SI en algo estaban de acuerdo los pro y anti-guerra es en que el después sería mucho más problemático que la fase bélica misma. Pero ciertamente en la informal coalición pro, heterogénea sin llegar al extremo de la anti, los llamados neo-conservadores apostaron muy fuerte por utilizar al Irak desadamizado como punta de lanza de un proceso democratizador en el Oriente Medio, como única vía eficaz para cortar la hierba bajo los pies de los Bin Laden y preparar la solución del conflicto israelo-palestino. Nada más lejos de la realidad, habrá que pensar, a la vista del caos en que se ha sumido Bagdad y en menor medida algunas otras ciudades. La reunión de ayer en Nasiriya parecer ser el correlato político de la barbarie anónima de una parte de la población urbana. Algunos de los más conspicuos exiliados boicotean y algunos de los más opuestos toman parte en un cónclave de cada uno para sí y todos contra todos y casi todos contra los Estados Unidos.
Pero no nos dejemos deslumbrar por lo coyuntural, por hirsuto y deprimente que sea. Ya muchos lo hicieron durante la guerra para verse desmentidos a los pocos días. La anarquía ya ha empezado a remitir y las respuestas del orden a organizarse. Aunque la alegría de la libertad y el odio al despotismo hayan degenerado en el más puro y dañino libertinaje, provocando la congoja y el rechazo de los elementos más indispensables para el renacimiento del país, y aunque muchas de las pérdidas sean irreversibles, no hay nada de inexorable en la caída libre en el abismo. Tras el primer momento de retracción, los que conciben la libertad en términos de reconstrucción y no de aniquilación han empezado a dar pasos adelante. En estas circunstancias todas las aportaciones deben ser bienvenidas, pero no le hagamos a la ONU -y de rechazo al pueblo iraquí- el flaco favor de pedirle más de lo que puede dar. Tiene que participar desde el principio e ir incrementando su participación a medida que las condiciones lo permitan, pero carece de medios propios y actúa a través de las naciones. Sólo una tiene los medios para hacer frente a la situación, responsabilidad respecto a la misma y el grave deber de remediarla. Debe hacerlo con absoluta transparencia y generosidad y aceptando todas las ofertas desinteresadas de colaboración. Pero utilizar las circunstancias para buscar un nuevo enfrentamiento gratuito entre los Estados Unidos y las Naciones Unidas en aras de la política antihegemónica es la fórmula del fracaso a nivel local, regional y mundial.