(Publicado en ABC, 23 de mayo de 2006)
Tenía que ocurrir y ha sucedido de la peor manera posible.
Desde esta columna hemos comentado con anterioridad la amenaza que para la seguridad europea suponen los programas iraníes de misiles y armamento nuclear, así como la necesidad de establecer un sistema regional antimisiles. Anteayer
The Washington Times filtraba la
noticia de que la OTAN está a punto de reconocer su necesidad y de proponer una primera estructura. Ayer
The New York Times adelantaba que Polonia y Chequia, la «Nueva Europa» rumsfeliana, parecen dispuestas a aceptar la instalación en su territorio de diez interceptores que, guiados desde radares en el Reino Unido y Groenlandia, tratarían de cortar el paso a cualquier cohete enemigo.
Cuando el presidente Reagan consideró que había llegado el momento de poner fin al Tratado ABM, por el que EE.UU. y la Unión Soviética se comprometían a no instalar sistemas antimisiles, los europeos nos escandalizamos. La propuesta de un sistema nacional de defensa antimisiles fue criticada desde el Viejo Continente por técnicamente imposible y por inútil. Aún así los norteamericanos siguieron adelante, con la colaboración de los israelíes.
A principios de la década, Washington ofreció a Europa, en el marco de la OTAN, un sistema mixto, con desarrollos tecnológicos de uno y otro lado. Las empresas europeas, con las francesas a la cabeza, lo celebraron. Era una gran oportunidad para acceder a las patentes americanas y generar propias. Sin embargo, la propuesta quedó en nada. Para unos, un escudo antimisiles era innecesario ¿quién nos quería atacar?; para los políticos franceses el escudo era necesario, pero europeo y con tecnología propia. El lelo pacifismo de unos y el ciego nacionalismo del otro hicieron perder una oportunidad de oro.
Ahora el lobo ya está en la puerta y, una vez más, la altiva Europa corre a esconderse bajo las faldas del tantas veces despreciado y criticado imperio americano ¡y con Bush a la cabeza! La propuesta de la OTAN intenta aprovechar sistemas tácticos ya existentes, como los «Patriot» (tierra-aire) o los «Aegis» (mar-aire), y vincularlos al sistema norteamericano, que se vería reforzado por los nuevos «interceptores».
Se trataría de ampliar el «escudo» nacional norteamericano, con muy limitado beneficio industrial para Europa y con escaso control militar. Nuestros políticos no podrán quejarse de imperialismo. Desperdiciaron irresponsablemente el tiempo, ignoraron ventajosas ofertas y todo para acabar dependiendo de la voluntad norteamericana para defendernos.
Los europeos seguimos confundiendo la retórica con la política. Se nos llena la boca de antinorteamericano para, a la postre, ser incapaces de desarrollar un modelo continental. Cuando el nacionalismo ciega y la falta de valores lleva al entreguismo, difícilmente podrá existir Europa.