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Árabes de Hollywood
Colaboraciones nº 760   |  20 de Enero de 2006
 
El supuesto mandatario de un estado árabe rico en crudo planea una reforma económica que incluye permitir que las niñas vayan a la escuela y la firma de un contrato petrolero con China. Pero días antes de asumir el cargo, es asesinado cuando una bomba por control remoto destruye su limusina a prueba de balas en mitad del desierto. ¿Quién querría quitar de en medio a un príncipe tan ilustrado?
 
La respuesta dada en “Syriana”, la bola de demolición de Hollywood protagonizada por George Clooney, es simple: el asesinato fue planeado y realizado por la CIA, el brazo de trucos sucios de los Estados Unidos de América.
 
¿Pero por qué iban a querer muerto los americanos a un ilustre líder árabe en un momento en el que el Presidente Bush hace llamamientos a que surjan tales lideres en el mundo árabe?
 
Una vez más, la respuesta de los guionistas es directa: el gobierno norteamericano está controlado por los intereses petroleros de Texas, que no pueden permitir que ningún estado árabe firme un contrato petrolero con China.
 
Vi la película en Nueva York el mes pasado y no esperaba que una versión pirata estuviera disponible por todo el mundo árabe. Pero aún así, la semana pasada o así, una docena de correos electrónicos procedentes de amigos árabes de todo Oriente Medio citaban la película como (en palabras de uno) "la prueba certera" de que Estados Unidos nunca toleraría líderes democráticos en ese vecindario.
 
EL viejo dicho nos dice que uno nunca podrá convencer a alguien que no quiere convencerse. Los productores de “Syriana” predican para ser convertidos, aunque sólo sea porque una cifra extraordinariamente grande de árabes se siente cómoda en la certeza de su victimismo. Mucho antes de que “Syriana” llegase a las pantallas, esos árabes estaban convencidos de que cualquier desgracia que cayera sobre ellos se debía a alguna conspiración de alguna pérfida potencia occidental.
 
En el norte de África, donde Francia gobernó durante más de un siglo, cada defecto y cada crimen importante son achacados a los franceses. Desde Egipto hasta el Océano Indico, todo era culpa de los británicos... hasta que los americanos emergieron como protagonista más convincente del país de la fantasía de las teorías conspiratorias. En Libia, donde Italia gobernó durante algún tiempo el siglo pasado, hasta el hecho de que los teléfonos no funcionen en el 2006 se achaca a los italianos. 
 
¿Cambiaría algo si alguien recordase a los teóricos de las conspiraciones que ninguno de la docena o así de asesinos políticos de alto nivel en el mundo árabe durante el último siglo tuvo nada que ver con Estados Unidos o con ninguna otra potencia extranjera?
 
Comience con el asesinato el pasado mes de febrero de Rafik Hariri, ex primer ministro del Líbano. ¿Fue asesinado por la CIA, o — como afirma ahora el ex vicepresidente de Siria, Abdul-Halim Khaddam — por una coterie criminal de Damasco?
 
La lista de líderes árabes asesinados desde 1900 es larga. Incluye a seis primeros ministros, tres reyes, un imán (de Yemen), siete presidentes de la república y docenas de ministros, parlamentarios y altos funcionarios militares. Todos y cada uno de ellos fue asesinado o bien por islamistas militantes (a menudo de la Hermandad Musulmana) o por nacionalistas pan árabes.
 
QUE muchos árabes celebrarían la sugerencia de que sus tragedias se deben a malas obras por parte de extranjeros puede ser comprensible. Cuando tantos americanos se reúnen para hacer una película con el fin de retratar a su nación como la encarnación del mal es menos comprensible.
 
Syriana” no solo trata de un único asesinato político. También representa Estados Unidos como la potencia responsable de gran parte del terrorismo que llega de Oriente Medio. La película muestra a las compañías petroleras norteamericanas como patronos de mano de obra asiática esclava, mientras que la CIA es la fuente clave de suministro de las bombas utilizadas por los terroristas.
 
¿Por qué querría cualquier americano que se precie escribir o dirigir o interpretar un papel en “Syriana”? Si Estados Unidos es tan malvado como sugieren, ¿no deberían estar avergonzados de sí mismos? Y si las compañías petroleras controlan el gobierno norteamericano, incluyendo presumiblemente el Congreso, ¿no deberíamos concluir que Hollywood es el último bastión de la libertad americana?
 
