No a la Guerra, ¿sí a qué?
Hace dos años, obsesionados con el retumbar de los cañones y el rugir de los aviones, los pacifistas se indignaban ante el olor a pólvora que intuían a través de la CNN. Historia conocida, desde entonces, el No a la Guerra se convirtió en el primer mandamiento en la calle y en los medios de comunicación españoles. Hoy, la coalición gubernamental que ocupa La Moncloa recita el dogma con igual fuerza que hace dos años; guerra, crimen, injusticia, ilegalidad pertenecen a la Biblia de quienes nos gobiernan, como pecados inexpiables del Gobierno al que derrotaron en las urnas y del que buscan separarse por completo. A día de hoy, la coalición gubernamental se presenta, en Irak o en Euskadi, como el Gobierno de la Paz.
No olvidan seguir la lógica que proponen. Si el rechazo a la guerra es el primer precepto, si la guerra es un crimen, el que la realiza es un criminal. Bush y Blair fueron señalados culpables, criminales, genocidas; respaldados por los suyos, aún lo son a los ojos de nuestros intelectuales. Pero, ¿acaso no es quien consiente y anima al crimen también un criminal? Sentemos en el banquillo de los acusados también a Jose María Aznar, afirma el dogmático del pacifismo. ¿Y quien comprende, explica o asiente ante la Foto de las Azores? ¿No lo hace ante un crimen? Será también sentado en el banquillo de los culpables. No a la Guerra, no a la violencia, es más que una consigna; es un mandamiento que se extiende hasta hoy. Ante su mención, cualquier intento por desentrañar lo que ocurrió y ocurre en Irak es mera ilusión. El analista es también culpable de tibieza.
Como toda decisión política, diplomática o militar, la invasión de Irak fue discutible, dirá el analista. Nada nuevo; desde los fines y objetivos hasta los medios, desde la estrategia hasta la táctica, toda actividad humana lo es. Pero ¡sorpresa! la ideología se tragó cualquier análisis, y aún hoy lo tritura masticándolo. Comprender las causas de la guerra es ya un crimen, porque todo lo relacionado con ella –en Irak o en cualquier otra parte del mundo- lo es. Discusión imposible en la España de 2003 y 2004; quien gritaba con poca fuerza No a la Guerra era sospechoso de connivencia con el gran crimen de las Azores.
Quienes encabezaban los minutos del odio, la denuncia total y sistemática de la posibilidad del uso de la fuerza contra el sátrapa de Bagdad, parecían olvidar que el discurso meramente negativo hace de la guerra el concepto primordial, del que depende la paz; “No a la Guerra, ¿sí a qué?” es la pregunta que la mayoría silenciosa, la que se quedó en casa en marzo de 2003 hacía a quienes subidos a la tribuna despotricaban contra cualquier uso de la fuerza.
Satisfechos moral e intelectualmente, se dieron por satisfechos sacralizando el No a la Guerra. ¿Pero qué queda entonces? La Paz, contesta radiante el activista callejero. Pero ¿Qué paz? Entonces el discurso del pacifismo absoluto e incondicional parece oscurecerse; “El conquistador ama la paz; quisiera ocupar nuestro país sin guerra” afirma Clausewitz sin asomo de sarcasmo. Para Sadam la paz perfecta era la de las fosas comunes kurdas, la de la policía secreta baazista torturando en los sótanos de Bagdad, la de las razzias contra los pueblos y aldeas desafectos. Quienes se oponían al uso de la fuerza y hoy se indignan contra la Casa Blanca por los atentados alquedistas contra mujeres y niños, no proponen nada que no sea no hacer nada. Hacer algo, siquiera pensarlo, los pondría a la altura del Pentágono o del Departamento de Estado, encarnación del mal sobre la tierra. Oponiéndose sistemáticamente a la guerra, aún hoy dan por buena cualquier paz, incluida la del dictador iraquí o la de los carniceros de Al-Qaeda. Haciendo del rechazo a la guerra la única guía política y moral, sólo queda una opción; esperar sentado sin hacer nada.
