(Publicado en La Razón, 29 de noviembre de 2005)
La Cumbre Euromediterranea clausurada ayer debería haber servido para reorientar y no sólo para impulsar el Proceso de Barcelona, iniciado en esta misma ciudad hace ahora diez años. Los resultados de ese Proceso han sido bastante decepcionantes. La desigualdad entre ambas orillas ha aumentado fuertemente en la última década, una parte de la ayuda ha sido utilizada por gobiernos corruptos y no democráticos y problemas como el del terrorismo o la inmigración ilegal no han hecho sino agudizarse. Algo, por tanto, debemos cambiar.
La Cumbre, sin embargo, se ha saldado con un doble fracaso para los objetivos de la Cumbre y para el Gobierno anfitrión. Ha sido una Cumbre fallida, en primer lugar, por las numerosas y notables ausencias que han limitado el impulso político que pretendía Rodríguez Zapatero con su convocatoria. En segundo término, porque los desencuentros sobre cuestiones tan esenciales como la definición de terrorismo han resaltado más que los acuerdos alcanzados.
La Cumbre se ha salvado “in extremis”, como desesperadamente pretendía Zapatero en un micrófono inoportunamente abierto, con un pretendido Código de Conducta Antiterrorista. Pero no deja de ser paradójico que se haya acordado un Código común para luchar contra algo que no se puede definir comúnmente.
El problema es que es imposible definir el terrorismo sino se tiene una noción clara de que es la libertad. No hay causa, por legítima y justa que sea, que justifique recurrir al terrorismo para defenderla. Es más, en la medida en que se recurre al uso de la violencia terrorista, lo que se está haciendo en realidad es deslegitimar la causa que se dice defender. La pregunta que se pueden hacer muchos españoles es en que orilla se encontraba nuestro Presidente en esa discusión.
Rodríguez Zapatero pretendía que la Cumbre de Barcelona supusiera el espaldarazo que necesita con urgencia su política exterior. Cada vez más aislado en Europa tras su errónea apuesta por el eje Schoreder-Chiraq, enfrentado abiertamente a Estados Unidos como muestra el último incidente por la venta de armas a Venezuela, ignorado por los líderes árabes que lo consideran un líder irrelevante y sin más compañía en el mundo que la de un viejo dictador y un coronel golpista, la Cumbre de Barcelona debía ser una oportunidad para demostrar que España aún mantiene un peso y un prestigio internacional. Lamentablemente, la Cumbre ha puesto en evidencia más bien lo contrario.