Resumen ejecutivo
Los Estados Unidos han mantenido en los últimos años como política hacia Irán una línea de “compromiso” (engagement), más proclive a la cooperación con los mulahs y ayatolas que a la presión a favor de su recambio. Al menos desde el Departamento de Estado dirigido por Colin Powell. La salida del mismo, el pasado viernes 13 de junio, del principal artífice de dicha línea de actuación, el director del Policy Planning Staff, Richard Haas, coincide con un notable aumento de una retórica claramente crítica y condenatoria del régimen fundamentalista de Teherán por parte de la Administración Bush. En este apunte se abordan las razones sobre las que se justifica esta ofensiva diplomática, así como las posibles salidas para las relaciones con el régimen iraní.
El caso contra Teherán
Tres son las principales razones que Washington esgrime para colocar a Irán entre las prioridades de su agenda internacional: las renovadas ambiciones nucleares de los ayatolas tras la caída de Saddam Hussein; el continuado apoyo iraní a grupos terroristas, regionales y de alcance global; y las maniobras en Irak para sacar provecho de la actual situación a través de los grupos shiíes del sur y del centro de ese país, antes de que se consolide una nueva estructura de poder.
Las nuevas ambiciones nucleares iraníes
El programas nuclear iraní ha estado sujeto desde sus comienzos a fuertes vaivenes. Comenzado por el Shah a mediados de los 70, quedó interrumpido tras la revolución islámica fundamentalista de 1979 y aunque fue reemprendido algunos años más tarde, Jomeini nunca dio luz verde del todo a dicho programa, al considerar inmorales las armas nucleares. Sus herederos religiosos y políticos no parecen compartir esa visión.
A pesar de los daños materiales causados a las infraestructuras nucleares durante la guerra con Irak en la década de los 80, Teherán, con ayuda china y rusa, comenzó hace una década a reconstruir su capacidad nuclear, incluyendo la central nuclear de Bushehr, con una potencia de 1.000 megawatios. En el mes de agosto de 2002, las autoridades iraníes reconocieron públicamente lo que algunos grupos disidentes ya venían advirtiendo al mundo occidental, que Teherán también estaba comprometido con la puesta en servicio de una planta de producción de agua pesada y un reactor basado sobre el mismo principio en Arak, así como con un programa de enriquecimiento de uranio en Natanz. Su justificación la encontrarían los ayatolas en la necesidad de diversificar las fuentes de energía (en un país muy rico en petróleo) y, en consonancia con las obligaciones contraídas en tanto que país signatario del Tratado de No Proliferación (TNP), manifestaban su acuerdo en someterse a una política de transparencia hacia la comunidad internacional.
Tras estas declaraciones, el director de la Agencia Internacional de la Energía Atómica, Mohamed Albaradei, realizó una visita a Irán a finales de febrero de este año, en la que pudo confirmar la extensión del programa nuclear iraní. Los expertos de la AIEA concluyen que las ambiciones nucleares de los ayatolas en el terreno militar son evidentes:
- el programa actual consiste en una capacidad de enriquecimiento de uranio a gran escala y fácilmente reconvertible de uranio pobremente enriquecido (de utilización civil) a altamente enriquecido y con uso estrictamente para sistemas de armas;
- El interés civil por el sistema de agua pesada es mínimo, particularmente en una nación rica en otras fuentes energéticas, máxime cuando se sabe a ciencia cierta que dicho sistema es el mejor para la producción de plutonio, ingrediente básico para armas nucleares;
Uniendo la sinrazón económica para el desarrollo y aceleración reciente de estos programas, a la adquisición de sistemas balísticos de medio y largo alcance, el fantasma de un Irán islámico dotado de armas nucleares en el futuro cercano ha hecho saltar todas las alarmas, desde las regionales (Israel) a las internacionales (la condena de la UE ante las restricciones que Teherán quiere imponer a las inspecciones de la AIEA y la abierta crítica norteamericana).
La paradoja, más aparente que real, es el reconocimiento público hecho por Teherán tanto de su programa nuclear como, sobre todo, de su alcance. A los ayatolas se les abren ahora dos caminos a seguir: por un lado, cumplir con el texto, aunque no con el espíritu, del TNP, y aceptar las salvaguardas e inspecciones de la AIEA, produciendo sus materiales nucleares bajo el paraguas de uso civil para, llegado el momento, retirarse del TNP y reconvertir parte de sus infraestructuras para uso militar. Sería, rápidamente hablando, un calco del modelo coreano. Buena parte de los lideres religiosos y políticos iraníes estarían muy tentados por esta opción, en principio poco arriesgada políticamente y de excelentes rendimientos a largo plazo.
