(Publicado en el ABC, el 18 de septiembre de 2003)
¿Es coherente que el Presidente de Gobierno español, que ha hecho de la lucha antiterrorista uno de los ejes fundamentales de su política, viaje hasta Libia para entrevistarse con Gadafi, uno de los dirigentes árabes más significados en esta actividad? ¿Tiene sentido asumir un papel protagonista en la cuestión iraquí, con los riesgos que ello implica, para luego ir a visitar a un déspota de pasado sangriento aislado por la comunidad internacional?
La política no es un ejercicio binario, ni la realidad un fenómeno estático. El gobierno libio tiene un currículo atroz y ha sufrido el efecto de una política de disuasión encaminada a convencer a sus dirigentes del elevado coste de sus acciones. La emergencia del terrorismo islamista, las difíciles relaciones de Gadafi con algunos ricos estados del Golfo y su necesidad de restablecer relaciones con Occidente han propiciado un aparente cambio de estrategia. Llevan tiempo marcando distancia de Al-Qaeda o de Arabia Saudí y piden una oportunidad para demostrar que su nueva posición es firme y fiable, que desean normalizar sus relaciones y mantener una política respetuosa con el resto del mundo.
Gadafi ha hecho de España el vehículo para restablecer sus vínculos con las potencias occidentales. Los lazos tradicionales unidos a su cómoda relación con Aznar y al peso creciente de la diplomacia española tras la crisis de Iraq explican la elección. Ni en Madrid ni en Washington se da nada por sentado, pero hay buena disposición. No se trata de un ejercicio de fe, ni nuestra diplomacia ha sufrido un espejismo, ni Aznar es un ingenuo. Si Libia está dispuesta a cumplir las reglas del juego se le dará una oportunidad. La reconstrucción del Próximo y Medio Oriente requiere la colaboración de todos. No sobran aliados en tan hercúlea tarea y conviene dejar claro a quien corresponda que se está a tiempo de rectificar.