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Los demonios de Fernando Savater. A propósito de Europa y el cristianismo
Análisis nº 107   |  1 de Junio de 2006
 
La izquierda y la derecha ante el filósofo ilustrado
 
Para la izquierda española, el filósofo Fernando Savater es una de las escasas figuras de altura intelectual de sus filas. Reivindicadora constante de “intelectuales”, cree no poseerlos, y acostumbra a restringirlos a las Cultura contra la guerra  de turno; grupo de actores y directores de cine adictos al intervencionismo y la subvención pública tanto como a la obsesión por Aznar y por acabar con la decisión libre del espectador. Durante los últimos años de gobierno liberal en España, tal se convirtió, en una aristócratica interpretación marxista, en la vanguardia de la izquierda en la labor de agitación callejera. Adictos a la calle casi tanto como a la alfombra roja, en un acto quizá de catarsis colectiva para expiar sus pecados burgueses y su ritmo de vida elitista y exclusivista, tales personajes se autoproclamaron cultura; llevaron en brazos a Rodríguez Zapatero a La Moncloa, y recibieron el premio que exigían.
 
Savater se encuentra bastante por encima de la laxitud intelectual de directores oscarizados, actores adictos a las televisiones del Gobierno de la Paz y vividores de la aristocracia mediático-cultural socialista. Apartado de la docencia en los últimos años de la dictadura, exiliado del País Vasco, Savater es filósofo antes que representante intelectual de la izquierda, amigo del saber antes que partidista. Sin duda es el incuestionable mandarín entre periodistas y escritores de izquierda; buena parte de ellos parecen no entenderle, otros fingen no hacerlo, y quienes lo hacen lo silencian enfadados por su postura anti-nacionalista y antinegociadora. Pero en cualquier caso, constituye referente indispensable de todos ellos.
 
Por eso Savater es también testigo incómodo para la izquierda que, guiada por el “ansia infinita de paz”, calla y exige callar ante la violencia terrorista actual. Situado durante demasiados años en la primera trinchera ante el proyecto totalitario etarra, conocedor de cómo se las gastan las fuerzas de choque abertzales en las calles vascas, sus fraternales relaciones izquierdistas y su habitual buen humor no parecen poder esconder el escándalo que le afecta ante la deriva del Partido Socialista de Euskadi, cuyas mujeres se abrazan a Goricelaia y dan la espalda a Gotzone Mora.
 
Todo ello por una razón fundamental: por encima de sus conocidas convicciones izquierdistas, Savater es hoy el genuino representante de la respuesta cívica al terrorismo vasco y sus cómplices. Poniendo el civismo por encima de las diferencias partidistas propias de una democracia, el escritor se expresa habitualmente con un sentido común y una claridad difíciles de encontrar hoy. Así, las hemerotecas muestran hoy lo que el País Vasco pudo ser un día; Fernando Savater en el Kursal donostirarra levantando los brazos de Nicolas Redondo, a un lado, y Mayor Oreja, al otro.
 
Por eso igual dilema parece aquejar a la derecha española respecto al filósofo vasco. En cuanto defensor valiente de la Constitución, ha gozado de su admiración respetada. Ganada su reputación tras años de escolta y denuncia de terroristas y recogedores de nueces, Savater es referente incuestionable de la derecha liberal y constitucionalista que cree en la democracia occidental. Pero al tiempo, Savater ha sido siempre un crítico de las instituciones conservadoras; sus críticas a la Iglesia escandalizan tanto a creyentes como a moderados. Figura bifronte, Savater parece mostrar dos caras, ninguna de las cuales satisface a todos; virtud envidiable en el intelectual vasco, que conviene analizar con más detalle.
 
Savater, catedrático y “enfant terrible” de la izquierda
 
El pasado 21 de abril, Fernando Savater, para regocijo de partidarios de alianzas civilizacionales y educaciones para la ciudadanía cargaba contra el manifiesto El Occidente, fuerza de civilización, firmado por Marcello Pera y, tras él, por intelectuales y políticos italianos. En el manifiesto, Pera y los firmantes establecen un pesimista diagnóstico de nuestro tiempo;  el modo de vida occidental está siendo atacado por el yihadismo, y los propios europeos, sumergidos en un relativismo paralizante, son incapaces de reaccionar ante ello. Ante tal panorama, Pera propone la defensa de los valores tradicionales europeos, herederos de la tradición helénica y judeocristiana; particularmente de la familia, pilar del orden social desde tiempos del derecho romano.
 
