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La OTAN y su reto afgano
En letra impresa nº 544   |  30 de Mayo de 2006
 
(Publicado en ABC,  30 de mayo de 2006)

No hubo duda. Desde el primer momento los Estados europeos brindaron su colaboración a Estados Unidos para combatir en Afganistán contra los responsables del 11-S. El tiempo ha pasado y, tras los rifirrafes por la guerra de Irak, Afganistán continúa siendo el ejemplo de la solidaridad atlántica contra el terrorismo islamista y de la guerra justa.
 
La Alianza Atlántica está asumiendo mayores responsabilidades en la seguridad de Afganistán. Estados Unidos hizo la guerra y, con Naciones Unidas y la propia Alianza, la reconstrucción política. Mucho es el camino que queda por delante para estabilizar el país, pues nunca hubo democracia ni economía desarrollada ni un Estado realmente integrado. Afganistán fue un ejemplo más de taifas y señores de la guerra, de droga y violencia.
Los talibanes sufrieron una humillante derrota, pero no se han rendido. Les mantienen en pie un ideario islamista y un objetivo nacional. Muchos sólo han conocido la guerra, primero contra los rusos, luego contra la Alianza del Norte. Lo que están viviendo ahora no representa más que otro capítulo en una obra que sólo puede concluir con el triunfo definitivo del Islam sobre los no creyentes.
 
Su margen de maniobra hasta la fecha era muy reducido. Tenían que esperar a la primavera para salir de sus refugios y preparar emboscadas. Pero la capacidad militar norteamericana y su disposición al combate les mantenían a raya. Sus bajas han sido cuantiosas. Ahora viven con la esperanza de que se acerca su momento. El contingente norteamericano va a disminuir, siendo sustituido por tropas de Estados aliados bajo un mando común OTAN. La propaganda islamista les ha convencido de que su llegada es resultado de la derrota norteamericana en Irak. Más aún, de que las nuevas unidades no están dispuestas al combate, por presión de sus propias opiniones públicas, el talón de Aquiles de Occidente.
 
Mientras la OTAN se debate sobre su futuro, sus tropas pueden encontrarse de inmediato ante un escenario peor que el actual. Los talibanes los van a poner a prueba y si manifiestan indecisión o debilidad se encontrarán pronto en serias dificultades. En Afganistán no cabe acuartelar unidades y tratar de capear el temporal. Allí hay que proyectar seguridad y eso supone patrullar y, llegado el caso, combatir ¿Cómo casa esto con el discurso antinorteamericano, con la idea de que la amenaza islamista no va con nosotros y con la Alianza de Civilizaciones? Mal. Si el conflicto afgano es una guerra justa, si contamos con el apoyo de Naciones Unidas y del Gobierno de Kabul ya no caben excusas. O la OTAN impone desde un primer momento su autoridad o los talibanes resurgirán de entre las piedras poniendo aún más en evidencia la crisis de la Alianza y la irrelevancia europea.


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