(Publicado en La Razón, 28 de abril de 2006)
A comienzos del próximo noviembre se celebrarán en Estados Unidos las elecciones del midterm, el medio plazo del mandato presidencial. Se renuevan parte de las cámaras, dominadas ambas por el partido de Bush, y de los gobernadores de los estados. Hasta hace pocas semanas los republicanos reconocían que estaban por debajo de la línea de flotación en estima pública en todos y cada uno de los temas que se hallaban en el candelero político, por tanto no tenían nada que hacer en las elecciones a no ser que sus contrincantes fueran… los demócratas. Tranquilos, pues. Pero la popularidad del presiente ha seguido hundiéndose y sus correligionarios temen ahora que pueda arrastrarlos a perder incluso frente a los demócratas, y no precisamente porque éstos hayan mejorado en absoluto su actuación, ideas o imagen. Según la última encuesta publicada el índice de aprobación de la labor del presidente se sitúa en un terrorífico 33%. Y lleva varios meses en descenso continuo.
Casi todas las segundas presidencias americanas han arrastrado sus crisis, pero no tan pronto y tan intensamente como ésta. Nada lo hacía suponer en los primeros momentos. Bush ganó en noviembre del 04 con una ventaja del 3% en voto popular, borrando el estigma del 2000. Se sintió refrendado en todas sus políticas y fijó grandes metas para el segundo mandato. La fórmula contra terror democracia llenó su discurso inaugural y pocos días después el del Estado de la Unión. Entre medias unas clamorosas elecciones en Irak el 30 de Enero del 2005.
Antes se había producido la revolución naranja en Ukrania, y todavía antes la de las rosas en Georgia. Precediendo inmediatamente los comicios iraquíes habían tenido lugar los de los palestinos tras la desaparición de Arafat. A mediados de Febrero comenzaría la revolución del cedro en el Líbano, que se saldaría con la retirada de los sirios. Los Saudíes anunciaron elecciones municipales mínimamente competitivas y Mubarak hizo lo mismo respecto a las presidenciales en Egipto. Todavía hacia final de año acudirían los iraquíes de nuevo a las urnas dos veces más. Pero las nuevas autoridades resultaron decepcionantes y nada contuvo a las facciones suníes que intentan ganar el poder mediante la sangre de sus conciudadanos chiíes. La sañuda propaganda antiguerra comenzó a calar entre los mismos partidarios de Bush, al tiempo que la buena racha democrática parecía irse agotando para estrellarse ignominiosamente con la victoria de Hamas entre los palestinos.
El optimismo con el que se había iniciado el mandato llevó a Bush a proponerse una ambiciosa meta en política interior: reformar drásticamente el sistema de jubilaciones, siempre amenazado por un posible desastre a largo plazo por la evolución demográfica. Principios y estrategia política coincidían. Se trataba de potenciar la iniciativa privada de los ciudadanos al tiempo que se pretendía liberarlos de una cierta cautividad estatal. Pero las inquietudes que creó entre los intereses creados a corto plazo pudieron más que las perspectivas de futuro y el proyecto embarrancó en pocas semanas entre los propios congresistas republicanos. Luego vino una sucesión de fracasos que dieron pasto a la crítica desde la izquierda y fueron corroyendo la imagen del presidente entre sus partidarios. En los últimos días de Septiembre la reacción oficial al huracán Katrina y al desastre de Nueva Orleáns no fue tan mala ni mucho menos culpable como sus detractores oportuna y hábilmente la presentaron, pero nadie se cree que la poderosa América no pueda con los elementos naturales. Luego vino la revuelta de las elites conservadoras por el nombramiento de una abogada sin experiencia judicial como magistrado del supremo. Más recientemente fueron las bases las que se sintieron amenazadas en su seguridad física por la adjudicación de ciertas instalaciones portuarias a una empresa árabe. Y finalmente la cuestión, no menos emocional, de los inmigrantes ilegales, la competencia en los empleos y la seguridad de las fronteras.
Nada importa que en estos temas la política de Bush haya sido ilustrada y razonable. La torpeza política en todos los casos ha estado en plantear cuestiones en las que no podía convencer a sus propios partidarios. Y todo con Irak como telón de fondo. Los americanos son triunfalistas. Quieren éxitos tangibles e inmediatos. La liberación de Kuwait, la campaña de Kósovo, el derribo de los talibán y la derrota de Sadam han creado la expectativa ilusoria de que las guerras consisten un unos cuantos días de bombardeos de precisión sin bajas propias y con limitados daños al enemigo. Y nunca la propaganda antiguerra ha sido tan implacable y falta de escrúpulos. Y aunque el tema de los puertos y el de los ilegales y las fronteras muestra hasta qué punto la cuestión de la seguridad está todavía a flor de piel en Estados Unidos, no es menos cierto que el impacto psicológico del 11-S se va atenuando con el tiempo y el éxito en evitar su repetición.
El fantasma que acosa ahora a los republicanos y podría hacerles perder las cámaras es la abstención de los suyos. Las elecciones de representantes y senadores se deciden localmente y en función del candidato. Pero la inhibición de sus fieles podría resultarles fatal.