(Publicado en ABC, 21 de abril de 2006)
El portavoz del gobierno dirá lo que crea que tiene que decir, pero conociendo la trayectoria de Rodríguez Zapatero y su infinita ansia de dar lecciones a sus interlocutores para hacerles ver lo equivocados que están, como sucedió en su primer encuentro con Tony Blair, cuando le dijo que no apostara por Bush porque él sabía que Kerry iba a vencer y que se retirara de Irak porque estaba contribuyendo a una guerra ilegal (encuentro, dicho sea de paso, del que el premier británico aún no se ha repuesto), no es difícil imaginar cuales han podido ser los consejos del presidente español a la canciller alemana.
En primer lugar, que no está bien ir corriendo a la Casa Blanca para entrevistarse con George W. Bush. Que es mucho más estético lo suyo propio, decir que no quiere ver a Bush aunque sea después de haberlo intentado insistentemente y hasta haberse dado cuenta de que es el inquilino de la Casa Blanca quien ni le llama ni le recibe.
En segundo lugar, le habrá aconsejado a Merkel que se deje de zarandajas económicas liberalizadoras. Que tome nota de su ministro Montilla y haga ver a los de E.On que no pueden ser una empresa empeñada en actuar según las reglas del libre mercado. Y que la mano oculta de la que hablaba Adam Smith no es otra cosa que la permanente ignorancia del gobierno en los asuntos de la economía privada.
Tercero, que no vaya contra los tiempos. Que eso de un Estado central fuerte no es lo suyo y que no se obceque en una reforma del Senado alemán destinada a fortalecer las instituciones centrales y las competencias del gobierno federal. Que mire a España para entender que la historia va en la dirección de lo que él está tratando de hacer. A saber, convertir al Estado español en un “Estado anoréxico”, vacío de competencias reales y a merced de los caprichos de las autonomías que, en su funcionamiento, van a llegar a ser, de hecho, auténticos Estados nacionales. Eso sí, de tamaño geográfico reducido.
No creo que se haya atrevido nuestro Presidente a pesar de su reconocida falta de diplomacia, a decirle a Angela Merkel que él ha aprendido muchas cosas, a su vez, de Alemania. Por ejemplo, su creencia de que se puede engañar a muchos o a todos todo el tiempo. Y también que si una mentira se repite con insistencia se llega a aceptar como verdad. Claro que eso no lo dice la actual canciller, sino unos alemanes que llevaron a su nación al desastre en los años 20 y 30 del siglo pasado, esos años que tanto le gustan a nuestro Presidente.