Del periódico de mayor tirada en Europa, el
Sun: "Musulmanes furiosos destrozan tienda de adultos (léase sex shop) Ann Summers por vender un muñeco hinchable empalmado llamado
Mustafá Shag“.
No literalmente “destrozado” en el sentido de embajada danesa, o por lo menos aún no. Cómo es que la Asociación Musulmana de Gran Bretaña descubrió la existencia de Mustafa Shang como para sentirse ofendida por él, no está claro. Puede ser que hubiera alguna confusión: dado que los “varones que se vuelan por los aires”
[1] son una de las principales exportaciones del Islam, quizá algunos fieles acuedieran a ver a Ajmed y Walid pasando la nueva línea de cinturones Semtex
[2]. En lugar de eso, se encontraron de frente simplemente con otra asquerosa broma sexual infiel. La queja de la Asociación Musulmana, no hace falta decirlo, es que el juguete sexual “insulta al profeta Mahoma -- que también tiene el apelativo de al-Mustafá'.'
Si fuera musulmán, no me sentiría “herido” y “humillado” porque el nombre del venerado profeta se pusiera a varones empalmados de látex, sino a tantos varones reales que se vuelan por los aires: ¿el líder de los planificadores del 11 de Septiembre? Mohammed Atta. ¿Los musulmanes británicos que se inmolaron en un bar de Tel Aviv? Asif Mohammed Hanif. ¿El hombre armado que disparó contra el mostrador de El Al en el Aeropuerto de Los Ángeles? Heshamed Mohamed Hedayet. ¿El ex sargento del ejército americano cerebro de los atentados contra las embajadas de Kenia y Tanzania? Alí Mohamed. ¿El asesino del cineasta holandés Theo van Gogh? Mohammed Bouyeri. ¿El destacado violador en grupo de Sydney? Mohammed Skaf. ¿El francotirador de Washington? John Allen Mohammed. Si yo fuera musulmán, me ofendería profundamente que el nombre del profeta sea el apelativo favorito de tantos asesinos y terroristas suicida en los cuatro confines de la tierra.
Pero aparentemente eso no es tan importante como Mustafá Shag. Cuando Samuel Huntington formuló su famosa tesis del “choque de civilizaciones”, estoy seguro de que esperaba que se desarrollase como algo más noble que salidos vs. chiflados. Pero en cierto sentido, ése es el valor británico central hoy. Si sentir resquemor hacia todo es inherente a la cultura musulmana, convertirlo todo en broma sexual fácil es inherente a la cultura inglesa. El comodín “Mustafá” es uno de los más venerados en la tradición inglesa del music-hall: “He estado leyendo la última monografía académica -- 'Prácticas sexuales de Oriente Medio, por Mustafá Camel”. De querer apaciguar a la oleada demográfica musulmana, los británicos podrían concebiblemente retirarse de Irak y de Afganistán, pero es difícil imaginar que pudieran retirar las bromas vulgares de contenido sexual y ser reconociblemente británicos. Están, en la elección de palabras de la Asociación Musulmana, “afectados” por la fiebre del polvo.
En teoría, éste debía haber sido el momento exacto en el que Albert Brooks iba a lanzar su nueva película, "Buscando comedia en el mundo musulmán". En lugar de ello, la vida supera sin esfuerzo al arte. Brooks tuvo un excelente punto de partida y, en algún punto entre la ambigüedad del estudio y el instinto de autopreservación, todo se quedó en agua de borrajas, empezando con la decisión de centrar la trama en un viaje a la India. Que es, er, un país sobre todo hindú. Pero el mundo árabe rehusó dejar a Brooks filmar allí, e incluso si le hubieran dejado, habría tenido suerte de salir con vida. Innecesario es decir que la película no menciona eso. Así que una película cuyo título hace alarde de desdén hacia la corrección política es, al final, simplemente otra concesión a ésta.
No se puede culpar a Brooks, no en un mundo de titulares surrealistas como “Cifra de muertos por las viñetas alcanza los 9” (el Sunday Times de Australia). En vez de "Buscando comedia en el mundo musulmán", el mundo musulmán viene a buscar comedia en Occidente, y no le gusta lo que ha encontrado. Si la memoria no me engaña, era la NBC la que allá por los años 70 vetó las bromas acerca de la homosexualidad en todas las comedias a causa de un dentista gay de New Jersey. Informado de esto en una conferencia sobre censura, el productor de “The Mary Tyler Moore Show” comentaba “¿quiere usted decir que realmente existe el ratoncito pérez?”. Desafortunadamente la Comisión Asesora Islamista de Humor Compatible con el Corán será más estricta, y probablemente será mucho más devastadora para el sector de las telecomedias.
Y las buenas noticias son que ese cadáver ya está de camino. El Comisario de Justicia y Seguridad de la Unión Europea, Franco Frattini, declaraba el jueves que la UE va a montar “un código mediático” para animar “la prudencia” en el modo en que se cubren, ah, ciertos temas sensibles. Como lo explicaba el Signor Frattini al Daily Telegraph, “La prensa dará al mundo musulmán el mensaje: estamos al tanto de las consecuencias de ejercer el derecho a la libertad de expresión... Podemos y estamos dispuestos a auto-regular ese derecho”.
¿“Prudencia”? ¿“Auto-regular nuestra libre expresión”? No, me temo que eso es solamente dar al mundo musulmán el mensaje: habéis ganado, nos rendimos, por favor dejad de hostigarme.
Pero nunca lo harán. Porque, por utilizar el proverbio árabe con el que Robert Ferrigno abre su nueva novela Oraciones por el asesino, ambientada en la República Islámica de América, “Un camello que desfallece atrae muchos cuchillos”. En Dinamarca y Francia y los Países Bajos y Gran Bretaña el islam nota que el camello está desfalleciendo, y éste no es el momento de dejar de acuchillarlo.
El tema no es “la libertad de expresión” o "las responsabilidades de la prensa” o “la sensibilidad de determinadas culturas”. El tema, como ha sido en todas esas controversias de dibujos animados que se remontan a la fatwa de Salman Rushdie, es el punto en el que una sociedad libre salta para hacer frente a los sinverguenzas. Los musulmanes británicos desfilan por las calles enarbolando pancartas de “DECAPITAD A LOS ENEMIGOS DEL ISLAM”. Si lo dicen en serio, obra en consecuencia. Como argumentaba mi compañero de columna John O'Sullivan, tendremos que luchar igual en la primera trinchera que en la última.
Pero entonces se nos explica pacientemente durante tiempo indeterminado que no son representativos, que hay muchos, muchos “musulmanes moderados".
Estoy seguro, He conocido a montones de “musulmanes moderados” en Jordania e Irak y los estados del Golfo. Pero, como me escribía un lector hace un año o dos, en Europa y Norteamérica no hay tantos “musulmanes moderados” como musulmanes callados. Los pocos que sí hablan claro acaban viviendo escondidos o bajo seguridad 24h, como la diputada holandesa Ayaab Hirsi Alí.
Así que cuando la UE y la BBC y el New York Times digan que necesitamos ser más “sensibles” hacia esos colegas de las pancartas de “Decapitad a los enemigos del islam”, deberían mirarse al espejo. Se están convirtiendo en “musulmanes moderados”, y probablemente acaben acobardados y silenciados e invisibles.