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De la Nana de la Paz a la Paz de ETA
Análisis nº 99   |  31 de Marzo de 2006
 
Lo que los pacifistas olvidan es que lo que de verdad aterroriza no es la violencia etarra; es el proyecto político que la sustenta, la paz que promete el encapuchado que posa cuidadosamente para el video y señala con el dedo a la conciencia del televidente.
 
 
La alegre Nana de la Paz
 
Miércoles, 22 de marzo de 2006; ETA declara un “alto el fuego permanente”. Las televisiones interrumpen sus programas de la mañana; las radios sus magazines matutinos, y la noticia recorre ministerios, escaños y redacciones. En las pantallas, tres encapuchados se  dirigen directamente al telespectador, alimentan sus miedos y sus esperanzas. En una cuidada escenografía, en un calculado discurso, interpelan directamente a los sentimientos de quienes les escuchan; cuidadosamente, evitan apelar a su razón. Al hacerlo así, de manera involuntaria, nos recuerdan el carácter de la sociedad contemporánea; una sociedad que se mueve a golpe de sentimientos, de emotividad, de estallidos de esperanza, de odio o de amor tan intensos en el instante como fugaces con el paso del tiempo.
 
Esencia del terrorismo televisada; tres encapuchados nos dicen que tenemos que hacer para que no vuelvan a matar. Chantaje que atenta contra la misma dignidad de la política; haz esto o morirás es el mensaje etarra desde hace décadas. Pero, sorpresa, la coalición gubernamental celebra alborozada su aparente triunfo sobre los pesimistas, y por todas partes se escuchan cantos a la esperanza, a la ilusión, a la paz. El día 22 de marzo es proclamado día histórico, y quienes agitaban a las masas hace dos años contra la guerra de Irak agitan hoy pañuelos blancos saludando las palabras etarras. Una palabra recorre España; paz, paz, paz.
 
La primera lección del comunicado etarra remite directamente a la sentimentalización de la sociedad española; da igual la enfermedad de Rocío Jurado que un comunicado etarra, los juicios son juicios sentimentales, se juzgan con el corazón y no con la cabeza. Desinhibidos, los medios de comunicación celebran alborozados las palabras de paz, llevan sus noticiarios a Euskadi, preguntan a los amenazados sobre el soleado mañana. Anuncian que nos encontramos ante un momento histórico, interrumpen las programaciones, alteran el día a día. Convertido en protagonista, el terrorista abre la caja de música; de ella salen los acordes tranquilizadores, primaverales y vivaldianos; “tarde histórica”, esperanza, futuro en paz, fin de la pesadilla. Paz, paz, paz.
 
La alegre tonadilla de la paz se traga la razón; de repente, todos se quedan con la palabra mágica, pero olvidan que quien las pronuncia es el terrorista que asesinó al pequeño Flavio Moreno; haced esto y no volveremos a matar. Durante los primeros días, los comunicados del terrorista que quiere destruir el régimen constitucional-pluralista español paralizan el país, y lo dividen entre esperanzados y pesimistas, entre quienes se embriagan con la mención de la palabra mágica y quienes desconfían del colmillo escondido tras las americanas de marca de Arnaldo Otegui y las capuchas de los etarras. Pero sobre todo dividen el país en dos, ahondando en el abismo político que se va abriendo entre las dos grandes fuerzas políticas españolas; implacables, los encapuchados saben que ahondar en las contradicciones políticas de la nación española proporciona buenos frutos.
 
Pero todo esto parecen malos presagios. En España se tararea la Nana de la Paz; tranquiliza acerca del futuro, permite conciliar el sueño y aleja los malos pensamientos. De repente, los analistas y columnistas se dan cuenta de que ETA quiere la paz. Llegan tarde a la cita; hoy, como hace veinte años, ETA habla de paz con tanto énfasis como el Gobierno y los medios de comunicación que hoy descorchan la botella del optimismo. Aparente callejón sin salida; quienes ponen coches bomba hablan de paz con igual convicción que quienes clamaron contra la guerra de Irak. Enredando el panorama, ¿acaso las víctimas del terrorismo no hablan también de paz y de fin de la violencia? El fin de la violencia parece ser un clamor universal, y reivindicado por unos y otros, parece perder todo sentido. Por eso, por encima de los acordes de la Nana de la Paz, es necesario abordar qué paz promete el terrorista.
 
