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Errores del pasado, enseñanzas para el presente
Reseñas nº 57   |  4 de Mayo de 2006
 
(Del libro Los siete pecados capitales del imperio alemán en la Primera Guerra Mundial de Sebastián Haffner, Ediciones Destino, Barcelona, 2006)
 
Ediciones Destino está acometiendo la traducción al español de algunas de las obras más importantes de Sebastián Haffner, fallecido en 1999. Salvo error u omisión, antes de este esfuerzo editorial, en España tan sólo se había publicado El pacto del Diablo, gracias a una traducción de la Editorial Bruguera de 1972, libro que, por otra parte, Destino se propone reeditar. Haffner, alemán de origen, se exilió en 1938 a Inglaterra donde trabajó de periodista hasta que en 1954 regresó a su tierra. No es, por tanto, un historiador profesional. El libro que ahora nos presenta Destino es una pequeña joya bajo la forma de breve ensayo histórico. Fue escrito en 1964, con ocasión del cincuenta aniversario del inicio de la Primera Guerra Mundial. Como corresponde a un periodista, el ensayo está escrito con un ojo puesto en la actualidad política del tiempo en que Haffner escribe. Por eso, el libro termina con un epílogo en que el autor sostiene que la Alemania Federal de 1964 estaba cometiendo los mismos siete errores que la Alemania guillermina de 1914, cuya descripción constituye el núcleo central del libro. El propio Haffner reconoce en un segundo epílogo, añadido en 1981, que tal comparación carecía de base real y dedica veinte páginas a explicar por qué en 1964 sí estaba justificado hacerla. El lector de hoy puede, como diría Cortázar, prescindir sin remordimientos de la lectura de ambos pues, con independencia del valor, seguramente discutible, que pudieran tener en las fechas en que ambos fueron escritos, hoy son perfectamente prescindibles. En cambio, los capítulos dedicados a los siete pecados capitales que Haffner cuenta que cometió el Imperio alemán durante la Primera Guerra Mundial palpitan frescos como si acabaran de ser escritos. No sólo, sino que el estilo periodístico de Haffner, liberado de la bibliografía, de las notas y del resto del aparato que debe acompañar a toda obra académica para merecer tal nombre, hace que el opúsculo se lea de un tirón y conduzca al lector de 2006 familiarizado con los debates estratégicos que giran en torno a la Primera Guerra Mundial a una sana reflexión. Se trata pues de tan sólo 122 páginas de generosa letra apenas suficientes para llenar las horas de un viaje en tren, pero, precisamente por eso, hoy, que muchos necesitan, no sabría explicar por qué, 400 páginas para decir lo que muy bien podrían haber dicho en 100, se agradece la honestidad intelectual de no reclamar del lector más tiempo del realmente necesario para leer lo que uno quiere contarle.
 
Los siete pecados capitales que, según Haffner, cometió Alemania en la Primera Guerra Mundial son: el alejamiento de Bismarck; el plan Schlieffen; Bélgica y Polonia; la guerra submarina; la bolchevización de Rusia; Brest Litovsk; la puñalada de Ludendorff (la verdadera).
 
No hay espacio para examinar uno a uno. Además, la importancia de unos y otros es desigual, seguramente por la necesidad de que los pecados, puesto que son capitales, sean siete. A lo largo de toda la obra, en los siete capítulos, hay sin embargo unas pocas acusaciones, que son las esenciales: la política expansionista o, en terminología de 1914, la Weltpolitik; el abandono del sistema bismarckiano; y la supremacía que se permitió que los militares tuvieran sobre los políticos. Algunas otras acusaciones, como la cobardía (y la estulticia) de Ludendorff, tienen desde nuestra perspectiva actual, fuera de Alemania, interés relativo, y otras, que tienen en cambio un evidente interés estratégico-militar, como son el empeño en conservar Bélgica o la guerra submarina contra EE UU, constituyen decisiones equivocadas que de algún modo fueron fruto de esos tres grandes errores anteriormente mencionados y que son las tres grandes acusaciones que Haffner imputa a su país.
 
