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Teherán gana tiempo
En letra impresa nº 530   |  9 de Mayo de 2006
 
(Publicado en ABC,  9 de mayo de 2006)

El secretario general de la Agencia Internacional de la Energía Atómica cumplió con su cometido y envió el preceptivo informe sobre Irán al Consejo de Seguridad. Ya no caben más demoras. Los miembros del Consejo, en particular los cinco grandes, tienen que «hacer algo» que justifique su papel como garantes del orden internacional, además de la propia existencia del Consejo. Las conversaciones están avanzadas, el borrador europeo se encuentra sobre la mesa... pero, en realidad, nadie espera nada.
 
Dos de los grandes no están dispuestos a poner en peligro sus intereses sancionando a Irán. Otros dos no están en condiciones de hacerlo, aunque quisieran. El quinto quiere y puede, pero prefiere esperar a un momento más oportuno. Todos están de acuerdo en lo fundamental: hay que ganar tiempo, aunque sólo sea para marear la perdiz de una opinión pública que se empeña obstinadamente en creer que el Consejo de Seguridad es la clave de nuestra seguridad.
 
Los cinco saben que el Consejo no va a hacer nada relevante, a menos que Irán cambie de opinión, lo que hoy por hoy resulta una posibilidad remota. Pero son también conscientes de que no pueden comunicar al mundo obviedades como que el régimen de no-proliferación está muerto o que el Consejo de Seguridad ni ha cumplido ni va a cumplir en el futuro las elevadas funciones que se le asignaron en la Carta de San Francisco. Hay que guardar las formas.
 
Sin embargo, el paso del tiempo beneficia a Irán, casi tanto como la falta de una política común. En un mismo día nos enteramos de que el presidente Ahmadineyad ha enviado una carta a su homólogo norteamericano planteándole un marco global de diálogo, mientras que Samuel Berger, el que fuera consejero de Seguridad Nacional de Clinton, propone una negociación bilateral entre Estados Unidos e Irán afrontando abiertamente el conjunto de temas que afectan a su relación, desde el programa nuclear hasta Irak, pasando por Hizbolá o Hamás.
 
Hasta la fecha Washington se ha negado a negociar con Irán, salvo aspectos concretos en Irak. La razón es evitar dar más reconocimiento del aconsejable a un régimen fundamentalista que difunde el odio entre los pueblos y apoya el terrorismo. Sin embargo, la falta de perspectivas se vuelve en su contra y la opinión reclama nuevas iniciativas. Paradójicamente, los multilateralistas exigen bilateralismo, descargando en Estados Unidos la responsabilidad del resultado. El gesto no es inocente. De lo que se trata es de «resolver» la crisis aceptando que Irán se convierta en una potencia nuclear. Para ello, el primer paso es enfangar a Washington en una negociación sin solución que evite el uso de la fuerza. Repetir la experiencia que se vivió con Corea del Norte y con el mismo resultado.


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