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El defensor de la libertad de Francia: Jean-François Revel, 1924-2006
Colaboraciones nº 944   |  19 de Mayo de 2006
 
Jean-François Revel, que murió a los 82 años el 30 de abril, fue una rareza en un paisaje de intelectuales izquierdistas reconvertidos a conservadores. Revel se convirtió en el primer neoconservador francés, no en materia política, sino como defensor de la no-conformidad intelectual y de la visión radical de la libertad personal.
 
Comencé a seguir su trabajo desde los inicios, y su ruptura directa con la izquierda a finales de los años 60 fue tan sorprendente como la del poeta mexicano y ganador del Nobel de literatura Octavio Paz. Ambos hombres vieron una progresión directa desde la disidencia dentro de la izquierda a la denuncia de una izquierda que creía poder sobrevivir sin controversia interna y por tanto sin responsabilidad en los crímenes cometidos en nombre del socialismo y la liberación. En términos americanos, Revel recordaba más al crítico de arte Hilton Kramer que al periodista Whittaker Chambers. El modernismo elevado en la cultura, basado en el experimento y la protesta, era para él más importante que la renovación de los valores políticos, religiosos o sociales del pasado. Pero puesto que la libertad era un imprescindible, se convirtió en un feroz anti-totalitario.
 
En el punto álgido de la rebelión de los 60, vi por primera vez el nombre de Revel en un taco de panfletos que editaba en París con el título perenne de Libertés ("Libertades"). Recuerdo una tarde de 1968, sentado en el ático del cuartel general de la Beat Generation[1], la City Lights Book Shop de San Francisco, donde acababa de aparecer el último envío de librillos procedentes de Francia. La serie, presentada en papel de embalaje marrón e incluyendo discusiones de los surrealistas franceses André Breton y Benjamin Péret, cautivó mi atención. El texto de Breton, bajo el título Flagrante Delicto, atacaba ferozmente una presunta falsificación de un poema de Rimbaud. El texto de Péret era un devastador ataque contra los surrealistas franceses que se convirtieron en estalinistas, en un idioma de confrontación que continúa siendo chocante hoy, puesto que los escritores con los que se cebaba Péret -- como el compositor de poemas Paul Éluard -- se han convertido en iconos de la poesía mundial.
 
Revel poseía credenciales impresionantes como revolucionario cultural. Se encontraba entre los críticos más abiertos del gobierno semi-monárquico de Charles de Gaulle, empezando en 1958, y su nombre se incluía, junto a los de Breton y otros surrealistas, entre los firmantes de un documento aún célebre en Francia, la "Declaración de los 121 acerca de el Derecho a la Desobediencia en la Guerra Argelina" de 1960. Redactado por el filósofo literario Maurice Blanchot y el crítico cultural Claude Lanzmann, que se hizo famoso por su película documental de 9 horas y media acerca del Holocausto Shoah, la declaración también fue firmada por Sartre, Simone de Beauvoir, la actriz Simone Signoret, y unas cuantas estrellas más de la misma magnitud. La "Declaración de los 121" fue la última vez en que los modernistas radicales, cuya trayectoria había comenzado en los años veinte, jugarían un papel relevante en la vida política francesa. Pero para Revel sería un paso previo a un nuevo viaje.
 
Descubrí, hace todos esos años, que dos de los libros de Revel habían salido en inglés -- ambos inteligentes y ácidos, pero olvidados hoy. Uno, con el título inocuo de Los franceses cuando fue impreso aquí en 1966, era un aterrador examen de la falta de carácter político frente al Gaullismo. Un trabajo previo incluso más desconocido, En lo que respecta a Italia, había aparecido en inglés en 1959 y era brutal en su demolición de las pretensiones espirituales y culturales de los herederos del legado romano.
 
Pero todo cambió completamente en 1970, cuando Revel publicó Sin Marx o Jesús, un tributo a "la nueva revolución americana" que dejó atónitos a sus antiguos camaradas de la izquierda radical. Sin Marx o Jesús hizo a Revel internacionalmente famoso, no menos en Estados Unidos. Le conocí en su gira literaria, cuando habló en un centro universitario público de San Francisco. Por contar toda la verdad, encontrar algo atractivo en América le convertía en demasiado problemático para ser escuchado en la Universidad de California en Berkeley o en la Universidad Pública de San Francisco, en esos centros de estalinismo reanimado. Él parecía no conocer la diferencia, y estaba complacido de tener oportunidad de ver la Costa Oeste.
 
