La España actual sería difícil de entender sin la existencia de la Guardia Civil en el último siglo y medio de nuestra existencia como Nación. La Guardia Civil continúa siendo hoy un pilar fundamental para la seguridad y la libertad de todos los españoles y una institución esencial para garantizar la presencia y la autoridad del Estado en todo el territorio nacional. La sociedad española tiene mucho que agradecer a un Cuerpo que ha sido la vanguardia en la lucha contra el terrorismo y que por ello ha sufrido también con más intensidad que nadie los zarpazos del terror. Su tradición benemérita hace que sea una institución especialmente valorada y querida por todos los ciudadanos.
Hoy la Guardia Civil es más necesaria que nunca para la sociedad española. El terrorismo yihadista, que tan salvajemente nos golpeó el 11 de marzo de 2004, sigue constituyendo una amenaza existencial para España, para la Unión Europea y para el conjunto de la civilización occidental. La inmigración ilegal masiva, más allá del drama humano que representa, constituye un riesgo para el futuro de la estabilidad de nuestra sociedad. El crimen organizado, en especial el narcotráfico, se ha expandido en España con especial intensidad, provocando una delincuencia más violenta y peligrosa. Frente a todas estas amenazas emergentes, la Guardia Civil ha demostrado una probada eficacia.
Paradójicamente el futuro de la Guardia Civil no está exento hoy de dudas. Una institución que nació en su momento para superar la multiplicidad de pequeños cuerpos policiales y cuya mera existencia simboliza como pocas otras la unidad de nuestra Nación, parece tener un difícil encaje en la España confederal que Rodriguez Zapatero está empecinado en inventar. Por otro lado, la Guardia Civil representa unos valores de honor, disciplina, sacrificio, vocación y entrega que resultan a su vez incompatibles con el absoluto relativismo moral que caracteriza el socialismo español actual. Finalmente, un cuerpo de seguridad que ha hecho de su neutralidad política una de sus señas de identidad a lo largo de su historia, que ha situado la ley, el deber y la lealtad como sus guías básicas de actuación y que por su propia organización es poco permeable al juego partidista, puede llegar a resultar incomodo para un Gobierno que ya ha demostrado no tener ningún escrúpulo para poner los instrumentos del Estado al servicio de los intereses de partido.
Hay además una crisis interna, aunque el actual ministro se empeñe en negarla. La realidad es que los guardias civiles no ven compensada la especial dureza de su servicio con un adecuado reconocimiento en sus retribuciones y en sus derechos profesionales. Con los gobiernos del Partido Popular hubo algunos avances, como la regulación de un horario de servicio, de un periodo mínimo de descanso o la promulgación de una serie de normas que daban mayor seguridad jurídica a los guardias, así como un proceso de modernización no solo material sino también doctrinal. Lo sorprendente es que el PSOE, que había prometido en la oposición grandes mejoras para los guardias y una reforma profunda de la institución, paralizase ese proceso de modernización ya en marcha durante sus dos años el poder. El nombramiento como Director de un general ajeno al Cuerpo fue un gran error que se reconoce ahora con su cese, pero con enorme retraso y un gran coste para la institución. La frustración provocada por tanto engaño está en el origen de una movilización de guardias civiles que pone en cuestión no solo la naturaleza, sino la propia supervivencia del Cuerpo
No es previsible, en todo caso, que el Gobierno afronte la desmilitarización de la Guardia Civil, comprometida en campaña electoral por el hoy ministro de Trabajo, o la fusión de las Fuerzas de Seguridad del Estado que se insinuaba en su programa electoral. Pero existe el riesgo de una desaparición lenta de la institución, casi por inanición. Los planes pasan por recluir la guardia civil en un ámbito estrictamente rural, sustituyéndola en la periferia de las ciudades por el Cuerpo Nacional de Policía. Más a largo plazo, la idea puede ser convertir gradualmente a la Guardia Civil en una policía estrictamente uniformada, desplazándola de determinadas áreas de investigación o información. Todo esto puede tener su traducción en la adjudicación de unos siempre escasos recursos humanos y materiales.
Desnaturalizar o debilitar la Guardia Civil sería uno de los más graves errores que podría cometer el Gobierno de Rodríguez Zapatero. Es el momento, por el contrario, de potenciar y modernizar la Guardia Civil. Frente al aumento de la inseguridad ciudadana que padecemos y la emergencia de amenazas especialmente graves para nuestra democracia, necesitamos una Guardia Civil que mantenga su despliegue por todo el territorio nacional, que mejore de forma sustancial las condiciones profesionales de sus guardias y sus dotaciones de material, empezando por adecentar unas infraestructuras muy deficientes, y que pueda hacer compatible su ineludible modernización con la pervivencia de unos valores fundacionales que la han forjado a lo largo de su historia y que la han hecho acreedora de la más alta estima social. Para ello el Gobierno contará con nuestra más leal y entusiasta colaboración.