Tales son las ideas que llaman la atención del prestigioso filósofo vasco. Frente a las pretensiones de Pera, Savater adopta un papel voltaireano, y recuerda lo que a su juicio constituye la esencia de la civilización occidental:
 
“cuestionar incluso revolucionariamente las costumbres milenarias, las creencias más veneradas, las jerarquías institucionales de derecho divino, las limpiezas de sangre y las genealogías mejor asentadas, los privilegios inamovibles, las doctrinas cosmológicas y técnicas reputadas intocables, etcétera... es el rasgo más característico en la evolución intelectual y política de la Europa que históricamente conocemos”
(El País, 21-04-06)
 
En su crítica, Savater recuerda el carácter “tortuoso y ambiguo” de la trayectoria de Pera, desde lo que el filósofo vasco llama “posición libertaria inspirada en el pensamiento de Popper” hasta el “movimiento teo-conservador”, que por emplear el propio método voltaireano de Savater, no sabemos bien que puede significar. Enfant terrible de la izquierda universitaria española, el filósofo carga con su tradicional estilo irónico contra los firmantes del manifiesto y, siguiendo lo habitual, contra Benedicto XVI y su ya famosa sentencia “Occidente hoy no se ama a sí mismo”, continuación intelectual y vital del “Europa, sé tu misma” de Juan Pablo II.
 
Representante de la mejor tradición ilustrada europea, la obra de Savater, a través de ensayos y columnas, se constituye frente a las instituciones y realidades conservadoras. Ilustrado, el método de Savater consiste habitualmente en la argumentación racional e irónica, alejada de cualquier exceso dialéctico. Por eso no parece propio del filósofo la utilización de determinadas expresiones situadas más cerca de la demagogia populista que de la argumentación racional, pero que representan el resumen desatado de su columna:
 
“Estos conservadores con nostalgias teocráticas de un Sacro Imperio que hoy suena más bien risible no defienden nuestros valores, sino que los marchitan: empezando por el propio cristianismo -díscolo desde sus orígenes- al que pretenden sumiso y fanático, es decir, "islámico", en el peor sentido del término...
 
Más allá de expresiones desafortunadas, el filósofo Savater corrige al filósofo Pera; los valores occidentales no son los que el manifiesto señala, sino precisamente aquellos que los ponen en cuestión. Para Savater, frente a Pera, lo que caracteriza a Europa no es el cristianismo, que concibe como una costumbre, creencia, simple veneración, jerarquía institucional de derecho divino etc, sino la crítica que se ha hecho a ellas a lo largo de nuestra historia. No son los valores tradicionales europeos los que definen a Occidente, sino precisamente la crítica de esos valores.
 
En el mismo artículo, aprovechando la oportunidad, Savater arremete también contra el cardenal Carlos Amigo, que en ABC (13-04-06) había advertido contra la cerrazón, la autosuficiencia y el egocentrismo de nuestras sociedades, reivindicando la honestidad intelectual necesaria hoy. Contra el cardenal, Savater afirma; “la honestidad intelectual es la virtud que defienden aquellos cuyas doctrinas carecen de ninguna posibilidad objetiva de verificación frente a los "demonios racionales". Para Savater, el cristianismo representa el oscurantismo, la represión, el obstáculo al progreso de la Razón humana; ¿falta honestidad hoy?, se pregunta el lector. ¿Es discutible?, se cuestiona. Vana espera, nada discute Savater a Carlos Amigo, salvo su derecho o no de hacerlo, por ser quien es.
 
Al tiempo, Savater aprovecha para dar un golpe bajo a la Iglesia, no sabemos si española o universal, en su conocido estilo irónico;
 
“Respecto al diálogo, no necesito preguntarle nada, porque nos lo está explicando a los españoles con empeño y detalle el padre Alec Reid. Estamos de suerte: después de disfrutar tanto tiempo de los incomparables curas vascos, ahora importamos uno de Irlanda para degustar otra variedad aún más exquisita del mismo molusco”.
 
