El debate en Estados Unidos acerca de cómo hacer frente a Irán mientras busca armamento nuclear, discurre así:
Muchos conservadores temen que la administración Bush — tocada por el revés de Irak y las decrecientes cifras de popularidad — haya descartado la opción militar. Argumentan que los debates sin final y las tentativas de diplomacia sólo han reforzado a la teocracia iraní.
Los liberales responden que el programa armamentístico de Irán está sobrestimado al estilo de los arsenales nucleares fantasma de Saddam Hussein. Temen que pronto representemos otro ataque preventivo — sin otro motivo que jugar con fuego y repuntar las cifras de aprobación del presidente. Incluso si Irán logra la bomba, argumentan, ¿y qué? ¿No vivimos ya con un Pakistán islámico nuclear?
La mayoría de los americanos, no obstante, probablemente comprenda la presente posición norteamericana. Nos hemos resignado al hecho de que el presidente de Irán, Mahmoud Ahmadinejad, está tan decidido a, como impaciente por obtener sus propios proyectiles atómicos — y que tenemos que detenerle de alguna manera en el último momento.
Para los mulás de Irán en el poder y para Ahmadinejad, no hay ninguna desventaja en buscar y quizá con el tiempo obtener un arma nuclear. El tema ayuda a desviar la atención de los problemas nacionales del país, humilla a los diplomáticos occidentales, y amenaza a los productores de petróleo rivales del Golfo. Además, Ahmadinejad puede jactarse de que Irán es hoy el estado islámico que más preocupa a Israel, al tiempo que chantajea a las capitales europeas que pronto estarán dentro del radio de alcance.
Mientras tanto, los Estados Unidos, por un abanico de motivos comprensibles, no está impaciente por destruir las instalaciones nucleares de Irán. Un juego popular actual imagina las pesadillas de tal ataque preventivo: sería difícil saber si eliminamos todas las centrifugadoras. Los precios del petróleo empeorarían aún más. Algunos chi'íes de Irak se revolverían contra nuestras tropas. Podrían desencadenarse terroristas con bombas sucias en ciudades occidentales.
De modo que, en la calma previa a la tormenta, Estados Unidos debería detenerse y dar una oportunidad a sus críticos de ofrecer alguna solución multilateral o de tercera vía utópica.
¿Las soluciones aportadas hasta la fecha? Dejar que los “duchos partidarios” de Europa interpreten al poli bueno frente al "inestable y violento" poli malo americano. O implicar a Rusia y China en más diplomacia con la esperanza de que valoren la estabilidad regional por encima de sus propios intereses económicos. Después está la opción de la ONU -- ¿podría redimirse la comunidad internacional con sanciones y embargos tras el escándalo petróleo por alimentos?
Pero teniendo en cuenta la historia reciente, y lo bien que los impetuosos líderes de Irán persiguen su programa nuclear — para armamento, no como profesan tan a menudo, simplemente para energía — es difícil imaginar que, por su cuenta, estas soluciones propuestas vayan a suponer gran cosa.
La buena noticia es que Irán, al igual que todas las sociedades anquilosadas de la presente era de comunicaciones globalizadas, es inestable. Los teócratas del siglo VIII en el poder podrían descubrir que sus propios ciudadanos cuestionan si una bomba vale el ostracismo internacional y la amenaza de ataques aéreos militares.
Al mismo tiempo, lo que está sucediendo hoy en Irak debe ser motivo de gran preocupación para la cúpula iraní. Jawad al al-Maliki, el nuevo primer ministro iraquí, por ejemplo, es un nacionalista. Él, al igual que otros chi'íes, ha demostrado que no está dispuesto a ser un títere iraní. Mientras Ahmadinejad promueve la muerte, ¿cómo reaccionarán los iraníes a las imágenes de ciudadanos libres afirmando la vida en una nueva democracia en Irak?
En otras palabras, ¿la nueva liberalidad de Irak demostrará ser más desestabilizadora para Irán de lo que los agentes de Ahmadinejad hacen a Irak? Mientras emerge el ejército fuerte de 300.000 efectivos de Irak como una fuerza bien entrenada y equipada, uno sospecha que la respuesta es sí.
Nota: George Bush ha sido relativamente discreto durante la crisis; Ahmadinejad es el que está perdiendo los papeles en el escenario central. Así, berrea a diario ante las cámaras con borrar a Israel del mapa o liberar a sus terroristas islámicos por todo el globo.
En la presente oportunidad breve entre el enriquecimiento por parte de Irán y su etapa final hasta la producción de armamento, debemos mantener la calma y dar a Ahmadinejad aún más cuerda para que se ahorque. Mientras su presente histeria crece, europeos exasperados o vecinos nerviosos en la región podrían hasta solicitar a Estados Unidos tomar medidas — en la práctica, ser un poco más unilaterales y preventivos a la hora de hacer saber a los iraníes que su adquisición de un arma nuclear nunca tendrá lugar.
Por ahora, nuestra mejor arma pacífica en el poco tiempo que nos queda es, irónicamente, nuestro propio silencio y esperanza en que un Irak en democratización se estabilice, y a su vez desestabilice al Irán antidemocrático. Así que dejemos a Ahmadinejad continuar estableciendo nuestra defensa de porqué no puede permitirse a un psicópata ser nuclear. Mientras tanto, dejemos a los confiados internacionalistas multilaterales su tan esperada oportunidad de diplomacia, y preparémonos para lo peor.