En cuestión de una semana más o menos, la Junta de Gobernadores de la Agencia Internacional de la Energía Atómica tendrá que decidir si remitir o no a la República Islámica de Irán al Consejo de Seguridad de Naciones Unidas por presuntas violaciones del Tratado de No Proliferación Nuclear (NPT). Debemos contar por tanto con una enorme cantidad de diplomacia entre bambalinas por todas las partes, puesto que nadie sabe cómo tratar este asunto candente.
A pesar de su postura inflexible, el bando iraní ha hecho ya un buen número de concesiones que habrían sido clasificadas como imposibles hace unas cuantas semanas. La AIEA tiene permiso ahora para entrevistar a todo el personal iraní no militar que ha tenido en sus listas durante los últimos cuatro años. La agencia también ha recibido respuestas a un conjunto de preguntas detalladas que había planteado a Irán el pasado enero. Fuentes de Teherán sugieren también que la República Islámica está dispuesta a prolongar la suspensión de todas sus actividades en Natanz, una planta construida para producir uranio con un grado militar de calidad.
El problema, sin embargo, es que la República Islámica, que sufre un gran déficit de confianza, no está en posición de convencer a sus críticos, sobre todo a Estados Unidos y la Unión Europea, de que ha puesto punto y final a una política de engaños y subterfugios que se ha prolongado casi dos décadas. Incluso Rusia, involucrada hoy en un esfuerzo a la desesperada por ayudar a la República Islámica a evitar las sanciones, admite no poder confiar completamente en ninguna promesa que venga de Teherán.
Nadie sabe con certeza si la cúpula de Teherán ha decidido producir armamento nuclear o no. Pero del modo en que se comporta, no hay duda de que éste debe ser el caso.
El presidente Mahmoud Ahmadinejad afirma que Irán quiere desarrollar el ciclo completo de combustible nuclear para no depender de las importaciones de uranio enriquecido necesarias para producir electricidad.
“Si no producimos uranio (enriquecido) por nuestros propios medios”, afirma, “los que lo producen podrán dictar cualquier precio o incluso chantajearnos”.
Ese argumento, no obstante, es difícil de creer. ¿Los países de la OPEP utilizan su producción petrolera para dictar cualquier precio que les guste o someter a chantaje a otra nación?
Bajo el compromiso propuesto por Rusia, la República Islámica recibiría todo el uranio que necesita para producir electricidad. Hasta los propios expertos de Irán admiten que lo que ofrece Rusia es un buen acuerdo, sobre todo porque el combustible de Moscú costaría menos de un tercio del producido en Irán.
Resumamos ahora la situación.
- Irán no posee aún ninguna central nuclear eléctrica, y por tanto no tiene ninguna necesidad urgente de combustible nuclear.
- La única central nuclear que posee Irán está siendo construida en la Península de Bushehr por Rusia, que está contratada para proporcionar todo el combustible que necesita durante su ciclo de vida útil, de 30 a 35 años.
- El combustible que Rusia ofrece será un 23% más barato que el producto similar fabricado en el propio Irán.
- La planta de procesamiento de uranio en Isfahán y la planta de enriquecimiento de uranio en Natanz tienen una capacidad de producción superior a la que Irán precisaría para Bushehr, y sólo puede explicarse en términos militares estratégicos.
- El porqué Irán ha construido una planta de agua pesada en Arak cuando carece de planta nuclear alguna que utilice plutonio ni tiene planes para una es un misterio.
Todo esto demuestra que las sospechas con respecto a las intenciones de Irán no son completamente infundadas. Pero, ¿es la respuesta la remisión al Consejo de Seguridad?
Irán, por supuesto, siempre tiene la opción de retirarse del Tratado de No Proliferación Nuclear (NPT) y, como a Ahmadinejad le gusta decir, decidir sus propias políticas nucleares sin ninguna interferencia exterior.
Tal maniobra, no obstante, es seguro que va a ser vista por todo el mundo, los pocos amigos que le quedan a Teherán incluidos, como una admisión de duplicidad.
Irán se encuentra ahora en la situación en la que estaba Irak en los últimos años de mandato de Saddam Hussein. Irak no puede demostrar que no tenga ningún programa nuclear secreto, al tiempo que sus críticos no pueden demostrar que lo tenga. La AIEA está también desamparada como estuvo en el caso de Irak hace tres años.
Sólo hay dos modos de descubrir la verdad.
El primero es entrar en Irán y averiguarlo en el escenario. Eso significa invasión, cambio de régimen y una toma al estilo de Irak, sólo que a una escala mucho mayor. Está claro que hasta los defensores más acérrimos del cambio de régimen no tienen estómago para tal aventura.
El segundo camino es esperar hasta que Irán detone su primera bomba y lleve la buena nueva al mundo entero.
Mientras tanto, cualquier conversación acerca de resoluciones duras e incluso sanciones podría demostrar ser contraproductiva. Irán ha vivido bajo un conjunto de sanciones desde 1979, y está determinado a aguantar hasta sanciones más duras.
Ahmadinejad podría celebrar en realidad una resolución de la ONU seguida de sanciones que podrían perjudicar al iraní medio, pero que no sacudirían al régimen. Podría vender aún más su imagen de macho, afirmando que, al contrario que su predecesor Mohammed Jatami, que intentó complacer a Occidente, él hace frente a “las arrogantes potencias”.
Reducir el enfoque al tema nuclear tiene otros beneficios para la República Islámica. Desvía la atención de sus políticas represivas en casa y sus maniobras desestabilizadoras por toda la región, especialmente en Afganistán e Irak. Envía el mensaje erróneo a las fuerzas democráticas dentro de Irán, al mostrar que el único tema que interesa a las principales democracias es el programa nuclear de la República Islámica.
Puede que las sanciones de la ONU fueran celebradas tanto por la administración Bush como por la Unión Europea como hoja de parra para encubrir su manifiesta incapacidad a la hora de desarrollar una política coherente en Irán. Condolezza Rice podría aplicar en Irán la fórmula de Madeleine Albright sobre Saddam Hussein: “¡Lo tenemos encajonado!”
El verdadero tema que Albright quería evitar era si era posible o no dar forma a Oriente Medio con Saddam Hussein en el poder en Bagdad. Y el tema que Rice afronta hoy es si el nuevo Oriente Medio democrático considerado por el Presidente George W Bush puede ser construido o no contra la voluntad de Irán, la nación más grande y más ambiciosa de la región.
La cuestión es qué hacer con Irán, y no qué hacer con el programa nuclear real o imaginario de Irán. Y ésa es precisamente la cuestión que tanto los Estados Unidos como la Unión Europea están decididos a evitar. Mi conjetura es que nos dirigimos a otros juegos florales diplomáticos encaminados a permitir que todos los implicados mareen la perdiz del tema real tanto tiempo como sea posible. La cuestión es cuánto tiempo puede durar tal baile.