Que la presencia de la coalición liderada por Estados Unidos en Irak, que apenas se planteó durante la campaña electoral iraquí, esté emergiendo como el tema número uno en las elecciones norteamericanas intermedias de dentro de once meses es una de las paradojas de la política moderna.
El Presidente George W. Bush y sus principales ayudantes abordan el tema diciendo que todo el asunto depende de “las condiciones sobre el terreno en Irak”.
Pero cualquiera que sepa lo que está ocurriendo en Irak, sabe que las cosas no son tan simples como eso. De hecho, de haber dependido las cosas de “las condiciones sobre el terreno en Irak”, el tema no habría levantado tanta polvareda.
La verdad es que “todo el asunto” de la retirada no depende de las condiciones sobre el terreno en Irak, sino en Estados Unidos. Pedir la retirada de Irak es utilizado por los detractores de Bush en el país como muleta para ocultar su fracaso a la hora de ofrecer una alternativa coherente a las opciones políticas básicas de la administración, nacionales y exteriores.
Nacionalmente, las tentativas de incitar a la gente a envidiar o peor en referencia a los recortes fiscales de Bush no se levantaron del suelo. A la mayor parte de los americanos parecen gustarle los recortes, aunque no todos ellos los disfruten de igual manera. Tampoco hay señales de la recesión que ha sido predicha casi a diario por parte del bando anti-Bush durante los tres últimos años. Los esfuerzos por hacer un tema del programa de reforma educativa de Bush también fracasaron porque a los profesores, la mayor parte de los cuales vota a los Demócratas, parecen gustarles las medidas propuestas por el presidente. Incluso la calamidad del Katrina, que parecía tan prometedora de ataques indiscriminados a Bush, se marchitó más rápido de lo que muchos se hubieran esperado.
Todo lo que queda es Irak.
E Irak es un tema excelente por un buen número de motivos.
En primer lugar, la mayor parte de los americanos recibe una visión muy estrecha de todo el tema, en gran medida en forma de imágenes televisivas de coches ardiendo utilizados por terroristas suicida. Puesto que Irak no es cubierto apropiadamente en ningún sentido periodístico, en parte porque la mayor parte de los reporteros se han ido, con los aún presentes manteniendo escasa actividad en la “zona verde”, uno puede imaginarse tanto lo mejor como lo peor de lo que está ocurriendo. Y, puesto que las buenas noticias no son noticia, lo que llega a los titulares es siempre lo peor.
Asimismo, Irak puede ser utilizado como núcleo de un conjunto de temas que incluyen “Bush mintió sobre las armas de destrucción masiva”, “el escándalo del pastel amarillo”, las confesiones de Richard Clarke, el destape de la agente de la CIA Valerie Plame, la sensación pornográfica en fotos de Abú Ghraib, y los rumores más recientes de “prisiones secretas”, entre muchos otros.
Todos estos temas, por supuesto, no tienen que ver nada con lo que está ocurriendo en Irak propiamente. Pero la palabra Irak abarca todos ellos.
Que las quejas tienen poco o nada que ver con lo que está ocurriendo dentro de Irak no es difícil de demostrar.
Desde marzo del 2003, Estados Unidos y sus aliados han logrado todos sus objetivos políticos — empezando por el cambio de régimen, el desmantelamiento de la maquinaria de seguridad y militar baazista, la captura de la mayor parte de los líderes baazistas, la redacción y aprobación de una nueva constitución, una cadena de elecciones y, en cuestión de las próximas semanas, la formación de un gobierno en Bagdad recién elegido democráticamente.
Normalmente todo eso debería ser visto según cualquier rasero como una serie de éxitos. El cambio de régimen en Alemania y Japón en los años 40 precisó de 5 años de guerra para lograrse. Y a ambas naciones les llevó de 4 a 5 años tras la liberación, antes de poder elegir democráticamente nuevos gobiernos por su cuenta.
Bien, podría usted responder, ¿qué hay de las matanzas casi diarias en Irak?
