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Adios, Milósevich, no vuelvas
En letra impresa nº 495   |  15 de Marzo de 2006
 
(Publicado en La Razón, 15 de marzo de 2006)

¡Vete al infierno, Slobo!,  sería la tentación, pero no, es una monstruosidad, así que Dios lo tenga en su gloria a pesar de todo el mal que hizo. La verdad es que no dio la más mínima muestra de arrepentimiento, pero quién sabe si realmente se consideraba víctima y no verdugo, liberador y no déspota. Los recovecos de la mente humana son inescrutables. Era hijo de suicidas y una personalidad hermética y extraña que encontró su complemento ideal en una mujer que, para su felicidad y desdicha,  lo secundó fielmente en todas sus desmedidas ambiciones y perfidias.
 
Lo que sí es de desear es que con él desaparezcan los demonios balcánicos y que éstos sean los últimos residuos de sus predecesores europeos. Los demonios del nacionalismo exclusivista y agresivo, vendedor de frustraciones, atizador de injustificados e injustificables complejos de superioridad emparejados con victimismos que pretenden legitimar toda clase de reivindicaciones así como los métodos para satisfacerlas.
 
Su inacabado juicio ha sometido a dura prueba las esperanzas depositadas en la internacionalización de la justicia. Llevaba costando ya más de 6 millones de dólares y no se veía el fin. No es modelo como para llevar a Sadam por el mismo camino, aunque algunos lo pretendan.  En un caso como en el otro, si tanto hace falta para demostrar lo que es obvio, es que están disfrutando de un grado de privilegio tal que haría inviable cualquier justicia ordinaria. Algo patológico debe haber en un formalismo jurídico llevado a esos extremos, pero en todo caso la experiencia demuestra que en crímenes de guerra probar documentalmente la implicación directa de los líderes máximos resulta tarea ardua y confusa, por más que sobren las certezas morales irrefutables.
Lo que no se le puede negar a nuestro gélido personaje es aplomo a lo largo de toda su carrera, en cada una de sus metamorfosis y en el salto de una a otra. Se reinventó a sí mismo varias veces, en bruscos giros de identidad política enlazados por un trazo de continuidad consistente en su insaciable ambición personal y en su inescrupulosa voluntad manipuladora. Pero aunque no tuvo inhibiciones ante ningún método, no fue por el terror como consiguió el poder sobre los suyos, arrastrándolos a cuatro guerras que los precipitaron en una sima de corrupción, aislamiento y pobreza. Fueron días en Eslovenia, meses en Croacia, años en Bosnia para llegar al cabo, pero sin garantías de conclusión, a Kósovo.
 
La comunidad internacional, es decir, los Estados Unidos seguidos con temor y temblor por sus aliados europeos, sólo se decidió a pararle los pies cuando se enfrentó con la perspectiva de acoger a más de un millón de refugiados kosovares albaneses, en su mayoría musulmanes, continuar con una posible quinta guerra en Montenegro y una segura sexta en Macedonia, centro de bajísimas presiones que atraería indefectiblemente a Bulgaria, Grecia y Albania. Los enteros Balcanes en llamas. Tamaña hoguera podía ya resultar incontrolable.
 
Nunca estuvo solo en ese fatídico camino, le sobraron cómplices y se enfrentó a enemigos que poco tenían que aprender en su escuela de malas artes. En calderos sociales como los Balcanes, u Oriente Medio si vamos al caso, no es fácil distinguir entre buenos y malos, pero lo suerte de víctima o verdugo depende de quien sea en cada momento el débil y el fuerte. El serbio es el más numeroso de los pueblos yugoslavos y poniéndose a su cabeza como redentor Milósevich se creyó el más fuerte. Al final no pudo con ninguno de los que agredió, pero supo transformar todas sus derrotas en plataformas de relanzamiento. La victoria siempre estaba al alcance de no ser por el artero enemigo internacional. La conjura islamo-papista, apoyada por el imperialismo americano. Explotó inmisericordemente el mito serbio de que ellos ganan siempre las guerras pero pierden las paces.
 
Al final, lo que decía Lincoln: Se puede engañar a todos durante algún tiempo y a algunos durante todo el tiempo, pero no a todos durante todo el tiempo. Derrota, corrupción y ruina terminaron por desconcertar a muchos de sus entusiastas y por movilizar a sectores liberales que finalmente pusieron al modélico matrimonio de patitas en la calle. A partir de ahí comenzó al tira y afloja de la nueva justicia internacional con los más honrados pero no menos nacionalistas sucesores en Belgrado por hacerse con el estadista granuja. La Unión Europea como lejana pero imprescindible recompensa fue la palanca para vencer las enormes resistencias.  
 
La intoxicación nacionalista no fue un invento suyo, pero supo cultivarla y explotarla cómo nadie. Su peor legado es que los rescoldos de esa pasión política todavía humean en la vida pública serbia y el encumbrado prisionero, desde su imponente cárcel en La Haya, ha sabido mantenerlos con su orgullosa autodefensa, utilizando con pericia y desvergüenza como palestra propagandística las amplias garantías jurídicas de que disfrutaba. Perdió guerras con los que eligió como enemigos pero ganó muchas batallas políticas internas encandilando a sus conciudadanos. Como El Cid aún puede ganar alguna después de muerto. Su mito puedes seguir manteniendo a sus paisanos lejos del premio europeo.

 


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