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Libertad de expresión y credo, sí, pero en la integración occidental
Análisis nº 92   |  9 de Febrero de 2006
 
Los acontecimientos de violencia que se han desencadenado a cuenta de la publicación de unas caricaturas de Mahoma en un diario danés, llama, una vez más, a la reflexión en relación a las formas en las que los fundamentalistas defienden el islamismo y su cultura, cada vez más imbricada en la nuestra, como uno de los principales países receptores de ciudadanos de Marruecos, sobre todo, y de otros del África Subsahariana y Oriente Próximo.
 
El discurso facilón de los demagogos puede llegar a propiciar situaciones como la que estamos asistiendo, aprovechada muy sutilmente por los fundamentalistas que alimentan las mentes de los más jóvenes y que lejos de honrar a Alá y su Profeta, utilizan el islamismo violento, que no el Islam, como vehículo para sus intereses.
 
Los episodios de violencia que estamos viendo en televisión, hacen preguntarse si la política de tibieza que la administración ZP viene manteniendo en relación a los inmigrantes que se llegan cada día a España es la correcta. ¿Qué se está haciendo para la  integración religiosa y cultural de los nuevos ciudadanos que llegan a España?
 
¿Es correcto manifestarse con tanta superficialidad en un periódico como el International Herald Tribune en relación a los hechos ocurridos, como lo ha hecho recientemente nuestro Presidente?
 
No es la primera vez que se apela desde estas líneas a la sensatez. Si queremos que todos convivamos en paz, que no se generen guetos, como en París, es preciso dar un paso al frente. Las reglas del juego para el que llega a nuestra sociedad buscando una vida mejor deben quedar muy claras, para ellos y para nosotros. Libertad de expresión sí, de Credo, por supuesto que también, pero siempre y cuando todos nos movamos bajo los mismos parámetros legales y  la práctica de su cultura y religión quede dentro de un adecuado marco de deberes que cumplir con la sociedad que les acoge, a la vez que ésta contribuye activamente para la plena integración de estos ciudadanos. Ahora más que nunca es imprescindible poner en marcha programas reales de integración y de supervisión de otros que se anunciaron. Prevenir siempre es mejor que curar.
 
Falta de oportunidad
 
Antes de seguir adelante, a quien esto escribe le gustaría sacar una lanza a favor del respecto hacia cualquier creencia. La publicación de unas caricaturas sobre Mahoma no pueden ser más poco delicadas y más inoportunas, en el escenario que se ha dibujado después de los atentados de Nueva York el 11 de septiembre de 2001, que ha abierto una grave fractura entre Oriente y Occidente.
 
Aunque para el occidental no constituya más que un dibujo “divertido” e inofensivo, aunque de mal gusto, pero inofensivo, no es menos cierto que las ofensas a la figura de Cristo levantan ampollas y hieren la sensibilidad de los creyentes de la Fe Cristiana. No hace mucho tiempo, en España hubo una gran polémica por las fotos que se hizo el socio de nuestro ZP, Carod Rovira, con la Corona de Espinas sobre su cabeza, para divertimento de su particular fotógrafo, Pascual Maragall. También se consideran blasfemias algunos insultos que aluden a Dios. La religión católica prohíbe tomar el nombre de Dios en vano. Todavía está en muchas retinas las imágenes emitidas por el entonces Canal Plus- hoy reconvertido en La Cuatro por obra y gracia del Presidente Zapatero- de unos “restauradores“ cocinando un Cristo crucificado. Francamente, algo de muy mal gusto, al margen de la falta de respeto para con todos aquellos que tienen depositada su fe en Dios.
 
Considero que la libertad de expresión no es óbice para ofender al contrario, en un tema tan delicado como es el de la creencia y alabanza en Dios o Alá, que viene a ser lo mismo.
 
En paralelo a estas consideraciones, la respuesta de los fundamentalistas musulmanes ha sido de todo punto desorbitada, de proporciones desmesuradas se mire por donde se mire, fuera de lugar y de consecuencias muy graves, en el momento político tan delicado que vivimos entre Oriente y Occidente. Y más, cuando tenemos muy claro que no se trata de una manifestación ni mucho menos espontánea. La elocuente callada del gobierno sirio no deja lugar a dudas. La actitud de Irán y de El Líbano, tampoco. Sabemos con certeza que en estos países no existe la libertad de manifestación y que nadie mueve un dedo sin consentimiento.
 