Su siguiente dispositivo incendiario fue un libro llamado La tentación totalitaria, publicado en francés en 1976 y en inglés al año siguiente. En él condenaba a la generación que produjo la Nueva Izquierda. Su nuevo libro era menos provocador, pero simple y llanamente espinoso. Continuó ése siete años más tarde con Cómo perecen las democracias, en el que describía la democracia como el primer sistema de la historia que, confrontado con un poder que quiere destruirla, se acusa a sí misma...
 
La marca distintiva de nuestro siglo es la humildad con la que la civilización democrática acuerda desaparecer y trabajar para legitimar la victoria de su enemigo mortal. Que el comunismo haya sido más inteligente y eficaz en su ofensiva solamente sería un ejemplo adicional de un poder que es mejor estratega que otros... Es menos natural y novedoso que la civilización atacada no solamente juzgue que su derrota está justificada, sino que proporcione amplios motivos a sus partidarios, así como a sus adversarios, para clasificar toda forma de autodefensa como inmoral, o como inútil y superflua en el mejor de los casos, por no decir directamente tenebrosa.
 
Estas frases elocuentes eran escritas hacia el final de una Guerra Fría a cuya resolución con éxito Revel contribuyó tanto, pero que también demostró que algunos enemigos de la democracia perecerían ante la democracia misma. Son apropiadas aún hoy en la lucha contra el islamofascismo.
 
Recuerdo con gran aprecio mi descubrimiento del trabajo de Revel y mi encuentro con él, y el necesario desafío moral representado en La tentación totalitaria. Temo que vayamos a ver pocos o ningún hombre como él, a los que valía compararse con Orwell pero que nunca lo harían, por modestia. La idea de que una vez hubo una izquierda que anteponía la verdad a la manifestación política, y la democracia a la incitación de la multitud, parece ya una leyenda tan distante como las primeras victorias de Napoleón, por no decir imposible, como la producción del oro en la alquimia.
 
La izquierda nunca volvió a atraer a personas con el talento de Revel, y unos cuantos entre los neoconservadores con los que nunca se identificó, ni en Francia ni en nuestras costas, podrían igualarle en pasión y elocuencia. Cuando se escriban historias más frescas y objetivas del siglo XX, libres del peso de la corrección política, sé que la línea de conducta seguida en Francia por particulares como Revel, que permanecieron impasibles al poder político incluso cuando ostentaban gran influencia, será vista como estándar frente al que todos los demás serán juzgados.
 
Al margen de las tristes realidades que nos forzó a confrontar, Jean-François Revel continuó siendo un hombre, por encima de todo, de humor y protesta. Nunca confundió los ideales democráticos con la cruda violencia de la propaganda izquierdista. Aquellos de nosotros que seguimos su camino tendremos suerte si alguno de nosotros puede, por fin, ser comparado con él. Una especie de entropía ha tomado el mundo de las ideas; los colores se han marchitado en gris, la pasión y el compromiso se han desvanecido, y muy pocos tienen el estómago para grandes batallas de principios. O así se nos dice ahora.
 
Revel fue un enemigo vitalicio de esta nueva edad glacial espiritual. Llegará otro deshielo, y los hombres y mujeres de nuevo creerán con todo su corazón en la libertad; pero cuándo, no lo sabemos decir. Espero que entonces el valor y la grandeza de Jean-François Revel no hayan sido olvidados.

 
Stephen Schwartz (Suleiman Ahmed Schwartz) es musulmán sufí y director y fundador del Centro para el Pluralismo Islámico de Washington, la principal institución islámica moderada del mundo. Formado como periodista y escritor, es autor de “Las dos caras del islam“ y columnista regular de la revista The Weekly Standard, el Globe & Mail canadiense y el diario mexicano La Reforma.
 
Notas


[1] Beat Generation fue un movimiento de escritores y artistas fuertemente influenciados por la filosofía y la religión, muy popular en los 50 y principios de los 60, principalmente por su uso de todo lo que no fuera convencional y su rechazo a los valores sociales.
 


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