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¿Es Corea una seria amenaza?
En letra impresa nº 124   |  4 de Mayo de 2003
 
(Publicado en La Clave, el 4 de mayo de 2003)
 
En la antesala de la campaña militar iraquí corrió entre las filas del Partido Demócrata norteamericano un oportuno argumento para distanciarse del Presidente Bush sin tener que oponerse a su política frente a Sadam: el problema real para la seguridad norteamericana no estaba en la antigua Mesopotamia sino en Corea del Norte. El argumento tuvo relativo éxito y también en Europa encontró adeptos que, a veces desde posiciones pacifistas, parecían exigir un ataque “preventivo” contra el último bastión del comunismo ortodoxo asiático. Aquellas posturas no eran sinceras y por eso, caído el régimen iraquí, han dejado de escucharse. Quedan sin embargo en la memoria el aviso de Rumsfeld sobre la capacidad norteamericana de realizar dos guerras al mismo tiempo y, más recientemente, el del poderoso senador Lugar, presidente de la Comisión de Asuntos Exteriores, sobre la posibilidad de que la crisis concluya en guerra ¿En qué medida es Corea del Norte una seria amenaza para la seguridad internacional?
 
Corea del Norte está sometida a un régimen comunista que, como todos sus semejantes, padece de una obsesión crónica por la vulnerabilidad derivada del contagio de las ideas liberales. En las últimas décadas el desarrollo económico regional, y en especial el de Corea del Sur y Japón, agravó esta sensación de indefensión desatando una política militarista, con especial incidencia en la tecnología de misiles y en el armamento nuclear. Sus nuevas capacidades no sólo le aportaban mayor seguridad, sino que se convirtieron en una de las principales industrias nacionales con capacidad de exportación.
 
Durante los noventa la economía norcoreana se hundió, siendo incapaz de proveer a la población de los medios más elementales, como alimentación o sanidad. La irracionalidad y el dogmatismo de sus dirigentes estaban acabando con la vida de los ciudadanos y con las expectativas de supervivencia del estado. A mayores dificultades, mayor era la sensación de vulnerabilidad y, por lo tanto, la necesidad de mejorar sus capacidades militares para disuadir a los posibles enemigos –Corea del Sur y Estados Unidos- y para mejorar su margen de maniobra, tanto para garantizar la pervivencia del régimen como para lograr ayuda económica. En este contexto el régimen norcoreano desarrolló un programa nuclear basado en plutonio con un evidente objetivo militar.
 
En 1994  la diplomacia norteamericana logró la firma del denominado “Acuerdo Marco”. Era el final aparente de un difícil proceso negociador en el que la administración de Washington había considerado seriamente un ataque “preventivo” para evitar que el programa nuclear en marcha permitiera la creación de bombas. A cambio de que Corea del Norte “congelara” dicho programa recibiría dos centrales nucleares de “agua ligera” así como gas-oil para las centrales eléctricas.
 
Los republicanos criticaron el Acuerdo, por considerar que los mecanismos de inspección eran insuficientes. Con la formación de la Administración Bush las quejas aumentaron. El desarrollo de la tecnología de misiles de medio y largo alcance suponía una grave amenaza para Corea del Sur, Japón y Estados Unidos, lo que reforzaba la voluntad norteamericana de establecer un sistema nacional de defensa antimisiles, junto con sistemas desplegables apoyados en sus flotas navales. Las sospechas de que había un segundo programa nuclear en marcha crecieron, así como la preocupación por que el régimen norcoreano estuviera dispuesto a vender tanto misiles como elementos fisibles a rogue states, lo que llevó a incluirlo en “Eje del mal” junto con Iraq e Irán. El giro norteamericano asustó a los europeos, que enviaron delegaciones a la región y defendieron, una vez más, la vía diplomática. También alarmó en Corea del Sur, donde preocupaba menos la proliferación y mucho más las consecuencias del hundimiento del estado hermano, que llevaría a 22.500.000 de norcoreanos a salir a las carreteras en dirección hacia Seúl en busca de sustento, un “escenario” de pesadilla.
 