Paz de ETA, paz democrática
 
Enredo teórico e ideológico que la coalición gubernamental que se presenta como el Gobierno de la Paz es incapaz de responder. Hace dos años abrazaron el pacifismo absoluto, el rechazo total de cualquier tipo de violencia; incluso aquella que se interpone hoy entre el yihadismo y la población civil iraquí. El 14M fue el inicio del fin de cualquier uso de la fuerza en cualquier escenario. Desde entonces, el Gobierno de coalición persigue obsesivamente la paz, y al hacerlo fijando sus ojos en la guerra, evita alcanzarla nunca; el pacifismo absoluto olvida preguntarse por la paz, y se centra sólo en la violencia.
 
Conclusión paradójica, que nos recuerda que la violencia en sí misma no existe; el final de la guerra carece de sentido sin preguntarse por los fines de la guerra. Protestar contra ella sin más comentarios es no decir nada. El pacifismo lo olvidó cuando se manifestaba en 2003 ante la complacencia de Sadam Hussein; 100.000 muertos kurdos adornaban su currículum cuando Irak permanecía en paz.  Muchos más si la postguerra acaba sin el triunfo angloamericano y triunfa la paz yihadista. Cegados antes por el odio a Bush y hoy por las palabras etarras, el Eje de la Paz, eje mediático y político, olvida que la pregunta fundamental no es por la finalización de la violencia, de la guerra o del terrorismo. La pregunta es por la finalidad de la violencia, es decir por la modalidad de paz que surja de ella.
 
El carácter de la violencia depende de la política de la que surge; una política moderada conlleva una violencia limitada; una política absoluta supone una violencia absoluta. Sabia afirmación clausewitziana que hoy conserva tanta validez como hace dos siglos, y que nos muestra el carácter eterno de la política. Evidencia olvidada; ETA quiere la paz, sólo que lo que quiere es su paz. Y su paz es la negación de la paz constitucional-pluralista de la democracia española. Si la violencia es la continuación de la política por otros medios, cuarenta años de terror nacionalsocialista debieran mostrarnos en qué consiste el paraíso soñado del etarra; el fuego, el humo, los quejidos, las sirenas y los hierros retorcidos no sólo tienen un sentido, sino que éste es más bien preciso. Es la paz de ETA.
 
ETA quiere la paz; quisiera lograr sus objetivos sin disparar un solo tiro. ¿Qué paz? La de los editoriales de Gara, la de las ruedas de prensa de Batasuna, la de los comunicados de la banda. “ETA no es la causa, es la consecuencia del conflicto”, sentencia solemne el nacionalista dialogante. En el imaginario abertzale, la historia de la humanidad es la historia de la represión de Euskadi; Franco es la continuación de Roma y los Reyes Católicos; la Constitución de 1978 es la continuación de Franco (sorpresa ideológica, para ERC, comensal en Perpignan, también). Enfrente, la Carrera de San Jerónimo es arena de rencillas, la coalición gubernamental un equilibrio de intereses. Pero frente a las debilidades parlamentarias y partidistas, la realidad se impone: ETA no sólo negocia un objetivo político; ETA negocia hacer justicia al pueblo vasco y vengar una historia de humillación y vejación. Y debe reconocerlo. “España y Francia deben respetar los derechos del pueblo vasco” (Batasuna).
 
ETA no sólo quiere que le den la independencia; quiere que se la reconozcan. No quiere hacer la historia, quiere solucionarla. Para ello trae su propia paz, su propio régimen, su propia sociedad. La paz que quiere ETA es la que se extienda desde Castro Urdiales hasta Cortes, desde Cantabria hasta Navarra. Es la paz de la nación vasca, de la vuelta a sus principios acelerando el futuro; la paz de ETA es la paz del socialismo real y del nacionalismo auténtico.
 
