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¿Para bien o para mal?
Colaboraciones nº 951   |  23 de Mayo de 2006
 
Después del 11-S, sólo hubo 7 países soberanos en Oriente Medio que representaban un peligro real para las políticas, y en algunos casos, para la seguridad de Estados Unidos: Afganistán, Irán, Irak, Libia, Pakistán, Arabia Saudí y Siria. Ignorando la histeria sobre el triángulo sunní en Irak, si miramos a estos países empíricamente, ¿se han convertido en una amenaza mayor o menor en los últimos 5 años?
 
Los talibanes en Afganistán habían dado refugio activamente a bin Laden y su al Qaeda. Sin su apoyo habría sido difícil de llevar a cabo la masacre del 11-S.
 
Irán era el principal patrocinador de Hizbolá, organización que había matado a más americanos que ninguna otra organización terrorista islamista y de la que se rumoreaba andaba buscando armas nucleares.
 
En Irak, agentes de Saddam Hussein estuvieron implicados en el primer atentado contra el World Trade Center. También se estuvieron viendo con operativos de al Qaeda durante los años 90 y ofreciendo santuario a los retoños de al Qaeda en el Kurdistán y después a los veteranos de Afganistán. Como bien observó el Senado de Estados Unidos en 2002, esto era además de los problemas generalizados con las zonas de exclusión aérea, el programa Petróleo por alimentos, violaciones de las resoluciones de la ONU y de los acuerdos del armisticio de 1991, a lo que hay que añadir periódicos bombardeos americanos como represalia.
 
Libia era un contendiente de facto de Estados Unidos provocando pasados ataques aéreos sobre Trípoli. Entre otras cosas, estuvo involucrada en el atentado de Lockerbie y tenía un programa clandestino de armas de destrucción masiva.
 
Pakistán había violado los protocolos de no proliferación de la ONU y de Estados Unidos. Sus servicios de inteligencia estaban infiltrados por islamistas radicales responsables del asesinato de personal diplomático americano y daban apoyo a los talibanes así como ayuda directa a los operativos de al Qaeda a lo largo de la frontera.
 
Arabia Saudí, cuyos 15 ciudadanos constituyeron la mayoría de los asesinos del 11-S, estaba pagando secretamente dinero de chantaje a los terroristas islámicos para desviar la rabia contra la familia real y dirigirla hacia Estados Unidos. La vasta influencia financiera del reino subsidiaba a “organizaciones benéficas” radicales y madrazas que ofrecían, a nivel mundial, las bases religiosas e ideológicas del extremismo islámico más radical y violento.
 
Siria se había tragado la mayor parte del Líbano y era un refugio de terroristas antioccidentales de Hamás a Hizbolá.
 
Cuatro años y medio después del 11-S, ¿cómo le ha ido a Estados Unidos neutralizando estas 7 amenazas?
 
Los talibanes ya no están. En su lugar está lo impensable: Una democracia parlamentaria que da la bienvenida a la economía abierta y a la inversión extranjera. Afganistán sigue plagado de traficantes de droga y terroristas que resurgen, pero después de una guerra exitosa que sacó a los talibanes del poder, a duras penas se parece a la pesadilla que existía antes del 11-S.
 
Irán está más cerca que nunca de la bomba, pero por lo menos hay un vigilancia a nivel mundial de sus maquinaciones, en una forma que no existía anteriormente. Teherán está sumido en una lucha mortal con el nuevo gobierno iraquí, tratando de minar la democracia con transplantes de sus radicales ganglios chiítas antes de que una cultura iraquí constitucional, diversa, llene de vitalidad a una población inquieta que supuestamente está cansada de teocracia. 
 
A los miles que morían anualmente a manos del aparato asesino de Saddam en Irak les han seguido otros miles de asesinados en luchas sectarias. Sin embargo, Saddam y la pesadilla baazista ya se fueron del poder en Irak, inspirando esperanza donde no había ninguna. Después de 3 elecciones ha surgido un gobierno democrático. A pesar del terrible coste en vidas y dinero americano, por lo pronto, no han podido estropear las elecciones, a pesar del terror diario no hay guerra civil y los americanos buscan reducir, no aumentar, su presencia.
 
