Los suníes son siempre sospechosos de proporcionar a los insurgentes la información que tantas vidas de soldados y policías ha costado. Los kurdos sólo se interesan por preservar su amplia autonomía. Los chiíes, como mayoritarios, aspiran a controlar las fuerzas como parte de su derecho a controlar el país. Maliki es aceptado precisamente porque su partido, al Dawa, no tiene milicias. Pero es tributario del energúmeno al Sadr, que sí las tiene y bien sanguinarias. Su deseo de deshacerse de esa plaga no puede ser más sincero, pero ¿cómo un ratoncillo le va a poner el cascabel al gato? Todavía mayor prioridad tiene la insurgencia. Ahora vamos a ver, y en bastante menos de seis meses, si los suníes en el parlamento y el gobierno tienen primero la capacidad y luego la voluntad de influir en las facciones terroristas y apartar de la violencia a una porción sustancial de éstas. Se trata de reducir el problema a dimensiones manejables. Siempre habrá irreductibles como los que ya en este momento saludan al naciente gobierno con una nueva oleada de masacres, como si lo habitual fuera poco.
 
Operaciones terroristas como las que se desarrollan por docenas a diario requieren la cobertura de sectores afi nes de la población, los suníes. Aceptación pasiva por parte de la mayoría, apoyo activo de unos cuantos. Si les retiran esas formas de ayuda, la insurgencia queda arrinconada. Los árabes suníes, como mucho el 20% de Irak, viven en una pesadilla dentro del infi erno que los rodea. Acostumbrados durante siglos a dominar y despreciar a los otros grupos se siente desposeídos y acosados por todas partes. Su baza es el terror. Hasta cierto punto funciona, pero al mismo tiempo es una espiral hacia el abismo. Su capacidad para matar les ha propiciado ese esfuerzo por atraer a sus líderes hacia la participación en el sistema. Un primer problema, auténticamente psiquiátrico, es que no aceptan su realidad demográfica y quieren cuotas de poder mucho mayores de las que les corresponde. Más grave es que temen que si dejan de poner muertos en la balanza, su peso se esfume. Pero si no lo hacen, el esfuerzo por atraerlos es inútil. La hora de la verdad ha llegado..

   


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