Pero la pregunta primordial no es la pregunta por la guerra, sino por la paz que constituye su objetivo y su finalidad. Sordos por el rugir de la guerra, los pacifistas totales olvidaron y olvidan hacerse la pregunta por la preguerra y por la postguerra. A estas alturas del partido resulta moralmente ridículo preguntarse por las resoluciones de la ONU, por la legalidad internacional: por encima de ello, en Irak hoy están en juego dos formas de paz , ya que la paz de Sadam yace en el desguace de la historia; la pax americana frente a la paz yihadista. La construcción de un Estado decente, más o menos democrático, más o menos pacificado, más o menos prooccidental; o la consecución de un agujero negro de la humanidad y de la civilización, bajo los auspicios de los enviados o herederos de Ben Laden, que amenace con extender su metástasis por todo Oriente Medio.
Guerra real y guerra aparente en una historia posible
¿Qué es la guerra? Entendida en términos contemporáneos, choque armado entre unidades políticas organizadas, responderá el politólogo contemporáneo; en 2003, las divisiones blindadas norteamericanas chocaron violentamente bajo el sol del desierto con la Guardia Republicana. Detrás, a la espera, la diplomacia española esperaba el momento para enviar a los soldados. Lo hizo cuando todo hubo terminado; solución poco épica, pero prudente y realista, que jugaba con la apariencia política y estratégica. El historiador de la guerra no podrá concluir otra cosa; España no estuvo en guerra con el Irak de Sadam Hussein. Pero las cosas no son tan fáciles.
“¡Estuvo, estuvo!” claman el dirigente sindical, el director de cine, el Premio Nóbel de literatura, orgullosos de su perspicacia; ¿acaso no prestaron cobertura diplomática en la ONU? ¿acaso no se utilizaron las bases españolas para el genocidio? ¿no hubo seguidismo al vaquero tejano? “¡Que nos oigan!” clamaba indignado en la Puerta del Sol el mismo director de cine que después corre solícito a recibir los premios del país que califica de asesino. Poco interesados en conocer los hechos tal y como sucedieron, los profetas de la paz clamaban contra una guerra que su Gobierno, al que acusaban de los peores crímenes, no libró. La guerra aparente, inexistente, se tornó intolerablemente en una guerra real para quienes abominaban tanto de ella como de cualquier discusión sobre ella. Pontificando desde tribunas secularizadas, proclamaron un nuevo dogma, No a la Guerra, y señalaron a los pecadores en La Moncloa y en la calle Génova. Desde lo alto de sus púlpitos, los hechos tal y como se desarrollaron estaban demasiado lejos, o les importaron demasiado poco. El caso es que se olvidaron de ellos, tanto como de la Paz que consagraban con su certeza antimilitar.
La frontera iraquí termina a las puertas de la Moncloa
Desde entonces, Irak es el mito del que se nutre la política de la coalición gubernamental. Convertidos en verdugos después de jueces, subidos en lo alto de la intelligentsia ibérica, los responsables de los partidos en el poder siguen justificando toda su política por oposición a la guerra de Irak. El hecho es que la España de Aznar nunca estuvo en guerra con Irak; hace dos años las balas llevaban sólo el sello angloamericano. ¿A quién de ellos le importa? “El que domina el presente domina el pasado; el que domina el pasado domina el futuro” (Orwell). Da igual lo que historiadores y analistas cuenten de ello. Desde el 14M, el pasado parece ya reescrito en los medios oficiales, públicos y privados con letras indelebles.