De repente todos olvidan decenas de años de ideología etarra; ¡sorpresa!, españoles e hispanohablantes no tienen cabida en la paz de Josu Ternera y de Arnaldo Otegui. En la paz de ETA, los Redondo Terreros, las San Gil, o los Savater sobran en primera instancia; en segunda instancia los que sobran serán los Madrazo y los López tanto como los Ardanza. La Nana de la Paz, la emotividad desenfrenada, fuerza las letras de la ideología; el proyecto etarra es un proyecto nacionalsocialista. La paz de ETA es una paz totalitaria; frente a ella, la paz constitucional es la del Imperio de la ley de la pluralidad de partidos; ¿acaso no sustentan esta afirmación ochocientos muertos?, preguntan las victimas de la paz etarra al ingenuo pacifista. ¿Acaso no conocemos bien la paz de ETA?, preguntan los paisanos de Hernani, Renterìa o Echarri Aranaz.
 
Echarri Aranaz, inicio de los noventa. Son las ocho de la tarde, está oscuro y hace frío. Un puñado de vecinos se reúne durante un cuarto de hora detrás de una pancarta de Gesto por la Paz para exigir la liberación del secuestrado de turno. Pero olvidan –o quizás no- que allí rige la paz etarra, la del comunicado de hace unos dìas. Pronto, son rodeados por decenas de activistas batasunos. Durante quince minutos, los reunidos son rodeados, les insultan, les escupen, les lanzan monedas. Se mofan de ellos, les llaman por su nombre. A las ocho y cuarto, en silencio, recogen su pancarta y se retiran en silencio. Los camisas pardas, orgullosos, regresan a la herriko taberna.
 
Enseñanza de heroicidad cívica, pero también política; ya existen lugares donde rige la paz de ETA. Aquella que promete extender por el norte y que se nos ofrece en el comunicado. Cualquier idealista deberá pasearse por los territorios de ETA, para concluir una única cosa; la ingenuidad rozará la inmoralidad si nuestros negociantes consideran que en la paz que inauguraría la independencia hay sitio para ellos o para alguno como ellos. La paz etarra lleva años devorando vascos; su futuro es incompatible con un régimen de libertades y de derechos fundamentales.
 
Desde hace cuarenta años, ETA anuncia el interés de extender su paz por las tierras vascas; Policía Nacional y Guardia Civil se lo impiden. Pero hoy, la coalición gubernamental, Rodríguez Zapatero, Gaspar Llamazares y Carod Rovira evitan herir susceptibilidades entre el nacionalsocialismo vasco; les importa bastante poco que en Navarra se abomine del proyecto vasquista, y sitúan al Viejo Reyno como segundo plato de la merienda negociadora. Volviendo a tiempos de transición, ETA exige la Gran Euskalherria, ETA exige Navarra. Y para ello sobran casi el noventa por ciento de los navarros. Ni los liberales, ni los conservadores, ni los socialdemócratas navarros tiene cabida en la paz de ETA. El comunicado etarra, -ya saben ustedes que hacer para que no volvamos a matar-, predice el invierno nacionalista que se cierne sobre Navarra y sobre la mitad del Paìs Vasco.
 
Instaurar un régimen socialista en el País Vasco, una dictadura en nombre de la nación y del pueblo vasco para protegerlos de sus enemigos y contrarrevolucionarios, anexionar Navarra en lo material y en lo moral, es la paz que desde hace décadas propone ETA. Proyecto estrictamente totalitario, que trae a nuestra memoria las selvas camboyanas, la Lubianka  tanto como los pogromos europeos. Lo que los pacifistas olvidan es que lo que de verdad aterroriza no es la violencia etarra; es el proyecto político que la sustenta, la paz que promete el encapuchado que posa cuidadosamente para el video y señala con el dedo directamente a la conciencia del televidente.
 
La tregua como instrumento de violencia
 
La política tiene su lógica; la violencia también. Ni la una ni la otra se reducen a imperativos morales; el Eje del No a la Guerra hizo de ello un imperativo categórico. Rechazó todo lo relativo a la violencia, incluida su mera posibilidad. Quitándole todo su sentido, se espantan cuando otros hacen uso de ella, y buscan desesperados escapar de su alcance. Ideólogos y portavoces del pacifismo olvidan las enseñanzas de la historia. Enseñanzas prosaicas y desagradables que nos han legado una teoría y una práctica política que aportan definiciones precisas; una tregua es una suspensión temporal del uso de las armas, un “alto el fuego permanente” nada dice de la finalidad última del terrorista. Ni siquiera de su debilidad, constatable por servicios de información y de inteligencia. Parece que ETA se encuentra al borde del colapso, pero nada dice esto de las intenciones de sus integrantes.
 