Pero lo peor de todo es que ya llueve sobre mojado. Las acciones terroristas del 11 de septiembre en Nueva York han supuesto la puesta de largo de toda una política contra Occidente que nosotros conocemos desgraciadamente de primera mano, pero que no hemos sido los únicos (Londres, París). En sus diferentes versiones, a nadie le cabe duda a estas alturas de la película, que estas acciones violentas forman parte de un todo, de un choque de culturas, que no están muy dispuestas a sumarse al carro de esa Alianza de Civilizaciones que pretende promover nuestro Presidente a golpe de sonrisa.
 
Es claro que estas “inofensivas caricaturas” se han sacado a la luz en el momento más oportuno para los intereses de los fundamentalistas, ya que se publicaron hace unos meses y hasta ahora, nada se sabía al respecto. Es obvio que algo está pasando: 11M en Madrid, atentados en Londres, revueltas en París y otras ciudades de Europa, ahora este vandalismo en Oriente contra Dinamarca...¿qué más necesitamos que pase para tomar el toro por los cuernos y desarrollar políticas de información e integración cultural y religiosa en nuestros países, receptores de muchos ciudadanos de estas creencias que precisan de un norte firme al que asirse en vez de volver los ojos hacia los bárbaros que los azuzan?
 
Lo que pasa en España
 
Es inevitable hacerse esta reflexión una vez que somos conscientes de la gravedad de la situación: si puede pasar esto en nuestro país, donde la libertad de expresión y de Credo es un valuarte ganado a pulso donde nos movemos en parámetros amplios de libertad.
 
Esta pregunta cobra toda su importancia si pensamos que España es uno de los principales países europeos receptor de musulmanes, sobre todo marroquíes, país con el que guardamos una diplomacia de salón siempre y cuándo, su “Graciosa Majestad del Sur” no se sienta “ofendida”.
 
No es ninguna tontería plantearse este tipo de cuestiones cuando nos hemos desayunado con una prensa marroquí que ha pregonado su disconformidad ante la visita de Zapatero a Ceuta y Melilla, donde ni siquiera las más altas esferas del Estado Español se atreven a poner el pie, para no molestar al vecino del Sur, que sigue considerando suyas estas dos ciudades españolas, sentimiento no correspondido por ceutíes y melillenses. Y si no, que se lo pregunten a ellos. Ya que estamos en tiempos de replanteamiento nacional, no estaría de más que estos españoles tuvieran la oportunidad de pronunciarse al respecto.
 
No es nada tranquilizadora la postura tan tibia que ha tomado Zapatero durante esta visita, que no ha sido más que una operación de maquillaje. Pero el maquillaje solo disimula las imperfecciones, no las oculta.
 
Tampoco tranquilizan las declaraciones ambiguas de ZP en International Herald Tribune a cuenta del galimatías de la Alianza de Civilizaciones, el respeto y la libertad. Parece mentira la frivolidad con que se toma estas cuestiones un Presidente que llegó a gobernar tras un atentado de tamañas dimensiones como sufrimos hace 2 años. No sólo no desarrolla políticas firmes de integración en relación a los nuevos inmigrantes de cultura árabe, sino que puede estar creando, con su indolencia y mal entendido multiculturalismo, un caldo de cultivo propicio para que cada cosa que hagamos o publiquemos tenga que ser estudiado con lupa, si no queremos vivir situaciones como las que estamos viendo tanto en Dinamarca como en Oriente Próximo.
 
La Comunidad Musulmana en España
 
Los datos publicados por Instituto Nacional de Estadística (INE )sobre inmigración revelan que la población en España ha sobrepasado la cifra de 44 millones de habitantes (44.108.530 a 1 de enero de 2005), de los cuales, el 8,5 por ciento son de nacionalidad extranjera. De hecho, el 76,4 por ciento del incremento demográfico se debe a las inscripciones de inmigrantes, siendo los marroquíes los extranjeros más numerosos (511.294).
 