En los últimos meses la situación se ha agravado debido al reconocimiento norcoreano de haber desarrollado un segundo programa nuclear a partir del uranio enriquecido, violando el Acuerdo Marco; a la consiguiente suspensión de los programas de ayuda norteamericano, surcoreano y japonés; al abandono norcoreano del Tratado de No proliferación de Armas Nucleares junto con la negativa a inspecciones por parte de la Agencia Internacional de la Energía Atómica; y a la afirmación del régimen de Pyongyang de que ya dispone de armamento nuclear desarrollado a partir del programa original de plutonio. Las denuncias norteamericanas se han confirmado; la diplomacia europea ha puesto de manifiesto, una vez más, su capacidad infinita para ceder ante los estados proliferadores; y los surcoreanos parecen dispuestos a realizar concesiones con tal de evitar una guerra o el colapso del estado hermano.
 
Si en la década de los noventa Estados Unidos consideró seriamente una guerra contra Corea del Norte, tras los acontecimientos del 11-S la percepción de que el régimen de Pyongyang es una amenaza ha aumentado. En primer lugar, por su capacidad y disposición a vender misiles o armamento de destrucción masiva a rogue states  o a grupos terroristas. En segundo lugar, por el riesgo que supone su utilización contra los estados vecinos o contra Estados Unidos.
 
El régimen de Pyongyang ha hecho una lectura arriesgada de la Guerra de Iraq. Asombrados por la capacidad militar norteamericana han concluido que es necesario aumentar la disuasión, razón por la cual han reconocido que ya disponen de armas nucleares. En su lógica no están agravando su ya de por sí delicada situación, sino mostrando a Washington los riesgos que corre si quiere atacarles. Pero la Administración Bush hace tiempo que conoce este hecho. Para Washington los nuevos gestos son ejemplos de la disposición coreana a seguir hacia delante en la dirección equivocada. Pyongyang cree que así logrará más fácilmente la reapertura de conversaciones bilaterales, que podrían concluir en un nuevo acuerdo que incluyera un tratado de no agresión junto con ayuda económica. Pero Washington no está dispuesto a premiar el incumplimiento de tratados con nuevas rondas negociadoras desde una mejor posición. Por ello ha llevado el tema a Naciones Unidas, en contra del criterio de China y Rusia que, sin dejar de acusar a Washington de unilateral, no quieren verse involucradas en la resolución de un problema que consideran americano. Al mismo tiempo anima la formación de un directorio regional -con Rusia, China, Corea del Sur y Japón- para que se responsabilice del seguimiento de la crisis. Para Estados Unidos la resolución pasa por el fin de los programas nucleares, unas inspecciones mucho más efectivas y la aplicación de un régimen de control de la proliferación.
 
Los contactos previos han empezado de la peor forma posible, pero los estados van precisando sus posiciones. Si China veía a Corea del Norte como un peón útil, ahora lo percibe como un problema. Su política armamentista está empujando a Japón hacia la reforma constitucional y el rearme, pasando a convertirse, ya plenamente, en una potencia regional. Estados Unidos está dispuesto a usar la fuerza en la frontera sino-coreana, imponiendo aún más su autoridad imperial en la zona. Por su parte Corea del Sur, con un gobierno y una opinión pública de vocación pacifista, ha entendido el gesto de Rumsfeld de retirar a sus hombres de la línea fronteriza. Ya no habrá rehenes norteamericanos en caso de ataque norcoreano, por lo que Washington tendrá más margen de maniobra. Para Seúl comienza a ser fundamental que Pyongyang ceda. Ya no hay tantas manifestaciones antinorteamericanas, ahora se dan cuenta de la importancia de contar con la garantía del Imperio.
 
 


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