No obstante, otro grupo de ayatolas más radicales aún, se sentirían más urgidos a dotarse de armas nucleares, al verse progresivamente rodeados de presencia militar americana, desde Afganistán a Irak, y como único medio real de valor militar para preservar su juego estratégico en la zona, particularmente contra Israel y como potencia hegemónica sobre sus vecinos de la OPEP. De acuerdo con este grupo, Irán debería llevar adelante su programa nuclear bajo la cobertura pública de energía civil, pero debería establecer desde ya un programa clandestino orientado a acelerar la producción de material apto de utilización militar. La AIEA sólo sería testigo del cumplimiento de la parte “blanca” o legal, dado que no tiene autoridad para buscar o inspeccionar instalaciones no declaradas oficialmente como integrantes de la infraestructura atómica nacional.
La caída espectacular del régimen de Saddam en Irak, así como las amenazas de Washington sobre el régimen de el Assad en Siria, habría dado más poder y credibilidad a esta escuela de pensamiento en los círculos de poder en Teherán. Eso explicaría el interés de la AIEA por montar un régimen de inspecciones amplio e intrusivas algo a lo que los líderes iraníes no dan de momento su acuerdo.
Por otro lado, y habida cuenta de los sonados fracasos de la AIEA, para frenar la proliferación abierta o encubierta, es difícilmente imaginable un sistema de controles e inspecciones que de las suficientes garantías internacionales de que las ambiciones nucleares de los ayatolas no se van a ver realizadas a su debido tiempo.
El continuado apoyo al terrorismo
Irán ha estado desde los comienzos de su revolución islamista en la lista del departamento de Estado norteamericano como país patrocinador del terrorismo internacional. De hecho, su generoso apoyo a grupos cono Hizbolah, Hamas, la Jihad Islámica Palestina y el Frente Popular para la Liberación de Palestina, es bien documentado y conocido. Irán les ha prestado entrenamiento, fondos, armas y un santuario desde el que planificar sus acciones y operar.
El énfasis actual contra Irán y su asociación con el terrorismo internacional viene dado por dos motivos básicos: la ola de rechazo generalizado al terrorismo tras el 11-S y la puesta en marcha de la llamada “Hoja de Ruta” para el proceso de paz entre palestinos e israelíes. En este segundo aspecto, Estados Unidos (e incipientemente la UE) ven en Hamas un grave obstáculo a una salida negociada sobre la base de la Hoja de Ruta, justo en un momento en que el Presidente americano está profundamente comprometido con dicho plan; Israel, a su vez, ve en Hizbolah el mayor peligro para cualquier opción de paz en la zona, dado que considera que este grupo formado en el Líbano a comienzos de los 80 gracias al denodado apoyo de la Guardia Revolucionaria iraní, es la principal fuente de alimentación de los terroristas palestinos en cuanto a financiación y sistemas de armas se refiere. En todo caso, Hamas e Hizbolah son prolongación del esfuerzo iraní en ser un actor privilegiado sobre el futuro de Israel, Estado al que consideran su enemigo y del que rechazan su existencia.
Por otro lado, y en la estela de los terribles atentados del 11-S, Washington ha venido denunciando que, tras la caída del régimen talibán en Afganistán, muchos de sus lacayos, incluidos operativos de Al Qaeda, encontraron refugio en Irán. Recientemente se ha denunciado que Saig al Adel, el responsable de seguridad de Al Qaeda, vive en Irán y podría estar relacionado con los atentados de Ryad del pasado mes de mayo. Igualmente, las autoridades militares norteamericanas dejan entrever que miembros del grupo iraquí fundamentalista Ansar al Islam habrían huido de Irak para encontrar refugio en suelo iraní.
Aunque la vinculación entre Teherán y Al Qaeda es de momento débil, a diferencia de lo que solía decirse respecto a ese grupo y Saddam, en el caso de Irán no hay ninguna diferencia filosófica o religiosa que suponga un grave obstáculo o incompatibilidad para una relación provechosa para ambas partes. Y éste es un dato que se maneja con extraordinario cuidado en Estados Unidos.
En cualquier caso, la mezcla de riesgos a corto plazo para el proceso de paz en Israel y el espectro de una vinculación con Al Qaeda, con el trasfondo de un ambicioso programa nuclear, está en la base de la creciente presión diplomática sobre el régimen de Teherán.
