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La Europa de Leibniz o la de Villepin
Colaboraciones nº 900   |  19 de Abril de 2006
 
Se ha hablado incansablemente de la audaz pretensión del Gobierno francés de aplicar una ley aprobada y promulgada. Uno de sus preceptos estaba pensado para tratar de revitalizar el empleo, particularmente de los jóvenes, en una nación con un diez por cien de paro. Se ha hablado principalmente de las protestas – algunas de ellas sumamente violentas – de la juventud acomodada, dirigida por los sindicatos y otras “fuerzas vivas” de la sociedad francesa.
  
Con todo, no se han resaltado las interesantes palabras del arzobispo de París, sucesor del conocido Cardenal Lustiger, Monseñor André Vingt-Trois. Con ocasión de una peregrinación de estudiantes a Chartres, en donde se encuentra una de esas catedrales que son a la vez símbolo y riqueza de Francia y Europa, les recordó que no debían contentarse con el “petit bonheur” (la felicidad de andar por casa) de un contrato seguro o de un contrato de inserción, sino fijarse en la verdadera felicidad que procede de otros proyectos más ambiciosos: "le bonheur réel et profond qui donne la joie d'être au monde et de vivre". Dijo más. Dijo que se estaban viviendo circunstancias en donde  la “obtención de soluciones arrancadas a los poderes públicos", y la reacción violenta contra la cultura y los instrumentos de trabajo nos retrotraían a los totalitarismos del siglo XX.
  
Entretanto, la figura representativa del socialismo francés, la presidenta  del Consejo Regional de Poitou Charentes, Ségolène Royal, quien es además esposa del secretario general del partido, François Hollande, aparecía en las portadas de prácticamente todos los semanarios políticos del vecino país. Manifiesta alguna admiración por algunas de las cosas que ha hecho Blair y propone una Francia en la que se respeten las tradiciones, entre ellas, la familiar. Se publicita además en su página Web presentando el primer capítulo de un libro que acaba de escribir  instando a los lectores a que le manden sus impresiones.
 
Aprovechando toda la situación, es decir, el final de reinado de Chirac y sus epónimos, el listísimo Sarkozy, de orígenes húngaros y judíos aunque bautizado como católico, se prepara a salir indemne de la crisis y presentarse ante los franceses como el político pragmático pero con unos cuantos principios básicos, capaz de reenderezar el destino de la República. Si hace poco le dedicaba su portada la prestigiosa revista americana The Weekly Standard, hace algo más declaraba a la también americana Time que siendo más bien liberal y confiando especialmente en los valores del trabajo y el esfuerzo no tomaba sus decisiones parándose a pensar qué haría Adam Smith. Por lo demás, cuenta como consejero político a Patrick Devedjan, de origen armenio, como Charles Aznavour, de orientación liberal y que concitó en su día algún elogio de Revel. En todo caso, Sarkozy se hizo los dientes políticos con Édouard Balladur que es el único político francés del que se sepa que admira a Inglaterra, … hasta que ha llegado Mme Royal.
 
Pero nada de esto cambia las cosas puesto que Francia – o esa parte de Francia que lleva siglos haciendo su historia, la que monta la turbamulta en las calles de París - ha cogido la costumbre de decir que no a cualquier reforma que se le proponga. Y ya se sabe lo que dijo Goethe:  "el diablo es el espíritu que siempre dice no".
 
En otro tiempo, resueltamente más europeo para muchas cosas, en 1646, nació el filósofo alemán Leibniz en la ciudad de Leipzig. Dice Julián Marías en su “Historia de la Filosofía” que su familia era protestante y de tradición jurídica y que estudió intensamente desde muy joven: lenguas clásicas, literatura Antigua, filosofía escolástica y moderna; sin dejar de lado cuestiones jurídicas, de física o matemáticas. Descubrió, al mismo tiempo que el inglés Newton, el cálculo infinitesimal. Leibniz es europeo desde bien pronto. Escribe sobre todo en francés y en latín, envía sus trabajos a las sociedades eruditas europeas, va a Francia en misión diplomática, también a Londres.  Estuvo además en Italia, Austria y Holanda. Se ocupó activamente de un proyecto de unión de las iglesias cristianas, sin abjurar de su protestantismo, aunque fracasó.
  
Sus dos obras más importantes son los Nouveaux essais sur l’entendement humain, y la Théodicée. La primera era una réplica a la famosa obra de Locke, Essay concerning human understanding, de tan serias consecuencias en el pensamiento político europeo en general, y particularmente relevante para las colonias americanas. No publicó los "Nuevos ensayos" en vida y es curioso resaltar porqué. Mientras Leibniz preparaba su publicación, murió Locke, en 1704 “y la delicadeza del filósofo alemán le impidió publicar su obra hasta la edición de Raspe ¡en 1765!”. Cuarenta y nueve años después de la muerte de Leibniz. Así lo dice en su artículo “La previsión de Leibniz”, el 2 de julio de 1992, Julián Marías. Siempre tan generoso en adelantar sus libros en artículos o en conferencias, publica ya aquí parte de lo que serán dos capítulos de “Razón de la filosofía” dedicados a explicar la evolución histórica de la fecunda tarea destinada a cubrir la realidad mediante la opinión. Es decir, a manipular.
 