Finalmente, Savater enumera el a su juicio punto débil del manifiesto de Pera; “tras haber denunciado que efectivamente no todas las culturas son iguales, el manifiesto parece incapaz de señalar con un mínimo de precisión qué es lo que hace a una de ellas -la democrática socioliberal- preferible a sus competidoras teocráticas o comunitaristas. Y tal habría sido precisamente el punto más digno de ser subrayado”
 
Artículo que nos presenta al Fernando Savater representante de la izquierda ilustrada y contestataria, y que muestran la posición del autor ante la evolución de la civilización occidental. Así, a propósito de la yihad de las  viñetas de Jyllands-Posten, en las que jóvenes fanáticos del islamismo incendiaron embajadas, escribe el pensador, sin dejar pasar la ocasión: “todas las iglesias conservan cierta envidiosa nostalgia de las fes que aún tienen fanáticos como cuerpo de guardia, porque sólo se resignan a inspirar respeto cuando ya no pueden inspirar miedo... ¡ah, los buenos tiempos!” (El País, 11-02-2006)
 
Y para subrayar su posición, Savater recurre en el mismo artículo a Vaneigem: "Nada es sagrado. Todo el mundo tiene derecho a criticar, a burlarse, a ridiculizar todas las religiones, todas las ideologías, todos los sistemas conceptuales, todos los pensamientos. Tenemos derecho a poner a parir a todos los dioses, mesías, profetas, papas, popes, rabinos, imanes, bonzos, pastores, gurús, así como a los jefes de Estado, los reyes, los caudillos de todo tipo...". Amén”
 
Corrigiendo y continuando a Pera, Savater señala el valor de la sociedad occidental; “La identidad de lo que cada cual prefiere íntimamente ser queda a cargo de la administración subjetiva, pero la forma de estar juntos -en la que todas las subjetividades, salvo las totalitarias y excluyentes, pueden encontrar acomodo- es el logro constitucional de una fórmula laica y por tanto radicalmente democrática compartida”. Es decir, la distinción entre lo público y lo privado, quedando la religión en el lado de lo privado, y la política y las leyes en el contrario.
 
Ideas que sin duda entusiasmarán a quienes buscan hoy eliminar la asignación a la Iglesia, cerrar la COPE y afianzar para siempre la Educación para la ciudadanía; cuidado, nada de esto parece estar presente en las preocupaciones de Savater.  Pero señalando con el dedo el oscurantismo del cristianismo, Savater se convierte en figura incuestionable de la izquierda presuntamente racionalista, ilustrada y laicista. Sutil como pocos, el filósofo pertenece al ágora de las discusiones; pocos representantes de la cultura izquierdista son capaces de llegar tan alto, y se conforman, en los medios de comunicación y en películas oscarizadas y oscarizables, con transmitir burdas caricaturas de todo ello.
 
Savater ante nueve milímetros parabellum
 
Pero si por algo es conocido Fernando Savater en nuestro país es por la actitud tomada frente al totalitarismo etarra. Aunque no la única, “Basta ya” es la primera trinchera que trata de frenar al totalitarismo etarra desde la propia sociedad vasca que lo crea y que lo sufre. Perdonen las molestias: Crónica de una batalla sin armas contra las armas (2001), El gran fraude: sobre terrorismo, nacionalismo y ¿progresismo? (2004) son algunas de sus últimas obras donde, en su tradicional estilo, desmonta los mitos y los dogmas del nacionalismo vasco y de la izquierda que lo secunda. Huelga decir que ha sido cuidadosamente silenciado en el solar vasco.
 
Rara situación en el panorama mediático español, Savater es hoy representante de una socialdemocracia española en declive. Curiosidades en un columnista del diario El País, Savater defiende para el País Vasco un proyecto futuro que en poco se asemeja al trazado por el Gobierno de la Paz, como escribe en el mismo artículo: “el futuro del País Vasco sin violencia se habrá de parecer más a la Constitución que allí han defendido Rosa Díez o Pilar Elías que al miserable retroceso nacional-oportunista amañado por Gema Zabaleta y otras señoras.”
 