Otro dato interesante es la franja de edad de las personas que vienen a nuestro país. La población extranjera entre 16 y 64 años, la que está en edad laboral, fue mayoritaria en todos los municipios y representó el 80,1% del total de extranjeros a nivel nacional.
 
En relación a la comunidad musulmana, el Informe Internacional sobre Libertad Religiosa 2005 revela que hay poca información exhaustiva sobre la misma residente en España, y se estima que el número de sus miembros está entre 500.000 y 1.000.000. La Federación Española de Entidades Religiosas Islámicas (FEERI) calcula que los musulmanes se aproximan al millón, incluyendo a los inmigrantes legales y a los ilegales.
 
Madrid y Barcelona albergan el mayor número de confesiones religiosas, según fuentes oficiales. El último censo realizado indicaba que las mayores comunidades de inmigrantes de países predominantemente musulmanes se encontraban en las comunidades autónomas de Cataluña, Andalucía, Madrid, Valencia, Murcia Ceuta y Melilla.
 
Según la Comisión Islámica de España, los musulmanes integrados en las distintas Comunidades y Asociaciones cuenta con más de trescientas mezquitas y oratorios, con sus correspondientes dirigentes e imanes.
 
En general, el número de Iglesias y comunidades religiosas no católicas presentes en el país es probablemente mucho mayor de lo que se conoce. Algunos grupos religiosos optan por inscribirse como organizaciones culturales en los registros de los gobiernos autonómicos en lugar de hacerlo en el registro de entidades religiosas nacional porque el proceso de inscripción puede durar hasta seis meses y requiere muchos trámites.
 
Estos datos demuestran que la comunidad musulmana es lo suficientemente importante en nuestro país como para prestar especial atención a que sus actividades se desarrollen dentro de la normalidad, como ha venido ocurriendo en líneas generales hasta la fecha. Siempre es bueno precisar que la mayoría de la gente que viene a España, sea del Credo que sea, viene con la sana intención de trabajar e integrarse, pero algunas excepciones importantes como las acaecidas en los últimos años (preparación del 11S, consecución del 11M) no pueden pasar por alto que hay que buscar soluciones para que no tengamos que estar constantemente mirando con lupa lo que decimos y hacemos, como ha sido el caso de Dinamarca.
 
En estas cosas, acaban pagando justos por pecadores, porque al final, sale a relucir lo peor de cada casa, cuando en general la familia es honrada.
 
 
Cuando se confunde islamismo radical con Islam...también en España
 
El Islam se desenvuelve en España en un contexto de libertad religiosa. Los musulmanes gozan de libertad de expresión y de culto que el Estado garantiza en el marco de la legalidad, siendo como es España un Estado laico, cosa que no ocurre en los países de origen, en los que los cristianos son muchas veces perseguidos. Dentro de este contexto,  son cada vez más los que piden al Gobierno cierto control de determinados aspectos religiosos, o más bien, que se garantice que el discurso en las mezquitas en simplemente religioso, y no una excusa para el desarrollo de “cachorros fundamentalistas” que ven el mundo Occidental que les acoge como un enemigo a combatir, en vez de una sociedad que desea integrarse con ellos. 
 
Islamismo no es igual a Islam: la religión de millones de musulmanes es manipulada por políticas integristas. El problema surge cuando se funde religión e ideología.
 
Es innegable que algunos lugares de encuentro se utilizan como vehículo para movilizar a jóvenes en favor de una lucha criminal contra la vida y la convivencia. El islamismo radical es el caldo de cultivo de la intolerancia que favorece el  terrorismo que padecemos desde hace 5 años, no solo en Occidente, sino también  en el mundo árabe, como vemos estos días.
 
El Gobierno de Zapatero anunció al principio de la legislatura que adoptaría medidas para controlar las mezquitas, algo harto complicado, desde luego, y sobre todo, como se pretendía hacer dentro del Pacto Antiterrorista denostado hoy por el propio Presidente, cuando dice que es demasiado restrictivo. Mal comienzo.
 