El “alto el fuego permanente” puede alimentar las esperanzas de los esperanzados. La permanencia implica continuidad, estabilidad. Pero también limitación. Sorpresa para desmemoriados históricos y políticos, una declaración de alto el fuego no es una declaración  del propósito de rendición; la tregua es un instrumento de la guerra, un medio para la victoria. Nada dice de las intenciones futuras del terrorista, más allá de que, en la búsqueda de sus objetivos, considera útil y oportuno declararla.
 
El comunicado del día 22, las declaraciones de Batasuna, no hablan de la entrega de armas, de la entrega de los criminales, de posibles amnistías de presos. Audiovisualmente, el terrorista nos dice qué tenemos que hacer para que deje de matar más adelante. El terrorista exige, ordena; no pide. Nos recuerda “qué se debe” (Fernando Savater, El País, 22 marzo). Pero guiados por el Eje de la Paz, imaginamos sensaciones y cálculos de unos terroristas que han indicado justo lo contrario de lo que la coalición gubernamental y los intelectuales de la paz interpretan. Hoy, Batasuna saca pecho, convoca a los suyos, desfila por las calles. Se felicita porque su paz está más cerca; queda por demostrar por qué el resto tenemos que alegrarnos con ello.
 
“El gobierno maneja datos”, nos repite optimista el Eje de la Paz. Pero queriendo defenderse de la ingenuidad, precipita nuestro juicio a rincones más oscuros. El Gobierno de la Paz, la coalición del dialogo, promete tener datos que a todos se nos escapan; sonriendo, parece negociar en las sombras, llegar a acuerdos a las espaldas de todos, pactar con el terrorista un futuro que se nos oculta al resto. Sobre la premisa de que controla el futuro, asalta el presente de la política, la reduce al secreto de las conversaciones privadas, convierte al ciudadano en espectador de una obra de teatro en la que lo fundamental queda tras bambalinas.
 
Ironías de la política, el Gobierno del diálogo parece ocultar datos, conversaciones, tratos. Su defensa de la negociación desconfiada y realista puede disipar la ingenuidad, pero lo hace para sumir la política española en la política del cinismo, de la mentira, de la manipulación y la propaganda; el secuestro de la política por unas èlites periodísticas y políticas que dirigen al país a espaldas de este y lo preparan para un futuro negociado y tutelado por ellos y por los encapuchados que amenazan nuestras vidas. Pesimista, el ciudadano observa preocupado la apoteosis de los ingenieros de almas si lo que quiere es tranquilizarse ante la negociación con el terror.
 
Sea como sea, esperanzas y oscuras reuniones se quedan en el Eje de la Paz; ETA sigue reivindicando los derechos de Euskalherria y su verdadera democracia. Construir el “futuro de Euskal Herria, teniendo en cuenta su pluralidad y totalidad” ¿totalidad?, se dirá el ingenuo. Sorpresa, hoy como ayer, ETA juega fuerte;  Batasuna anuncia en Pamplona que Navarra será parte imprescindible del proceso, y convoca en la capital del Viejo Reyno su primera manifestación, el primer pulso en la calle. Autodeterminación y territorialidad pertenecen al comunicado de alto el fuego tanto como a la alternativa KAS.
 
Pero la Nana de la Paz parece haberse tragado el sentido común; la voluntad de rendición concluye en la declaración de negociarla. A la amenaza tradicional de seguir matando le sigue hoy la amenaza de volver a matar. Sobre unos escombros humeantes o sobre la limpia mesa de la paz, el terrorista sigue señalando con el dedo a su víctima; sorprendentemente hace hoy de su debilidad un arma más poderosa que el amonal. La derrota por las armas no impide al terrorista dictar la paz a vascos, a navarros, a españoles. Quiere ganar la paz tras perder la guerra; al ciudadano sólo le queda indignarse; “sólo faltaría que lo que hemos defendido ante las armas lo cediésemos ante la palabrería de quienes no tienen más remedio que renunciar a ellas” (Savater). Hoy, como antes, el etarra nos dice que conseguir la paz es fácil y sencillo; aceptar la paz. Su paz.

 
Óscar Elía es Analista Adjunto del GEES en el Área de Pensamiento Político.


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