Proyecto constitucional que quedó plasmado en la famosa foto del Kursal, con Savater entre Redondo Terreros y Mayor Oreja poco antes de que esta alianza constitucionalista lograra el mejor resultado de su historia. Poco antes también de que Nicolás Redondo fuese defenestrado por haber osado compartir proyecto con la derecha española frente a los proyectos nacionalistas que buscan sustituir el régimen constitucional-pluralista por un régimen nacionalista. Desde entonces, el Partido Socialista celebra que Otegi y los encapuchados hablen de paz, y señala a sus víctimas como enemigas de ella.
 
Savater concibe con claridad lo que es la esencia del proyecto que PNV, EA y ETA preparan; un Estado nacional, en el que los derechos de las personas queden sepultados bajo el proyecto de reconstrucción-construcción nacional: ¿qué futuro espera a Patxi López en la Euskadi soñada por Otegi e Imaz? Respuesta evidente; el mismo que a Redondo Terreros, Rosa Díez o María San Gil; “ETA no es más que la fase final –el estadio asesino- de un hostigamiento social y cultural generalizado contra todo lo que suene a “español”, hostigamiento social fruto de un gobierno nacionalista que viene de 1978“ (Perdonen las molestias, prólogo)
 
Más allá de la dignidad moral de denunciar al criminal, a quien le ayuda y a quien le da coartada, la crítica de Savater va contra la cultura política instalada en Euskadi en los últimos veinticinco años; el carácter incuestionablemente sagrado del pueblo vasco, la mitificación de su historia, la mistificación de sus orígenes. Demasiados dogmas para un heredero de Voltaire y Cioran como Savater, para el personaje divertido y algo hedonista que nos presenta en Mira por dónde. Autobiografía razonada (2003).
 
La crítica mordaz contra la derecha conservadora no es obstáculo, en Savater, para entender que frente a la socialdemocracia y a la derecha se encuentran los proyectos antisistema; ¿qué hace un intelectual de izquierdas levantando el brazo de un democristiano como Jaime Mayor Oreja?, se pregunta el Gobierno de la Paz, el que culpa a la derecha de todos los males del mundo. Respuesta; defendiendo un régimen constitucional-pluralista ante los asesinos de Hipercor y de la casa cuartel de Vic. Defendiendo el pluralismo político y cultural frente a la homogeneización y los dogmas políticos del nacionalismo vasco. Idea liberal por excelencia, que sitúa a Savater al lado de la derecha española en unos tiempos en los que la izquierda parece preferir la compañía de una izquierda anti-sistema y totalitaria.
 
Los demonios de Savater; ¿Voltaire o Tomás de Aquino?
 
Batallando contra las instituciones conservadoras, Savater es indudablemente un intelectual de izquierda; defendiendo valerosamente el régimen constitucional-pluralista en el País Vasco, se sitúa codo a codo con ésta en la defensa de una libertad de la que el totalitarismo etarra es enemiga acérrima. Ideas ambas que dejan al filósofo en un curioso equilibrio entre una izquierda en la que cada vez parece más aislado y una derecha que lo mira con sospecha, y que señalan a un fondo problemático en las afirmaciones periodísticas del profesor vasco; el de los valores europeos, el del papel de la religión y el del nacionalismo vasco
 
¿Qué decir, en primer lugar, de la cuestión de Occidente, origen del Manifiesto de Pera y del artículo Los demonios racionales de Savater? El primero defiende la existencia de determinados valores; éste parece negarlos y establecer la identidad de occidente precisamente en la crítica a aquellos. Pero expresado en idénticos términos, la crítica de Savater parece adolecer del mismo mal que dice encontrar en el texto del italiano.
 