Un arma adecuada sería combatir este terrorismo con el Código Penal en la mano. Sí, algunos dirán que se está deteniendo a terroristas e interceptando grupos integristas. Pero hay que hablar de una adecuada regulación de los lugares de culto como parte del conjunto, algo  imprescindible. Nada se ha hecho al respecto a la fecha. Hasta las mismas asociaciones musulmanas, que son las primeras en aclarar su ánimo pacifista, solicitan que el Gobierno regule esta situación, dado el vacío legal que existe al respecto. Ellos mismos son conscientes de que la proliferación de lugares de encuentro y mezquitas en nuestro país en zonas periféricas puede contribuir al aleccionamiento de jóvenes que acaben haciendo de su Fe en Alá un malentendido fundamentalismo hacia la propia sociedad en la que viven.
 
Poner orden en una manifestación religiosa con cada vez más fieles en nuestro país debe ser un objetivo legítimo del Estado sin cortedades ni una malentendida prudencia, ni un multiculturalismo de salón.  Es preciso crear un marco institucional en el que el Islam se desenvuelva en libertad y con respeto a los valores democráticos en nuestro país, y así lo entienden no pocos representantes musulmanes. El mayor peligro que tienen ante sí las mezquitas es que comienzan a estar  en el punto de mira de los fundamentalistas, ante la pasividad de unos gobernantes que confunden la libertad religiosa con la demagogia. 
 
El  poder que tienen algunos negociantes que financian mezquitas en España y la permisividad hacia discursos intolerantes son claras amenazas hacia la labor cívica y respetuosa de los musulmanes que conjugan en España sus creencias, la libertad de culto y la ciudadanía democrática.
 
Por una integración religiosa regulada
 
Toda esta reflexión lleva a concluir algunas cosas: estamos a tiempo todavía de desarrollar un marco de derechos y deberes, una oportuna regulación desde el diálogo con los musulmanes que viven en nuestro país, que, como sabemos, ronda el millón y seguirá creciendo.
 
La regulación adecuada de los cultos necesariamente tendrá que pasar por el diálogo con los responsables de las instituciones islámicas en España. Nada se avanzará si los responsables de esta comunidad no se sienten integrados en todo el proceso legislativo y desarrollo de programas de integración para muchos jóvenes que se refugian en algunos lugares capitaneados por fundamentalistas sin escrúpulos.
 
El problema debe ser abordado si tibiezas ni miedos.  La libertad religiosa debe ser plena, un iman puede decir lo que quiera en una mezquita, pero lo que no puede hacer es incitar a actividades contra el orden público y hacer apología de la violencia o que generen guetos de futuro vandalismo. Este discurso tiene que ser llevado a todos los puntos de nuestro país, entendido dentro de éste Ceuta y Melilla.
 
El Gobierno debe demostrar firmeza de criterio ante el Reino de Marruecos. Aquí la cintura política será fundamental, algo de lo que adolece la actual administración Zapatero, que se basa en “atacar “ gratuitamente con hechos a los amigos, y ponerse de rodillas ante los que no están dispuestos a ceder en sus premisas. Lo estamos viendo en temas nacionales, pero también en nuestra relación con Marruecos y Estados Unidos.
 
Una buena dosis de prudencia y mano firme son las recetas adecuadas. El Acuerdo de Cooperación  del Estado Español con la Comisión Islámica de España firmado en noviembre de 1992 fue un primer paso para la convivencia. Hoy, no basta con subvencionar la asignatura de religión, o la contratación de profesorado ad hoc. Es preciso  hacer uso de un registro de lugares de culto autorizados para evitar que cualquier local se convierta en una mezquita clandestina que no se corresponde con el lugar que la religión debe ocupar para la plena integración de los inmigrantes musulmanes en España.
 
En el ámbito de nuestro entorno europeo, sabemos que la Comisión Europea ha tratado de encontrar un difícil equilibrio entre la libertad de expresión y la religiosa, pero son los gobiernos con su firmeza de convicciones, políticas y legislación más adecuada al terreno, quienes deben marcar la senda de la sociedad en su conjunto, incluidos los ciudadanos que viene a compartir nuestro Estado de Bienestar y enriquecerlo con sus costumbres.

 
 
Ana Ortiz es Analista Adjunta en el área de Inmigración y Seguridad Interior.
 


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