En 1940, durante el bombardeo de Londres, el famoso escritor cristiano, C.S. Lewis iba camino de la BBC a dar conferencias dirigidas a la población civil británica y los pilotos ingleses que salían a combatir. Se calculaba que no hacían más de trece salidas sin ser derribados. Inglaterra resistía todavía sola a la amenaza totalitaria que tanto tiempo había sido desatendida, y que tantas veces había intentado apaciguarse. Y este señor se dedicaba a la aparentemente inútil labor de pronunciar unas cuantas palabras por la radio.
La reunión de estas charlas en libro dio lugar a la obra “Mere Christianity", en la que este anglicano, que había luchado en las trincheras de la Primera Guerra Mundial, llamaba a poner en práctica las enseñanzas comunes a todos los cristianos. Su objetivo, derrotar al totalitarismo.
Vio con claridad cuál era la misión de su tiempo; el tema de su tiempo en terminología orteguiana.
En un reciente
estudio, Alberto Acereda, evoca de alguna manera cuál puede ser la misión del nuestro. Parece como si la marea del “progresismo” hubiera anegado todo dejando escaso campo de actuación a las ideas conservadoras y liberales.
Sin embargo, existe hoy la evidencia empírica, ganada con no poco esfuerzo y demostrada por montañas de cadáveres, que la organización política democrática y liberal es el mejor de los sistemas que hemos creado. Para ser más precisos, siguiendo a Churchill, el peor de los sistemas,… excluyendo todos los demás. Ahora bien, este sistema, que es simple, requiere del conocimiento de una serie de datos y conceptos. Requiere de la subsistencia de un cierto sustrato cultural que permita a los hombres de nuestro tiempo ser conscientes de que esto, en realidad, es así. Para ello, es menester que exista una cierta educación política, una auténtica educación para la ciudadanía, que suponga que una gran mayoría de occidentales sepan que este sistema que han generado sus antecesores y defendido con su vida, es apropiado para ser legado a sus descendientes.
Hete aquí, sin embargo, que los medios de comunicación de masas, siguiendo una tradición que puede rastrearse hasta el siglo XVIII y aun antes, se han dedicado irresponsablemente a minar sistemáticamente este modelo. Lo que buscan no es un cambio o adaptación a los tiempos, sino una revolución. La tesis de “La gran mascarada”, el penúltimo libro de Revel, es precisamente el proceso abierto contra las democracias liberales una vez que se ha demostrado por la experiencia su superioridad sobre cualquier otro sistema que conozcamos.
Existe, curiosamente, una extraña alianza entre algunos poderosos medios que decretan “lo que se dice” y, como consecuencia de la decadencia de la educación y la cultura, se “piensa”, y aquellos que desde fuera de Occidente desean verlo acabado en el “vertedero de la historia”. De tal modo que se está formando una contienda entre aquello que podemos denominar el “progresismo” occidental junto con las demás potencias regresivas foráneas tales como el islamismo radical o la persistencia de dictaduras más o menos marxistas; y, frente a ello, una mayoría de personas que no ven porqué hay que renunciar a los valores occidentales. Por una extraña paradoja, los enemigos de Occidente han tenido siempre la debilidad de usar las “armas occidentales” tanto las físicas como las psicológicas para poder destruirlo. Así, son tecnologías occidentales las que se usan contra Occidente. La tecnología de los armamentos, y la tecnología de los medios de comunicación.
Un hecho reciente habla por sí mismo. Mientras Hirsi Ali, la diputada holandesa amenazada de muerte que va a exilarse a los Estados Unidos, está haciendo sus maletas, unos jóvenes han ido a depositar flores. Se trata de los miembros de un grupo terrorista juzgado, y de momento en libertad más o menos vigilada, por su implicación en el asesinato del cineasta Van Gogh. Han ido a dar las gracias a la emisora que hizo el programa que logró que echaran a Hirsi Ali, llevando un ramo, unos chocolates, y unas galletas.
Viene a la mente la expresión castiza de Javier Arzallus, “unos sacuden el árbol, para que otros recojan las nueces”. Este hecho es significativo de la formación de una coalición entre aquellos que empuñan las armas, y quienes los sostienen ideológicamente.
Mediante el uso de lo que se conoce como corrección política y la constante denigración de Occidente y sus valores, podría formularse la hipótesis de que se propugna una revolución que logre un cambio súbito en las creencias dirigido por minorías influyentes.
La "corrección política" de hoy es el resultado de la decadencia de la idea de respetos humanos de antaño. Tener respetos humanos significaba tratar de evitar lastimar a un interlocutor con nuestras palabras, cuidando que no fueran hirientes. El concepto se ha generalizado, ha pasado de la esfera privada a la pública y se fomenta considerando adecuada la hipersensibilidad del presuntamente herido.
¿Cómo se produce esta transformación? En los años sesenta – señalados por muchos como origen de varias decadencias– algunos medios de los Estados Unidos comenzaron a pensar que los valores y preocupaciones tradicionales de la sociedad ya no eran válidos. Empezaron con el problema racial, generador de mala conciencia, siempre polémico y que está en los orígenes de la guerra de secesión y del sistema de la segregación.
Lo curioso es que esta revisión extemporánea iba a tener lugar después de que en 1954 el Tribunal Supremo americano declarara inconstitucional el sistema de la separación proponiendo una relación más justa e integrada entre blancos y negros. Pues bien, algunos medios comenzaron a decir que el modo en que la sociedad americana había vivido era profundamente injusto y que los americanos eran culpables de ello. Insistieron en proponer o apoyar medidas mediante las cuales el lenguaje y el sistema legal fueran modificados – prescindiendo de razones técnicas o internas -, simplemente porque ellos, los medios, pensaban que era lo correcto. Consideraban que situaciones injustas del pasado podían ser revertidas mediante la creación de una situación injusta en el presente, en sentido contrario. Esto se llama acción afirmativa, o discriminación positiva. Ya que, antes de los 50 en, pongamos, Alabama, los negros no tenían acceso a la educación superior, entonces había que reservar unas cuotas para negros hoy en, pongamos por caso, Ohio.