En la crítica a Marcello Pera, Savater  recupera un argumento que es constante en sus libros y artículos; “Voltaire o Freud son parte de nuestra historia de la religión ni más ni menos que Tomás de Aquino” (El País, 11-02-06) idea cierta, tan cierta como su contraria; Tomás de Aquino es parte de nuestra historia ni más ni menos que Voltaire o Freud. Y es que Savater acepta gustoso las críticas, apostillas e irreverencias de aquellos que ven en la Iglesia la encarnación del mal en el mundo; no tolera, sin embargo, que ésta pueda hacer lo propio de la sociedad, intromisión intolerable. Establece dos tradiciones culturales europeas, para a continuación negar la personalidad de una de ellas.
 
"En lo necesario, unidad; en lo no necesario, pluralismo; y siempre, caridad”, citaba Savater en junio de 2005; en Los demonios racionales cita a Octavio Paz; "la tradición de lo nuevo", para subrayar un hecho de capital importancia, que Savater no ignora, pero del que parece no sacar las consecuencias. En efecto, la sentencia de Paz parece indicar los dos términos, tradición y novedad, que aparecen en la cita anterior como unidad y pluralidad. Si desde el punto de vista de Savater el manifiesto de Pera prima la unidad y la tradición para olvidar que Occidente es también pluralidad y novedad, el suyo propio adolece precisamente de lo contrario; Occidente no tendría sentido si no es por la tradición que atesora, y que hace que Voltaire, Freud y Tomás de Aquino hablen el mismo idioma y compartan ciertos valores comunes.
 
Y esta es la cuestión que parece importar a Pera en un momento en el que el pluralismo y la novedad no parecen precisamente en peligro, y parecen haberse convertido en relativismo y nihilismo. Afirmemos con Savater que Occidente no es sólo cristianismo; pero afirmemos contra él que Occidente es también cristianismo; ambas afirmaciones parecen encontrarse en el mismo problema. El problema de Europa no es no encontrar un Tomás de Aquino del siglo XXI; es que por mucho que busque, no parece fácil que Savater encuentre un Voltaire del siglo XXI. Los males a los que parece apuntar Pera no son los del aquinote; son también los que hacen que los savateres del futuro parezcan una especie cada vez más en extinción. Los demonios de Savater parecen impedirle ver que no es sólo el cristianismo lo que hoy parece en peligro.
 
De la religión y del Estado
 
En segundo lugar, la fórmula de la sociedad democrática reside para Savater en el confinamiento de la religión al ámbito privado, alejado de la esfera pública si no es para someterla a critica y discusión: “La religión es algo íntimo que puede expresarse públicamente pero a título privado: y como todo lo que aparece en el espacio público, se arriesga a críticas, apostillas y también a irreverencias” (El País, 11-01-06) Idea, por lo demás, típicamente liberal, y que encuentra en el velo de la ignorancia de Rawls su expresión más reciente y afortunada.
 
Pero tal concepción no queda exenta de problemas. Problema en primer lugar histórico; ninguna creencia a lo largo de la historia se ha agotado en las mentes y los corazones de sus creyentes, desde Platón a Comte, desde la antigüedad griega al positivismo moderno; hoy el islamismo va, desde luego, más allá. Históricamente, las creencias religiosas, antropológicas o científicas han tenido y tienen expresión pública y política. La historia parece jugar en contra de tal pretensión.
 
En segundo lugar, problema antropológico; en cuanto en el ser humano existe una continuidad entre lo privado y lo público, según enseñó el mismo Aristóteles -al que Savater dedica buena parte de su impecable Ética para Amador (1991)-, no parece convincente que sus creencias íntimas no tengan salida a su comportamiento público. En tercer lugar, error teológico, en la medida en que la religión cristiana apunta, no sólo al individuo, sino a su comportamiento respecto a los demás; el cristianismo habla de bien común, dimensión consustancial a él. El político cristiano ni puede ni quiere dejar totalmente al margen de su actividad sus creencias religiosas, de la misma manera que no puede hacerlo el filósofo volteaireano, nietzscheano o kantiano.
 
