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¿Dónde están los musulmanes moderados?
Colaboraciones nº 886   |  18 de Abril de 2006
 
En 1956, Nikita Kruschev se dirigió en sesión cerrada al XX Congreso del Partido Comunista soviético. Por casi 4 horas, habló sobre lo innombrable: Los crímenes de su predecesor, el dictador soviético José Stalin. 
 
Aunque se advirtió a los oyentes que no revelaran lo que se había dicho y que el discurso no se publicaría hasta 32 años después, se filtró el rumor. La historia más contada, probablemente apócrifa, era que mientras que Kruschev estaba dando detalles de los arrestos en masa, torturas y ejecuciones dentro del gulag, alguien en el auditorio gritó: “¿Y tú qué estabas haciendo entonces?”
 
“¿Quién dijo eso?” preguntó Kruschev. Nadie dijo ni pío. “¡Quiero saber quién dijo eso!” repitió, golpeando el atril con el puño. El auditorio era todo silencio, temblando de miedo. “Eso es”, dijo al fin Kruschev. “Eso exactamente era lo que yo estaba haciendo”.
 
Recuerdo esta historia, no sólo porque es el año del 50 aniversario del “discurso secreto” de Kruschev sino porque también nos puede dar, al menos, una respuesta parcial a la pregunta: ¿Dónde están todos los musulmanes moderados? ¿Dónde están aquellos que se oponen al terrorismo, las guerras religiosas, el odio y la intolerancia? ¿Dónde están aquellos que piensan que es una locura tratar de revivir el siglo VIII en el siglo XXI? ¿Dónde están aquellos que no quieren destruir el Mundo Libre sino unirse a él?
 
Están por ahí fuera, sospecho, en cantidades más grandes de las que nos han hecho creer. Pero si la mayoría está callado y asustado de decir lo que piensa ¿quién se lo reprocharía? La gran mayoría de árabes y musulmanes viven en países dominados por regímenes intolerantes y opresores. Y en los pocos países relativamente libres – Bangladesh, Malasia, Indonesia – no hay protección contra el largo brazo del islamismo militante. En realidad, hasta en Europa puede ser peligroso desafiar al fascismo religioso. Y el año pasado, Shaker Elsayed, el líder de Dar al-Hijrah, una de las mezquitas más grandes de Estados Unidos dijo a los musulmanes americanos: “El llamamiento a la reforma del islam es un llamamiento desconocido”.
 
Los musulmanes que difieren de esta ortodoxia no han recibido apoyo de casi nadie. Hace tiempo ya, en 1989, el ayatolá iraní Jomeini exigía la muerte del autor británico Salman Rushdie. Semejante ataque frontal a la libertad de expresión debería haber provocado la reacción de los gobiernos occidentales echando con cajas destempladas a los diplomáticos iraníes. Pero en vez, Rushdie tuvo que esconderse mientras que la mayoría de intelectuales occidentales se convencían a sí mismos que ese lío no era asunto suyo.
 
Desde ese día y quizá en parte como consecuencia de ello, el cineasta holandés Theo Van Gogh fue asesinado por hacer una película que algunos musulmanes hallaron ofensiva. Los periodistas daneses que se atrevieron a publicar caricaturas satirizando la radicalización del islam han sido amenazados. Publicaciones antiguamente valientes como el New York Times se negaron a publicar las caricaturas, afirmando – de manera muy poco convincente – que no habían sido intimidados sino que simplemente estaban mostrando sensibilidad en el tema.
 
Y mientras tanto, en Jordania y Yemen, los editores que pensaron que sus lectores merecían juzgar las caricaturas por sí mismos fueron encarcelados.
 
Y la adulación se intensifica: El mes pasado, la Universidad de Columbia celebró una conferencia que incluía como “atracción principal” un video del dictador libio Muamar Gadafi en el que presentaba “su opinión sobre los prospectos de la democracia en el siglo XXI”. Los profesores y administradores de Columbia no parecen sentirse preocupados por el hecho que el principal disidente de Libia, Fathi Eljami, en estos momentos está pudriéndose en una de las mazmorras de Gadafi.
 
Y en Túnez, la defensora pro democracia, Neila Charchour Hachicha, está bajo vigilancia policial, con el teléfono y la conexión a Internet cortados, con su coche confiscado, su hija bajo amenaza y su esposo en prisión. ¿Qué es lo que hizo para merecer semejante castigo? Eso no ha quedado muy claro pero sí que dio una entrevista al Middle East Quarterly sobre los impedimentos para reformas en Túnez y habló en el “neo-con” American Enterprise Institute sobre la necesidad de la democracia para Oriente Medio.
 
El encarcelamiento como rutina y la tortura de los disidentes en Irán, Siria y Arabia Saudita casi nunca provoca que los funcionarios de la ONU piensen en inmiscuirse o siquiera que lo critiquen. De vez en cuando, algún diplomático occidental expresa su preocupación.
 
“Sigo oyendo, ¿Por qué están tan callados los progresistas?” decía Said al-Ashmawy, un juez y escritor egipcio. “¿Cómo podemos escribir? ¿Quién me va a proteger?” Si nosotros en Occidente alguna vez queremos tener aliados en los países árabes y musulmanes, tenemos que empezar a apoyar a los moderados y dejar de potenciar a sus opresores. Lo más inmediato sería que el embajador americano en Túnez pasara a tomarse un café con Hachicha. Y quizá el presidente de la Universidad de Columbia Lee Bollinger – cuyos principales intereses escolásticos se centran en la libertad de expresión y en temas de la Primera Enmienda” – podría admitir que se ha expuesto a su institución y que por lo menos exprese preocupación por ello.
 
Clifford D. May, antiguo corresponsal extranjero del New York Times, es el presidente de la Fundación por la Defensa de las Democracias. También preside el Subcomité del Committee on the Present Danger.
 
©2006 Scripps Howard News Service
©2006 Traducido por Miryam Lindberg
 
 
GEES agradece al Sr. May el permiso para publicar este artículo.
 
 
 
 
 
 


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