La injerencia en el Irak post-Saddam
Los iraníes no veían en Saddam Hussein un amigo del que fiarse o con el que solidarizarse, particularmente tras los 8 años de guerra sangrienta iniciada por aquél. No es casual que Irán fuera el país donde menos manifestaciones contra la reciente intervención americana tuvieran lugar. Así y todo, las autoridades religiosas en Teherán tampoco ven con gran agrado la presencia de las fuerzas norteamericanas, las tropas del Gran Satán al fin y al cabo. En este sentido, Washington temía que Teherán intentara explotar algunos grupos shiís del Sur de Irak para complicar las tareas de pacificación y reconstrucción.
De hecho, Irán albergaba en su suelo al Consejo Supremo para la Revolución Islámica, un grupo opositor a Saddam y del que, en estos días, se tiene fundadas sospechas de que con la ayuda de la Guardia Revolucionaria iraní se está infiltrando en varias ciudades del Sur y centro de Irak, a fin de alimentar de manera organizada el sentimiento antiamericano en la población iraquí.
Los ayatolas de Teherán saben que no pueden despertar abiertamente las iras de los Estados Unidos, pero al mismo tiempo desearían controlar a los mulas iraquíes, particularmente de la ciudad santa de Najaf, faro religioso y competidor de la ciudad iraní de Qom, donde no se acepta la ley y jurisprudencia islámica tal y como la entienden los ayatolas de Irán.
En todo caso, este es un problema muy importante para la gestión de la post-guerra, pero de una naturaleza radicalmente distinta a los dos aspectos antes mencionados, las ambiciones nucleares y el apoyo al terrorismo. Sobre todo cuando se tiene en cuenta que los islamistas de uno y otro país han dado reiteradas muestras de responder antes a criterios étnicos que los diferencian claramente (los iraquíes son árabes, mientras que los iraníes son persas) y no a sus afinidades religiosas.
Las opciones políticas
Es comúnmente aceptado que hoy hay dos escuelas de pensamiento acerca de cómo relacionarse con el Irán fundamentalista: la de quienes ven en el desarrollo social iraní el germen de una oposición a los ayatolas y, por tanto, creen que la transformación del régimen desde dentro –y pacíficamente- es posible y no sólo deseable; y la de quienes juzgan que las fuerzas reformistas nunca serán tan relevantes y potentes como para promover un cambio y que quien es y seguirá siendo fuerte son las facciones más inmovilistas. La adscripción ideológica a una u otra escuela determina el rumbo y el tipo de acciones a emprender de manera clara. Para los primeros nada hay que hacer que pueda poner en peligro la existencia de las supuestas fuerzas del cambio y, por lo tanto, habría que contentar a los actuales líderes a fin de ir haciéndoles más y más abiertos y menos represivos; para los segundos, una política de compromiso con Teherán sólo reforzará a los más radicales y será un grave problema en una media docena de años, el tiempo necesario para que Irán se dote de armamento nuclear.
Sea como fuere, hay algunas cuestiones que se tienen que considerar inexorablemente:
En primer lugar, el programa nuclear de Irán es serio y está bien encaminado a dotarse de la capacidad de producir materiales susceptibles de uso militar;
En segundo lugar, no parece que haya grandes discrepancias entre “reformistas” (nacionalistas en un sentido clásico) y fundamentalistas más radicales (exportadores de la revolución) sobre la importancia de acabar contando con un arma nuclear;
En tercer lugar, el programa nuclear ha logrado despegar y acelerarse gracias a la ayuda e intervención coreana, rusa y de empresas de países de la Unión Europea. Ninguno de estos es favorable a la puesta en práctica de una política restrictiva comercial hacia Irán y mucho menos de un embargo. El propio ministro de energía ruso, Alexander Rumyantsev declaró el pasado 19 de mayo que la cooperación nuclear con Irán seguiría en la medida en que “hasta ahora no se ha violado ningún acuerdo internacional”.
Todo apunta, pues, a que una solución diplomática tiene que ser, por fuerza, compleja y lenta. Es más requeriría tal dosis de paciencia y habilidad negociadora por parte de Washington que es difícil de prever con el clima psicológico de la actual administración. Diversas personalidades norteamericanas han apuntado ya que no pueden esperar varios años hasta encontrarse con un Irán “coreanizado”.
El problema de fondo es que posiblemente el Pentágono no cuente con una opción militar que le garantice el éxito buscado, el desmantelamiento del programa nuclear iraní. De las tres alternativas imaginables, una acción como la que los israelíes realizaron en 1981 contra la central nuclear de Saddam en Osirak, una acción de comandos, y una intervención armada a gran escala, posiblemente la segunda sea la que más posibilidades de éxito tenga, aunque la que resulte más atractiva para los neoconservadores imperialistas democráticos sea la última, en la medida en que conlleva el cambio de régimen en Teherán, una opción verdaderamente estratégica.