¿Debemos proponer entonces una vuelta histórica y política a una Europa cristiana que ya no existe? Debate absurdo, en la medida en que la Cristiandad parece existir únicamente en la cabeza de islamistas y de laicistas militantes; pese a la ira de Savetar, Pera no reivindica semejante idea. La religión cristiana ha sido, es y será pública y política, y en cuanto tal sometida a crítica...en su dimensión pública y política. Pero la visión de Savater desemboca en cierta petición de principio; ¿por qué confinar el cristianismo y no el socialismo o el ecologismo al ámbito de lo privado? Porque es oscurantista y dogmática, responderá el filósofo vasco. Y después, ¿por qué la religión no debe salir del ámbito subjetivo? Porque cuando sale de allí, donde está muy bien, se vuelve oscurantista y dogmática. Pero entonces el problema no es hacer públicas las creencias -¿cómo se demuestra la creencia en la igualdad de los seres humanos?-, sino determinadas creencias, aquellas que el Ilustrado ya ha juzgado como peligrosas, eso sí, basándose en sus propias creencias. Los demonios de Savater le llevan a perder tal equilibrio, convirtiendo su propia subjetividad en objetividad indiscutible.
 
Demonios; Ikurriñas y sotanas
 
Mayor problema parece presentar la costumbre de Savater de identificar al cristianismo con el nacionalismo; ejemplos históricos no faltan para apuntalar tal tesis, en forma de dictaduras o teocracias. Incluso el caso vasco recuerda la connivencia entre sacerdotes, terroristas y nacionalistas, tan desastrosa para el País Vasco. El lector frecuentador de las palabras del filósofo convendrá en que Savater establece un paralelismo entre los creyentes en la nación vasca y los creyentes en Jesucristo o la Santísima Trinidad.
 
Pero por encima de las repeticiones de Savater, una verdad se impone al juicio desapasionado; el nacionalismo, per se, conlleva la disolución de la persona en el proyecto colectivista de la nación y del pueblo. Savater lleva denunciándolo años, y lo hace en el artículo que nos ocupa; “lo que debe ser defendido y reforzado en nuestros países europeos no es el "derecho de las comunidades", sino el de cada uno de los individuos en cuanto ciudadanos. Y la diferencia entre uno y otro estriba en que el primero consiste en un ser (basado en la etnia, en la religión, en la identidad sustentada por cualquier idea esencialista de la comunidad nacional)”
 
Pero a continuación aparecen los demonios de Savater; “considerar a estas alturas que hay clericalismos o nacionalismos "progresistas" resulta un oxímoron, como hablar de "marcha de los parados" o "nieve frita". Comparación gratuita, en la medida en que el cristianismo, per se, no conlleva los sacrificios que el nacionalismo sí impone a las personas. Teóricamente, porque la verdad cristiana es trascendental a este mundo, y la recompensa o castigo del cristiano será post-histórica. Podrá discutirse a qué obligan castigo y recompensa en este mundo; lo que no lo es tanto es que el nacionalismo –como el marxismo- buscan construir el paraíso en este mundo, y por tanto será aquí donde el creyente o el ateo recibirán castigo o recompensa por sus actos; ETA lo lleva haciendo treinta años.
 
Históricamente, porque el Gobierno en manos del nacionalismo vasco ha suscitado la rebelión cívica a cuya cabeza se sitúa Savater; el cristianismo llegado al Gobierno en nuestro país no parece haber llamado tanto la atención del filósofo vasco cuando lo ha hecho, puesto que no lo ha hecho en cuanto tal. En un Senado a las ordenes de Pera Savater tendría bastantes menos problemas que en una Cámara presidida por el nacionalismo vasco. Pero los demonios de Savater le llevan a compararlos, y a no sacar las consecuencias de su propia actividad cívica.
 
Discriminación de los valores europeos; naturaleza y papel de la religión; relación entre ésta y el nacionalismo. Tales parecen ser los demonios del filósofo vasco, aquellos que se resisten a su habitual profundidad e ingenio. Convertido en enfant terrible de la Iglesia, desprecia la tradición tanto como la religión; convertido en infantería intelectual contra el nacionalismo etnicista, defiende el pluralismo y el constitucionalismo liberal. Entre unos y otros, imposible de asimilar definitivamente por la izquierda y por la derecha, su figura sigue siendo referencia objetiva y necesaria en los debates de nuestro tiempo. Aunque con ella arrastre también sus propios demonios.

 
 
Óscar Elía es Analista Adjunto del GEES en el Área de Pensamiento Político.


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