Desde que, en la segunda mitad del siglo XV, empezaran a funcionar las imprentas las autoridades políticas y religiosas –en aquella época existía una íntima trabazón entre ambas- pusieron trabas a la libertad de prensa. La censura se convirtió en una garantía del poder establecido.
El intento de controlar la opinión, sin embargo, se demostraría ineficaz y algunos de los grandes procesos que modificaron la fisonomía de Europa en los años siguientes, como fueron la reforma protestante y las posteriores guerras de religión, se vieron acompañados de una intensa batalla de ideas en la que los folletos o los grabados jugaron un papel de casi tanta importancia como las mismas armas.
Europa quería saber, quería leer y quería opinar. Fue la consecuencia de la aparición de lo que Jürgen Habermas ha calificado de un ámbito público burgués en el que era indispensable la libertad de opinión y de imprenta. Otro gran conocedor del mundo de la comunicación, Robert Darnton, lo pondría de una forma mucho más directa: “La combinación de la imprenta, las tertulias y los cafés contribuyeron a crear una poderosa fuerza nueva en toda Europa”. Era el mundo de la Ilustración.
A esas necesidades prestó una respuesta especialmente eficaz la prensa que, ya que no podía aspirar a una gran circulación, se concentró en los contenidos de opinión y publicaciones inglesas como The Tatler (1709-1711) o The Spectator (1711-1714) se convirtieron en modelos de una prensa ilustrada que no tardaría en ligar su suerte a la difusión de los ideales liberales que albergaban la defensa de los derechos del individuo, entre los que ocupaba un lugar preeminente la libertad de expresión oral o escrita.
Las revoluciones liberales, que se iniciaron con la francesa de 1789, reclamaron siempre la libertad de prensa que fue siempre un termómetro fiel del grado de libertad existente en un sistema político. Ese fue, por ejemplo, el caso que se vivió en el Cádiz de las Cortes, que presenció una extraordinaria floración de títulos periodísticos.
De hecho, la prensa fue anterior a los partidos políticos en la consolidación de los regímenes liberales porque la idea de división partidista repugnaba un tanto a quienes entendían que la representación nacional no debería aparecer dividida en las asambleas. La prensa, por el contrario cumplía la función de asegurar el debate político más allá de las paredes de los parlamentos. Un historiador francés dijo que la prensa fue el factor decisivo en el asalto a la monarquía absoluta.
Todo eso hizo que el estatus de la prensa presentara diversas situaciones en función con el compromiso liberal de los diferentes sistemas políticos. A mayor liberalismo, mayor libertad de prensa, mientras que los regímenes que recelaban del pensamiento liberal pusieron en práctica diversas leyes de prensa en las que se combinaban, en grados diversos, la censura, las exigencias económicas para imprimir periódicos, el establecimiento de tribunales especiales para los delitos de prensa y, finalmente, las amenazas de suspensión o cierre. Pero los verdaderos liberales lo tenían bien claro: la mejor ley de prensa es la que no existe.
Los que pretenden negar la libertad de expresión siempre han hablado de salvaguardar los derechos de los ciudadanos, resucitando la vieja aspiración jacobina de defensa de la salud pública, pero los ciudadanos sabemos que un poder judicial independiente tendría que ser garantía suficiente para la protección de esos derechos.
Y sabemos muy bien lo que podemos esperar de esos políticos que quieren erigirse en nuestros defensores.