Cree Leibniz ya en 1704 que determinados discípulos e imitadores de la filosofía entonces vigente, sintiéndose libres del temor de una providencia vigilante y de un porvenir amenazador, sueltan la brida de sus pasiones brutales y vuelven su ingenio a seducir y corromper a los demás; y si son ambiciosos y de una naturaleza un poco dura, serán capaces por su placer o prosperidad de prender fuego a las cuatro esquinas de la tierra.
  
Para Marías la previsión de lo que va a suceder en el XVIII cuando apenas se inicia es simplemente asombrosa. En ese siglo prevalecerá la frivolidad de los que están dispuestos a prender fuego al mundo entero si les gusta o les conviene, y no olvida el intento de la supresión de lo existente, de la historia, para intentar empezar de cero. Concluye Julián Marías que “Ha habido diferentes equipos que, con varios pretextos, han ido tomando el relevo en la misma empresa: la degradación de lo real, lo que suelo llamar ‘rencor contra la excelencia’”.  Ha recordado antes la creencia en el progreso seguro y automático, el resultado final de la Historia de la Filosofía de Hegel, el estado positivo de Comte, o la solución definitiva del comunismo tal como lo concibe Marx.
  
Las predicciones de Leibniz se han seguido cumpliendo y han ido dando lugar, no sólo al declinar francés, sino a la propia deriva europea. Así, la Unión Europea lleva años haciéndose de espaldas a lo real, fundada en la sabiduría de los escolarizados en la ENA o las elites burocráticas de unos cuantos países, ni siquiera todos. El resultado es una sucesión de tratados en los que predomina el prosaísmo y la pusilanimidad frente al lirismo – los hombres sólo hacen cosas interesantes por razones líricas según decía Ortega – y la magnanimidad. Tanto reglamentismo y propensión a la subvención y la seguridad han generado la apatía o el rechazo de la población. Tanto, que no ha estado por la labor de ratificar esta tendencia que pretendía consagrarse en la llamada “Constitución europea”, un tratado más.
  
Y es que los europeos han llegado al siglo XXI  agotados y tampoco parece decirles nada una Europa que tenga como modelo la catedral de Chartres, la profundidad de Leibniz, ni ninguna otra cosa que no sea el “petit bonheur” de una pequeña seguridad que les sostenga. En ese mismo año 1992 en que escribía Marías, Margaret Thatcher decía que Europa no podía construirse sobre la base de la arquitectura del Berlaymont de Bruselas, sino sobre la del Mauritshuis de La Haya. Ya en el colegio de Europa de Brujas había tenido el valor de decir “no hemos hecho retroceder las fronteras del Estado en nuestra nación para que se nos imponga una nueva con sede en Bruselas”. ¿Qué puede esperarse, al fin y al cabo, de una organización que convierte un convento de agustinas en sede de la Comisión?
  
La Unión empezó con la famosa Europa de los mercaderes, tan denostada en su día, con un rencor que hoy no ha desaparecido y reverdece bajo distintos signos de un inconsecuente e incomprensible “patriotismo” económico. Continuó construyéndose con firmeza y seriedad basándose en el Derecho administrativo francés – creación del Napoleón a quien admira Villepin – una comunidad de Derecho, con unas reglas y principios asentados que hoy nos garantizan no pocas cosas. Pero alrededor de todo ello fue propagándose el tono grisáceo del Berlaymont con su retahíla de funcionarios, reglas y exigencias, subsidios y pequeñas seguridades, olvidándose de la creatividad europea: la de las catedrales, la de la Filosofía, la del cálculo infinitesimal, o la del descubrimiento de América. Sobre la base de una verdadera economía de mercado, libre, sin barreras; y sobre la base de un Estado de Derecho que proteja a los individuos y que impida la propensión del poder público a inmiscuirse en las vidas de los ciudadanos, se puede construir. Pero no, esto parecía demasiado correcto. Fue menester intentar caminar por otros meandros y dejarlo en manos de quienes gustan decir: ni sí, ni no, sino todo lo contrario.
  
Cuentan que en la reunión en la que Lady Thatcher fue elegida para dirigir el partido conservador británico, allá por 1975, se levantó un correligionario a dar su discurso. Sostenía que no había porqué elegir una vía clara de actuación, sino que, para ir cosechando votantes, convenía ir tirando poco a poco y con cautela por el camino de en medio. Dicen que entonces, la dama de hierro dio un manotazo sobre la mesa, se levantó, y blandiendo un ejemplar de “La Constitución de la Libertad” de Hayek, exclamó: “This is what we believe!”. ¡Esto es lo que creemos!
  
Y nosotros, en qué Europa creeremos, ¿en la del "petit bonheur" o en la de la libertad?

 


Juan F. Carmona Choussat es Licenciado y Doctor en Derecho cum laude por la UCM, Diplomado en Derecho comunitario por el CEU-San Pablo, Administrador civil del Estado, y correspondiente de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación. Su libro más reciente es "Constituciones: interpretación histórica y sentimiento constitucional", Thomson-Civitas, 2005.


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