Bien, está eso — ciertamente. Pero cualquiera que sea familiar con la insurgencia terrorista sabrá que Irak no lo está haciendo peor que otras naciones afectadas por esa plaga particular. Colombia lleva más de cuatro décadas luchando contra el terrorismo. Egipto necesitó casi 20 años para derrotar a sus terroristas islamistas. La insurgencia terrorista en Turquía duró casi lo mismo. En Argelia, los terroristas lucharon durante doce años y causaron la muerte de alrededor de un cuarto de millón de personas antes de caer derrotados. Ahora mismo al menos 22 naciones alrededor del globo afrontan algún nivel de insurgencia terrorista.
La cuestión, por supuesto, es si la insurgencia terrorista en Irak está en ascenso o en declive.
Es demasiado pronto para decirlo. Lo que es seguro sin embargo, es que ha fracasado en alterar, por no decir en detener, el proceso político, incluyendo una serie de elecciones municipales y generales, de cualquier manera. Tampoco ha sido capaz de hacerse con, y controlar alguna fracción del territorio, lo que logra la mayor parte de las restantes insurgencias terroristas. La insurgencia terrorista iraquí parece tener montones de dinero. Pero eso no se debe en gran medida a las donaciones de simpatizantes iraquíes, sino al medio billón de dólares que Izzat Al-Duri, número dos de Saddam Hussein, logró robar del Banco Central de Bagdad un día antes de que el régimen colapsase. Parte del dinero también llega de compañías tapadera creadas por los baazistas en los años 80, inicialmente en Jordania pero también en Austria y Chipre. Un puñado de empresarios árabes ricos puede también estar haciendo contribuciones, sobre todo a grupos islamistas dentro de la insurgencia.
Aún más importante quizá, la insurgencia terrorista no ha logrado desarrollar nada que se parezca a un programa político. Mata a montones de personas, pero fracasa constantemente en reducir esos crímenes a alguna forma de beneficio político. Echar a los americanos de Irak nunca ha sido mencionado como el objetivo central de la insurgencia terrorista. Abú Mussab Al-Zarqawi se centra más en matar chi'íes y kurdos y en considerar una jihad global contra todos los estados, los musulmanes incluidos, que en forzar a los americanos a abandonar Irak.
En cualquier caso, una de las muchas paradojas de esta situación es que la coalición liderada por Estados Unidos puede haberse convertido en una especie de seguro político para los insurgentes. Mientras la coalición liderada por Estados Unidos esté allí, chi'íes y kurdos no serán capaces de utilizar su considerable experiencia pasada en insurgencia, contra Zarqawi y los restos del partido baaz.
Mientras que todos los iraquíes quieren que la coalición de liderazgo norteamericano se vaya, casi ninguno quiere una retirada temprana. Más de una docena de encuestas y evidencias anecdóticas reunidas durante visitas a muchas partes de Irak demuestran que la mayor parte de los iraquíes quieren que la coalición se quede durante algo más de tiempo. De no haber sido éste el caso, no habría habido nada que evitase que miles, o millones, de iraquíes desfilasen en Bagdad o Basora al grito de “¡Yankis! ¡Iros a casa!”
El grito de “¡Yankis! ¡Venid a casa!” lo escuchamos saliendo de los detractores de Bush en Washington, Crawford, y San Francisco.
Muchos iraquíes quieren que la coalición se quede durante algo más de tiempo como disuasión para vecinos carroñeros que ya se están posicionando de cara a una mayor intervención en Irak.
Es en Estados Unidos donde la idea de una retirada fulminante gana popularidad, y no en Irak. Esto es por lo que la directiva recién elegida democráticamente en Bagdad tiene que dedicar su atención al escenario de batalla real donde puede que se decida el futuro de Irak — es decir, Estados Unidos.
Una vez que el nuevo parlamento se constituya, debe enviar emisarios en visitas de amplia resonancia por todo Estados Unidos, tanto para agradecer al pueblo americano sus sacrificios como para informarle de lo que está ocurriendo realmente en Irak.
Su mensaje debería ser directo: os estamos agradecidos por vuestra ayuda y queremos que os quedéis hasta que nos parezca que ya no os necesitamos.