Libia representa quizá el progreso más singular de todos. Estados Unidos quiere reestablecer relaciones diplomáticas poco a poco. Muamar Gadafi está abandonando su arsenal de armas de destrucción masiva. Y el país, de pronto, abrió sus puertas a los teléfonos móviles, Internet, televisión por satélite y ya no es el conducto financiero global del terrorismo internacional.
 
Pakistán sigue siendo gobernado por un dictador militar. Pero como resultado del acoso americano y la seducción financiera, lentamente está extirpando de su gobierno a los simpatizantes de al Qaeda, un gobierno que en raras ocasiones ataca a los terroristas que viven dentro de sus zonas fronterizas. En realidad, al Qaeda parece odiar al actual gobierno pakistaní tanto como odia a Estados Unidos.
 
Arabia Saudí ha sacado inmenso partido al precio del petróleo que está por las nubes, yendo de 30 a más de 70 dólares el barril. Y sin embargo, bajo presión de Estados Unidos, ha tomado duras medidas contra los terroristas de al Qaeda y ha saneado (en algo) lo de sus oficinas financieras en el extranjero, quizá la ola de ataques terroristas reactivos contra el gobierno de Riad sea por eso. Los esfuerzos americanos instando a la liberalización han recibido una tibia respuesta, dada la confianza que tienen en lo del petróleo y su argumento sofista de que por ahora una monarquía autocrática es la única alternativa a una teocracia que apoya el terrorismo.
 
Siria está fuera del Líbano gracias a la presión popular. Sigue apoyando a los terroristas que atacan a Israel – y ahora a Irak también – pero juzgando por su retórica, deben estar sintiendo la presión con una Turquía democrática, Irak e Israel en sus fronteras además de la nueva postura inflexible por parte de Estados Unidos.
 
De modo que ¿dónde nos deja todo esto? En todos los casos, creo que la cosa está más caótica, pero muchísimo mejor que antes del 11-S. Pocos argumentan que Afganistán o Irak estén peor de lo que estaban con los talibanes o con Saddam. Siria tampoco tiene una posición muy fuerte. A pesar de la disuasión nuclear que Pakistán y Arabia Saudí poseen respectivamente, se sienten cada vez más sensibles a los peligros del radicalismo islámico. Libia ya no es una peligro con armas de destrucción masiva que amenace a sus vecinos y es menos probable que dé financiación al terrorismo internacional. El factor impredecible es Irán, cada vez más cerca del éxito para obtener la bomba, pero también más cerca de quedarse aislado debido a la presión internacional y a los acontecimientos que no puede controlar por completo en la frontera con Irak.
 
¿Y de aquí adónde vamos? Estados Unidos tiene sus propias paradojas. Este progreso positivo – en sí, el resultado de un cambio radical del viejo apaciguamiento que usaba un misil de crucero como gesto impotente de respuesta o que aceptaba la realpolitik como medio para enfrentar a detestables dictadores entre ellos – ha resultado ser tan controvertido como caro.
 
Ha regresado una nueva vena de lo que podríamos llamar aislacionismo punitivo (“más escombros, menos problema”) en la que simplemente deberíamos soltar los bombarderos cuando hay evidencia de complicidad en ataques contra soldados americanos pero no poner ni un solo soldado en tierra, bajo ninguna circunstancia, para “ayudar” a semejante gente “incapaz” de vivir en una sociedad liberal civilizada.
 
La derecha dura es cándida en su rechazo pesimista al idealismo americano y está preocupada de que un nuevo Wilsonianismo muscular pierda la ascendente mayoría republicana y que traicione los principios conservadores.
 
La izquierda se lanza al neoaislacionismo ya que representa dejar una impronta menos “imperial” en el exterior y domésticamente se libera más fondos para subvenciones al mismo tiempo que es una forma de fastidiar a George Bush y recuperar el control del Congreso.
 