La Weltpolitik
 
En efecto, Haffner acusa a Alemania de no conformarse con lo mucho que ya era. En esto, como en tantas otras cosas, Alemania abandonó la sabia política de Bismarck. Éste creía que Alemania y sus vecinos necesitaban tiempo para digerir su nuevo gran tamaño y de hecho promovió la pequeña Alemania, sin Austria, precisamente para que el nuevo monstruo nacido en el centro de Europa no produjera más inquietudes de las imprescindibles (y de paso, que la nueva Alemania se forjara al rededor de Prusia, su patria). Pero Bismarck tenía que saber, como lo sabían todos los que eran capaces de ver un poco más allá de la superficie en la política europea, que tarde o temprano Alemania desafiaría el primado de Gran Bretaña (baste para probarlo recordar el comentario de Disraeli durante la guerra franco-prusiana de 1871: Esta guerra representa la revolución alemana, un acontecimiento político más importante que la revolución francesa del pasado siglo (...). Ni un solo principio, de los que hasta ahora ha servido para distinguir nuestras relaciones exteriores y que hasta hace seis meses eran aceptados por nuestros estadistas, sigue siendo válido (...). El equilibrio de poder ha sido completamente destruido y el país que más sufre y más siente los efectos de esta guerra es Inglaterra). Ahora bien, creo que a Haffner, como ocurre a menudo en los países derrotados, el orgullo no le permite concebir más equivocaciones que las propias. Las dos Guerras Mundiales pueden desde luego contemplarse como el esfuerzo culpable de Alemania por alcanzar el primado mundial, tal y como lo describe Haffner, pero también podrían verse como el esfuerzo culpable de Gran Bretaña por no abandonar el primado que ocupaba, mucho más culpable cuando, a pesar de haber ganado esas dos guerras, no supo sostenerse a la cabeza del mundo y salió de ellas convertida en una potencia de segundo orden, casi tan poco relevante como la Alemania derrotada.
 
El abandono del sistema bismarckiano
 
Es sabido que el sistema bismarckiano tenía como principal finalidad impedir que Francia y Rusia llegaran a ser aliados para evitarle a Alemania tener que combatir en dos frentes a la vez. Bismarck fundó su sistema en la manipulación de una falsa solidaridad ideológica entre los tres imperios conservadores del centro y el este de Europa (Alemania, Austria-Hungría y Rusia) para enfrentar esa alianza ideológica a la supuestamente peligrosa Francia revolucionaria. Luego, para terminar de aislar a ésta, le bastó renunciar a toda rivalidad colonial con Gran Bretaña para que sus dirigentes siguieran aferrados a su tradicional política de espléndido aislacionismo y se negaran a suscribir ninguna alianza estable con nadie y, por tanto, tampoco con Francia. Cuando, ido Bismarck, la Alemania guillermina se decidió por una Weltpolitik, el sistema se fue al traste, pues tal política expansionista tenía que entrar en conflicto con todas las potencias coloniales, Gran Bretaña, Francia y Rusia (el hecho de que la expansión rusa se hiciera por tierra y no por mar no la hacía menos colonial que Gran Bretaña o Francia). Sin embargo, y aquí es donde brilla la visión estratégica de Haffner, el abandono del sistema bismarckiano, según él, no impedía que los políticos alemanes pudieran haber ideado un nuevo sistema que protegiera a su país de una alianza de los otros tres a base de apoyar los intereses coloniales de uno o de otro frente a los demás allí donde no colisionaran con los alemanes. En vez de eso, la Alemania guillermina se alió con la potencia más débil de las cinco, Austria-Hungría, y se fue enfrentando una a una a todas las potencias coloniales provocando tres alianzas contra natura, la surgida entre la Francia republicana y la Rusia zarista, primero; después, la que unió a las potencias que se enfrentaron en Fashoda, Gran Bretaña y Francia; y finalmente logró que Rusia y Gran Bretaña superaran décadas de enfrentamiento en el Gran Juego de Asia central. Por lo tanto, lo que destaca Haffner es que la torpeza no consistió tanto en abandonar el timorato sistema bismarckiano, insostenible a largo plazo, como en no acertar a mantener enfrentadas en su beneficio a sus tres rivales coloniales.  Esta llamada de atención constituye un notable acierto del autor.
 
