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Europa 1, islamistas 12
En letra impresa nº 493   |  9 de Febrero de 2006
 
(Publicado en La Razón, 9 de febrero de 2006)

En condiciones adversas los daneses, los nuestros, se lanzaron a una jugada de gran riesgo. Hemos perdido por goleada. Si Europa, en conjunción con los primos de la otra orilla del Atlántico, no toma medidas drásticas, sin duda ya muy tardías y de alto coste, entramos en un largo proceso de OPA ferozmente hostil, en el que a lo peor dejamos de ser nosotros para convertirnos en un apéndice vergonzante de ellos. Esto suena a catastrofista porque es catastrófico y quien lo dice es alguien dado al optimismo y a pensar que la inercia es una poderosa fuerza social que habitualmente justifica el «nunca pasa nada». Pero las veces que sí pasa colman de razón la frase de Valery, «nosotros, civilizaciones, sabemos que somos mortales» y hacen realidad la historia como cementerio de culturas donde no es excepcional que los enterradores hayan sido bárbaros más combativos que sus mucho más refinadas víctimas.
 
De entrada «nosotros», más los de este lado que los de la orilla de enfrente, hemos hecho algo de consecuencias imprevisibles aunque ya las vamos atisbando. Hemos cortado los vínculos con nuestra religión nutricia, la que nos dio el ser. Todas las civilizaciones son la expresión cultural de una religión. ¿Qué sucede cuando una pretende ser puramente laica y pone en su raíz una displicente alergia a todo lo que huela a sobrenaturalismo? El culto a la libertad que deriva de nuestros orígenes religiosos es sin duda nuestra grandeza, pero ¿basta? Nos topamos de nuevo con el dilema de Saint Just, el jovencísimo colega de Robespierre: ¿Debe haber libertad para los enemigos de la libertad? Los totalitarios aman las libertades democráticas que los liberan de las trabas para destruirlas.
 
El director del «Jyllands-Posten» quiso ver si un acto de afirmación de la libertad era suficiente. Publicó las viñetas como una respuesta a la intimidación reinante. En la ultraliberal Dinamarca, con una comunidad islámica muy pequeña, el editor de un libro infantil sobre los musulmanes no había encontrado dibujantes que se atrevieran a proporcionarle unas ilustraciones. No se trataba de caricaturas sino de dibujos para niños. Pero ni eso. El periódico hizo un llamamiento público y encontró doce respuestas que dio a la luz. Algunas inocentes. La que dibuja a Mahoma con un turbante en forma de bomba con la mecha encendida parece ser la más agresiva. Niñerías comparadas con las patentes blasfemias anticristianas que por estas latitudes, y desde elevadas altitudes, se restriegan en las narices de los que osan seguir creyendo, no ya gráfica o verbalmente sino a golpe de leyes, todo ello en calidad de orgullosa manifestación de libertad de espíritu.
 
Puede que la merma de esa libertad que va a suponer el exquisito respeto a las delicadas sensibilidades de los discípulos de Mahoma, o sea, el humilde acatamiento de sus normas, exija una intensificación compensatoria de las agresiones espirituales contra nuestros retrógrados creyentes. Como poco la poligamia está al caer. Por eso los líderes musulmanes españoles rehusaron unirse a las demás confesiones religiosos contra la matrimonialización de la homosexualidad. En sus tierras los lapidan, aquí dejan que les preparen el camino. Hay que tener paciencia. Ya llegará el momento en que les ajusten las cuentas. Mientras tanto sus intereses convergen con la repugnancia de Zapatero a toda institución que huela a cristianismo o simplemente a tradición, y el matrimonio apesta en ambos sentidos. Si llega a serlo todo no será nada. Si Zapatero tiene la oportunidad de llevar su lógica a sus últimas consecuencias querrá ser el nuevo Moisés que nos conduzca al paraíso de libertad individual que se halla «más allá de la conyugalidad». No es ése el objetivo de los coránicos. El tiempo dirá quién le ha hecho la cama a quién.
 
Pero la tendencia está clara si Europa y Estados Unidos no se unen, proclaman a voz en grito sus principios, caiga quien caiga, no en forma de izquierdosa cuchufleta sino en serio. Poco cabe esperar de la políticamente enclenque Unión Europea y de sus moralmente acomodaticios miembros, pero sería una ocasión de oro para revitalizar los moribundos lazos trasatlánticos. También para mejor especificar qué significa el derecho al respeto. Recordando que para dirimir los agravios están los tribunales.

 


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