Lo que falta es una defensa coherentemente briosa, cerrada pero al mismo tiempo sencilla, acerca de nuestros esfuerzos desde el 11-S.
 
Primero, Estados Unidos no ha sido cínico en sus esfuerzos: Nadie se ha robado el petróleo, no se ha establecido ninguna hegemonía y se ha potenciado el ascenso de demócratas, no de dictadores. Estábamos apelando directamente a la gente de Oriente Medio, no negociamos su futuro con el mulá Omar ni con Saddam Hussein. Ningún otro país en el mundo entero, siendo importador de petróleo, habría intentado presionar a los saudíes a tomar el camino de la reforma en un momento de escasez de petróleo mundial – ni Francia, ni China, ni India.
 
Segundo, nunca hubo buenas alternativas después del 11-S. El viejo apaciguamiento solamente sirvió para envalentonar a los terroristas, desde 1993 en Manhattan hasta el atentado en Yemen contra el U.S.S. Cole. El Irak de Saddam era inestable. Sólo era cuestión de tiempo antes de que un Saddam lleno de energías renovadas gracias a los frescos beneficios del petróleo, reanudara sus ambiciosos afanes después de que 12 años de zonas de exclusión aérea y de embargos polémicos, pero más parecidos a un coladero, cansasen a Occidente. Dada la premisa que los dictadores apoyaban a los terroristas en una maldita alianza de conveniencia y ellos mismos tenían acceso a petróleo y armas, no había ninguna buena solución, fuere que los dejaramos en paz o que elimináramos a los peores.
 
Tercero, según el estándar de Granada, Panamá y los Balcanes, nuestras bajas han sido muchas. Pero la lucha de Oriente Medio es de otro tipo; es existencial, la derrota significa más ataques al territorio americano y la victoria de cambiar el panorama de la región presagia el fin del nexo al terror islámico. En ese respecto, hasta ahora hemos sido afortunados, 4 años y medio después, evitando el nivel del coste del primer día de la guerra que se cobró la vida de 3.000 americanos y que resultó en billones de dólares en daños económicos.
 
Cuarto, la estrategia no era completamente militar o política, mucho menos aún caracterizada por prevención o unilateralismo. Irak no era el modelo en el cual basarse para llevar a cabo acciones militares sin fin sino el gambito de altos vuelos que ofrecía una verdadera esperanza de lograr asociar el cambio desde Pakistán hasta Trípoli una vez que Saddam se hubiese ido y que se hubiese establecido un gobierno constitucional en su lugar.
 
Quinto, no se sabe si algo es bueno hasta que se pone a prueba. Al acercarnos al quinto año, no hemos tenido ningún ataque posterior en Estados Unidos. Toda una industria intelectual ha surgido para educar a Occidente sobre el fascismo islámico radical, algo que mayormente nos faltaba antes del 11-S.  Nuestros enemigos en al Qaeda están muertos, arrestados, escondidos o perdiendo en Irak; abrazar el islam radical en Oriente Medio conlleva, por lo menos ahora, la consecuencia del temor ante una reacción imprevisible por parte de Estados Unidos.
 
Todavía seguimos en algo así como en una carrera, esperando que Afganistán e Irak entren un período de estabilidad democrática y que la violencia llegue a su fin antes que el pueblo americano se canse de las imágenes diarias a tal punto que exijan el fin prematuro de nuestros esfuerzos ayudando al nacimiento de la democracia. Mientras los americanos hacen el impopular trabajo de restaurar la esperanza en Oriente Medio, los indiferentes europeos se presentan como la alternativa moderada, los chinos comercian más que nunca, los rusos causan más problemas que nunca y los árabes en sus emiratos ganarán más dinero que nunca.

 
 
Victor Davis Hanson es un prestigioso historiador militar, escritor y columnista sindicado de Estados Unidos. Actualmente es investigador especialista de la Institución Hoover.
 
©2006 Victor Davis Hanson
©2006 Traducido por Miryam Lindberg
 


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