Lo mismo comenzó a suceder con otros grupos considerados como víctimas, minorías o sectores sociales dañados en el pasado. Parece claro que si alguien es injusto con otro individuo, sólo se puede reparar ese daño pidiendo perdón e intentando reponer la situación en su momento inicial, y si esto no es posible, pagándole una indemnización. No resulta evidente que se arregle una injusticia causando otra injusticia a un tercero. Lo que se buscaba con esto era enmendar una injusticia pasada, real o figurada, dirigida a un grupo de personas, mediante una situación injusta en el presente.
Hasta ahí el cambio en el sistema legal; pero un cambio mayor sucedió en la esfera social, empezando por el uso del idioma. Se pasó a denominar “afroamericanos” a personas que no tienen nada que ver, y sobre todo que no desean tener nada que ver con el Congo, por ejemplo. Sobre esto el famoso actor Bill Cosby ha hablado con claridad últimamente. Esto genera una tentación para las otras minorías, los mismos hispanos, de la que han sabido huir los cubanos con su modelo de integración.
En su famoso libro “Bias”(Sesgo) el periodista Bernard Goldberg, que había pasado media vida en la CBS, ejemplo paradigmático de los medios de masas, advertía en el año 2002 que esta revolución no estaba encandilando a todos los americanos:
“Hay muchas razones por las que cada vez menos gente ve las noticias de las cadenas de televisión, y una de ellas, estoy más convencido que nunca, es que los espectadores simplemente no confían en nosotros. Y tienen buenas razones para ello.
El viejo argumento de que las cadenas principales y otras elites mediáticas tienen una inclinación “progresista” es tan evidente que no merece la pena ni discutirlo. No es que nos sentemos en oscuros rincones a planear estrategias de cómo vamos a darle un sesgo a las noticias. No hace falta. Les viene naturalmente a la mayor parte de los periodistas.”
Sin embargo, al menos en Europa, los medios idealistas parecen querer convertirse en nuevos educadores para que podamos convertirnos en ciudadanos respetables. Para asegurarse de que la revolución en las creencias - denigración de Occidente y corrección política - tiene éxito, se necesita constancia en la tarea. Su presencia y prestigio les ha convertido en los nuevos "institutores"; en los educadores de nuestra época.
Marías advirtió del peligro potencialmente totalitario de la manipulación a través de los medios. Con la supresión de la espontaneidad y del pensamiento personal, y poniendo en su sitio respuestas mecánicas a todas las preguntas de nuestro tiempo, aparecerá un nuevo mundo en el que seremos autómatas con un código de ideas que automáticamente saltará cuando esté sujeto al impulso externo apropiado.
El programa es el que formulaba con insuperable concisción Groucho Marx “¿A quién va usted a creer, a mí o a sus propios ojos?”.
El totalitarismo no había sido posible antes de nuestro tiempo, porque nadie tenía los inmensos recursos que son la condición de su existencia. Los Estados podían tener el poder, pero no tenían la posibilidad de ejercerlo. Incluso la notificación de una decisión al pueblo francés era algo muy difícil a un Rey tan poderoso como Luis XIV. Al contrario, en nuestros tiempos el Estado tiene poderes y recursos ilimitados, y frecuentemente no sólo los Estados.
Lo que se descubre hoy es que este proceso de generación de unas nuevas creencias para la sociedad, se aplica a través de los modernos medios de comunicación. Sólo una manera de pensar es aceptable: la que se llama corrección política, referida a todos los aspectos de la vida humana. Es un afán totalitario.
Esta pretensión totalitaria pasa por convencer a millones de occidentales que la libertad no merece la pena. Bajo una capa de colores atractivos se intenta inculcar, con éxito, en las mentes de nuestros contemporáneos que la vida es vividera sin libertad. Que no importa cederla parcialmente a cambio de dinero, seguridad, tranquilidad, o nada. El resultado, que garantiza generaciones de oprimidos, es por de pronto una sociedad en la que prepondera la homogeneidad, el prosaísmo más grisáceo, y un aburrimiento mortal sobre los proyectos verdaderos y estimulantes. Lo decía bien Gómez de la Serna: "aburrirse es besar a la muerte".
Si esto es así, el tema de nuestro tiempo será la misión que se emprenda contra esta amenaza. "La mayor parte de lo que mis vecinos dicen que es bueno, a mí, en mi corazón, me parece malo, y si me arrepiento de algo es más que nada de mi propio buen comportamiento. ¿Qué diablos tenía para comportarme tan bien? Tú, que eres viejo, dirás la cosa más sabia que sepas; tú que has vivido (....) pero yo oigo una voz irresistible que me llama a alejarme de todo eso. Una generación abandona las empresas de otra como el que deja un barco encallado". Así lo expresaba Thoreau.
En el conocido libro de Lewis sobre educación - pues de educación se trata - se intentaba evitar la “abolición del hombre”, lo que sólo es posible si se intenta decirle la verdad. Corresponde volver a explicar los requisitos y las condiciones de la libertad, y a divulgarlos frente al progresismo de la corrección política. No fue inútil la labor de Lewis en 1940, porque tuvo el valor de pronunciar unas palabras.
Esa misión, esa tarea, es el tema de nuestro tiempo.