(Publicado en ABC, 13 de enero de 2006)
Mucho se espera de la reunión de hoy entre el presidente norteamericano y la canciller alemana en la primera visita de ésta a los Estados Unidos desde su toma de posesión el pasado 22 de noviembre. Tras las vitriólicas relaciones entre Bush y el anterior canciller germano, Gerard Schröeder, que se cree un nuevo clima, más distendido y positivo, no parece difícil. Angela Merkel no es Schröder, cree en el vínculo atlántico y piensa que no se debe jugar con las relaciones con América para sacar más votos en casa. La rapidez de su visita, apenas mes y medio desde su investidura, refleja su deseo de restañar las heridas abiertas en la relación bilateral.
Por su parte Washington está deseoso de recibir como se merece a una nueva Alemania, poco o nada inclinada a criticar a los Estados Unidos por el mero placer de hacerlo. Angela Merkel lo ha dicho y repetido, no está dispuesta a jugar al antiamericanismo. Otra cosa es que plantee sus discrepancias, pero no para ahondar diferencias, sino para resolver los problemas. Así, por ejemplo, acaba de declarar que cree que “Guantánamo no debería existir”, aunque añade que “de forma permanente”. Estas sutilezas, reflejo de una actitud más constructiva y en las antípodas de la de su predecesor, explican cómo unas declaraciones tan críticas con la política antiterrorista americana no han motivado respuesta alguna de la administración Bush. Lección para España: los amigos pueden discrepar de América si su talante es bueno.
También es indudable que la química personal entre Bush y Merkel saldrá a relucir en este encuentro. George W. Bush gusta de personas con principios y valores, algo que difícilmente podría haber encontrado en el oportunista Schröder y que si verá en la alemana del Este. El distanciamiento de un Putin que juega ultimadamente a Napoleón con el gas que Rusia exporta a buena parte de Europa también les unirá a ambos.
Pero no todo es química personal. Las relaciones internacionales también responden a las leyes de la física y éstas dictan que el nuevo acercamiento entre Alemania y Estados Unidos tiene sus límites y que la relación especial que ambas naciones mantuvieron durante los años de Guerra Fría es difícil de prolongar. Alemania no depende de Norteamérica para su seguridad ni los intereses estratégicos americanos se juegan ya en suelo alemán. El “lo que me venga mejor” de Schröder en sus relaciones con América va a dar paso a “Alemania primero”. Lo hemos visto en el juego europeo y los americanos lo sentirán tarde o temprano en su relación. En todo caso hay dos cosas claras: Es Merkel quien marca la política exterior de Alemania y no su ministro de exteriores; y quienes juegan al antiamericanismo se van quedando cada día más solos en Europa.