El dominio del presente permite reconstruir el pasado, y con él configurar el futuro a voluntad; la guerra terminó el 14M. Pero hoy, bajo la coalición gubernamental que ocupa el poder en La Moncloa, las Fuerzas Armadas españolas participan en la guerra contra el terrorismo. Los marineros españoles, codo a codo con los estadounidenses, participan en los ataques contra grupúsculos islamistas al noroeste de Irak. La Álvaro de Bazán se encuadra en el grupo de combate del Roosevelt, y como tal, participa en los ataques contra las bases y rutas terroristas en la frontera sirio-iraquí. Sus radares siguen atentamente las evoluciones de los cazabombarderos norteamericanos, al tiempo que vigilando, guardan sus espaldas y las del resto de la flota aliada. Poniendo a punto sus sistemas y entrenando a su tripulación, la F-101 se encuentra en 2004 inmersa en la guerra de Irak, la misma que los gobernantes de hoy repudiaban hace dos años.
En la cola y bajo las alas de los aviones atacantes se dibuja la bandera norteamericana tanto como la española en la popa del buque que los escolta. Unos y otros participan en la lucha contra el terrorismo, en la consolidación de un sistema político medianamente digno en Irak. Sorpresa estratégica y diplomática, el Gobierno de la coalición pacifista está bombardeando Irak y la frontera Siria; Aznar jamás se atrevió a tal cosa. Haciendo equilibrios diplomáticos, nunca participó en acciones ofensivas contra los restos del aparato baasista o las divisiones alqaedistas en Irak. Hoy, el Gobierno de la Paz colabora con la Navy en la guerra contra el terrorismo; bombardea campamentos y ataca caravanas de aprovisionamiento.
La política es caprichosa, afirmará el lector puntilloso; Aznar rehuyó la guerra, pero quiso beneficiar a nuestro país de una participación aparente; el gobierno del 14M denunció la guerra como un crimen, y hoy no puede escapar de la participación real en ella. El lector inquieto encontrará curiosas y aún insalvables tales paradojas; la diplomacia es así, y no puede serlo de otra forma. La política es el reino donde todo es posible, donde el futuro torna las decisiones acertadas en erróneas, y las erróneas en acertadas.
Sin embargo, cuando la política se convierte en la expresión de la moral pacifista, cualquier mención a lo posible carece de sentido; cuando de lo que se trata es de lograr la paz absoluta, en España y en el mundo, las sutilezas analíticas están de sobra; si la coalición gubernamental representa la paz frente a la guerra, el capricho de la política debe dejar lugar a la certeza, a la necesidad moral y ética. Da igual una guerra aparente que real; es un crimen en cualquier caso. Entonces las opiniones se convierten en necesidades e imperativos; el No a la Guerra no sólo consagra para los demás una paz que detestarían para sí mismos; inaugura un dogmatismo difícilmente soportable desde una concepción de la historia probabilista e incierta. Marzo de 2004 fue el punto culminante del triunfo del discurso del pacifismo absoluto e incondicional, del rechazo total y eterno del uso de la fuerza. Pero fue también el comienzo de algo más.
Pacifismo, Cinismo y Voluntad de Poder
Intransigentes de la moral, quienes hicieron del No a la Guerra el primer mandamiento, saludaron con entusiasmo la formación de la coalición gubernamental de 2004, y celebraron solemnes la decisión de repatriar las tropas españolas desplegadas en Irak. El pacifismo absoluto convertido en política pareció extender su dogmatismo por una sociedad que siguió en unos casos y toleró en otro, a los nuevos profetas de la paz, los que lanzaban sus consignas desde el estrado de la Puerta del Sol y felicitaron, presurosos, la llegada de la plena democracia.
Pero las flaquezas humanas retratan al hombre; más nítidamente a los maestros de la virtud. Hoy, con los soldados españoles peleando en Irak, los profetas del pacifismo total miran hacia otro lado. En vano escuchara el lector los gritos desairados de actores y directores de cine, de premios Nóbel; no encontrará manifiestos de periodistas y presentadores de televisión. Tras la heroica resistencia antiviolenta, tras el arrebato pacifista, tras la Cultura contra la guerra, las bombas norteamericanas llevan también la firma española; pero los iraquíes muertos en enero de 2006 parecen importarles menos que los muertos antes de marzo de 2004.