Una respuesta a porqué alguien querría filmar tal película es, por supuesto, el mero deseo americano de hacer dinero. Tal como están las cosas hoy, existe un gran mercado en Estados Unidos para la disidencia. En un viaje reciente, observé que a menos que denostaras a los americanos, nadie te escucha siquiera. En una sesión, cuando sugerí educadamente que George W. Bush era una elección mejor que el mulá Omar o que Saddam Hussein, casi fui abucheado por mis interlocutores americanos.
 
La verdad es que en América hoy existe un mercado para el autoodio, y muchos, productores de “Syriana” incluidos, están decididos a explotarlo. 
 
He aquí cómo el incomparable Evelyn Waugh describía la presente situación americana cuando los productores de “Syriana” aún no eran sino brillos tenues en los ojos de sus padres: "No hay oposición más conforme que la de la disidencia con una sociedad democrática estable". 
 
El motivo es simple: en una sociedad democrática estable -- en la que estás protegido por la ley -- puedes mentir, engañar y timar, todo en nombre de la disidencia política, y ser recompensado con fama y fortuna.
 
El hecho de que la CIA sea poco más que un caro dispositivo de filtración utilizado por grupos rivales dentro del estamento norteamericano para lanzarse mutuamente acusaciones y contra-acusaciones no precisa molestia de los productores de “Syriana”. Los amos de la CIA, por su parte, estarán encantados con “Syriana”, aunque sólo sea porque afirma que ellos no pueden hacer nada en absoluto.
 
EN LO QUE RESPECTA al partido del autoodio, sus miembros harían bien en sopesar la segunda parte de la cita de Waugh: “Cuanto más elaborada sea la sociedad, más vulnerable es al ataque, y más completo es su colapso en caso de derrota”.
 
El partido del autoodio en Estados Unidos, que incluye a una parte alarmantemente grande de la elite, está haciendo tres cosas.
 
En primer lugar, dice que América, siendo la potencia diabólica que es, es un objetivo legítimo para los ataques de venganza de fundamentalistas árabes y demás.
 
En segundo lugar, dice al pueblo americano que toda esta conversación acerca de democracia son tonterías, puesto que las decisiones importantes son tomadas en última instancia por una cábala de empresarios, políticos y abogados a sueldo.
 
Por último, y quizá sin darse cuenta, los americanos del autoodio reducen a los árabes al nivel de simples objetos de su historia. En opinión de “Syriana”, es la todopoderosa América la que decide cada detalle de la vida árabe, con los árabes como espectadores en el mejor de los casos, y como víctimas de la violencia americana en el peor. A los árabes se les niega hasta la dignidad de sus propios actos terroristas, dado que “Syriana” muestra que no son ellos, sino la CIA, la que decide quién mata a quién y dónde.
 
Fingiendo ser comprensiva con "las víctimas árabes del imperialismo norteamericano", la película es en realidad un ejemplo de etnocentrismo fuera de sí. Su mensaje es: los árabes no son nada, ni siquiera terroristas automotivados, sino simples marionetas manipuladas por nosotros en Estados Unidos.
 
Al sugerir que América ha robado el petróleo de los árabes y su proceso de toma decisiones, los productores intentan, en realidad, privar a los árabes de algo más importante: su historia.
 
Lo asombroso es que tantos árabes parezcan dispuestos a ayudar al ladrón.
 
O quizá no sea tan increíble después de todo.
 
En la historia, los adversarios terminan a menudo pareciéndose mutuamente. Así que no es necesariamente sorprendente que los árabes aprendan el arte del victimismo de los americanos, mientras que los americanos desarrollan el gusto por las teorías conspiratorias de estilo árabe.

 
 
 
 
Amir Taheri es periodista iraní formado en Teherán. Era el editor jefe del principal diario de Iran, el Kayhán, hasta la llegada de Jomeini en 1979. Después ha trabajado en Jeune Afrique, el London Sunday Times, el Times, el Daily Telegraph, The Guardian, Daily Mail, el International Herald Tribune, The Wall Street Journal, The New York Times, The Los Angeles Times, Newsday y el The Washington Post, entre otros. Actualmente trabaja en el semanario alemán Focus, ha publicado más de una veintena de libros traducidos a 20 idiomas, es miembro de Benador Associates y dirige la revista francesa Politique Internationale.
 


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