La primacía de los militares sobre los políticos
 
Haffner describe con acierto como uno de los gravísimos errores (probablemente el mayor) cometido por Alemania fue disponer de un sólo plan para combatir una guerra europea: el plan Schlieffen. El plan no estaba mal pensado desde el punto de vista estratégico militar, pero daba por descontado algunas cosas que los políticos debieran de haber impedido que se dieran por hechas. A saber: que en la siguiente guerra europea Alemania tendría necesariamente que combatir contra Francia y Rusia a la vez; que el astuto movimiento de tenaza a través de Bélgica no tendría más implicaciones, ignorando que invadir Bélgica significaba tanto como garantizarse la hostilidad de Gran Bretaña; que el objetivo de una guerra sería en todo caso la aniquilación del contrario, prescindiendo del hecho de que la derrota total del enemigo no tiene por qué ser el objetivo, no sólo porque a veces no está al alcance de la mano, sino porque en muchas otras simplemente no conviene o no merece la pena perseguirla. Deben recordarse aquí dos hechos: primero, durante la crisis de julio, cuando todavía era todo posible, el Káiser Guillermo le propuso a von Moltke abandonar el plan Schlieffen con el fin de evitar tomar la iniciativa en el oeste a fin de dar ocasión a que Francia incumpliera sus compromisos con Rusia o a que al menos Gran Bretaña se mantuviera neutral y el Jefe del Estado Mayor le dijo que eso era completamente imposible porque el ejército alemán sólo estaba preparado para ejecutar un plan y a él había que atenerse si no se quería sembrar el caos; segundo, la reunión del gobierno alemán para fijar los objetivos de guerra se produjo cuando ésta ya se había iniciado, en septiembre, una vez que el plan Schlieffen ya había empezado a ejecutarse y sus lamentables consecuencias político- estratégicas eran ya irreversibles.
 
De este último error, se extraen para hoy importantes enseñanzas. A Irak, el ejército de los EE UU, fue con un objetivo (el de derrocar a Saddam Hussein) mientras los políticos perseguían otro mucho más ambicioso (convertir al país en la primera democracia árabe del mundo). En Alemania, los políticos fueron culpables por no pedir a los militares planes que se ajustaran a sus objetivos en vez de dar lugar a que los objetivos tuvieran que finalmente ajustarse a los planes (en realidad, al plan). En Irak, los políticos han cometido un pecado similar: se ha permitido que los militares creyeran que los objetivos eran los que sus planes permitían alcanzar y no se les explicó cuáles eran los que verdaderamente perseguía la invasión por temor a que los militares les contestaran lo que hoy cada vez parece más obvio, que esos objetivos no están a su alcance con los medios de que disponen. En uno y otro caso se ha hecho lo que se “podía” hacer, aunque no “convenía”, y no lo que “convenía” hacer, porque no se “podía”.
 
El libro de Haffner puede parecer a los historiadores profesionales algo ligero e incluso pueden éstos hallar en él alguna inexactitud que no afecta las tesis principales (como la de afirmar que el gobierno serbio no sabía nada del complot para asesinar al archiduque Francisco Fernando cuando está documentado que el asesinato fue planeado por los servicios secretos serbios). A cambio, tiene virtudes que hoy escasean: va al grano, es atrevido e intelectualmente honrado, y no tiene más páginas de las necesarias. Una delicia, a pesar de los cuarenta años transcurridos desde que se publicó por primera vez.

 


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