Al mismo tiempo, en la Carrera de San Jerónimo, la moqueta ahoga las quejas de la larga coalición gubernamental; la indignación moral de antaño sirve de alfombrilla de los coches oficiales y de los despachos recién heredados. Empeñados en desguazar España unos, en arrinconar a la mitad de ella otros, en pactar la balcanización del norte del país otros, Irak parece quedar fuera de su indignación moral.
De repente, las conciencias pacifistas, en la calle y en los escaños, miran hacia otro lado; hoy es el buque español, bajo las órdenes del mismo Ministro de Defensa que dice que es mejor morir que matar, bajo las órdenes del Presidente del Gobierno que animaba a abandonar Irak, el que participa en la guerra de Bush. Pero las calles están vacías. Los mismos que clamaban contra una política, callan silenciosos ante su continuación y su perfeccionamiento. Los mismos que se indignaban contra el apoyo diplomático a los bombardeos callan ahora ante la participación directa de nuestra Armada en acciones de guerra.
Discutible como toda guerra, la guerra que enfrenta en Irak a las huestes de al-Zarkawi con el gobierno iraquí y el cuerpo expedicionario angloamericano es la misma ahora que en 2003. Es el juego de Poder en España el que ha cambiado. Y con él, los ardores morales de intelectuales y políticos han quedado sepultados bajo el torrente de subvenciones, cargos, ayudas, programas de televisión y gabinetes heredados. Entonces la sombra del cinismo se extiende sobre las pretendidas almas puras que agitaron la calle en nombre de la Paz. La voluntad inquebrantable a favor de la ella ha cambiado en el momento en que lo hacía el Poder. Asociado a éste, el ardor pacifista se ha enfriado, uniendo la voluntad al poder al que ahora se asocia.
Aquellos que se levantaban indignados contra la injusticia de la guerra, hoy sólo tienen una opción; sumarse a ella o seguir denunciándola, dicta la lógica de la coherencia, y aún del mandato supremo del No a la Guerra. Defensores de la paz a cualquier precio, obviaron la paz de Sadam como lo hacen con la paz yihadista. Su juicio pudiera ser equivocado; no así su voluntad, piensa el analista bienintencionado. Pero vana ilusión, pensará el lector escéptico; la política de la paz se ha convertido en la política del cinismo. La voluntad pacifista se ha convertido en Voluntad de Poder. Los valores absolutos proclamados con histeria pacifista, se convierten hoy en vacíos de contenidos, en intercambiables, en selectivos. Las sutilezas diplomáticas y estratégicas que les repugnaban hace dos años dejan hoy sus conciencias satisfechas; su odio hacia la Foto de las Azores se convierte en indiferencia ante la Alvaro de Bazán escoltando al portaaviones yankee y haciendo la guerra en Irak.
La sangre que tanto les preocupaba antes hoy parece molestarles, manchando los bajos del mantel sobre el que celebran la victoria de hace año y medio. Satisfechos tras el festín ideológico, tras la derrota del pérfido Aznar, la guerra ha dejado de ser una preocupación cuando es la coalición gubernamental la que la libra; la guerra de hoy no es guerra, los muertos de hoy no existen, el riesgo actual no es riesgo. El supremo mandamiento ha desaparecido de sus desvelos diarios. Ante una mayoría silenciosa que hoy parece poco a poco despertar, el No a la Guerra muestra bajo su pancarta el esqueleto metálico y frío de unas élites culturales e intelectuales que han perdido todo interés en denunciar las pretendidas injusticias que tanto les preocupaban hace año y medio. Han satisfecho su voluntad de poder, y eso ya les parece suficiente. En vano esperará el elector dimisiones, quejas, rupturas entre los socios que disfrutan del festín del ganador. La política de la paz ha dejado paso a la política del cinismo, y a día de hoy proporciona una dolorosa certeza a quienes se sumaron al movimiento; la Voluntad de Poder se ha mostrado como el reverso oculto del No a la Guerra.