La primera Transición: Agitando el futuro de Navarra
Hace veinticinco años, los difíciles años de la transición española presenciaron a los dirigentes nacionalistas vascos visitando a los encapuchados del sur de Francia: ETA agitaba el árbol con metralla y goma dos, y el PNV se afanaba en recoger las nueces; ya llegaría el momento de repartirlas. Hemerotecas y libros de historia nos enseñan que entre los frutos buscados por unos y por otros, la absorción de Navarra era el más apetecible; agitando el árbol con suficiente fuerza, caería de una forma u otra sobre los autoproclamados libertadores del pueblo vasco. Agitando el arbusto democrático, esa era entonces la estrategia nacionalista vasca; aprovechar la debilidad del adversario para lograr objetivos irrenunciables.
Pero la historia es azarosa: consecuencia imprevisible para los profetas de una patria sagrada, la presión nacionalista sobre Suárez y la debilidad de UCD propiciaron el surgimiento de la Unión del Pueblo Navarro (UPN). Con una defensa radical de la foralidad y la españolidad de Navarra, UPN aumentó su influencia tanto como se convirtió en el punto de mira de toda la familia nacionalista; desde Gara a Euskal Televista, UPN representa la negación misma de las aspiraciones expansionistas vascas. Y tras él, el Partido Socialista de Navarra (PSN) o Convergencia de Demócratas de Navarra (CDN) llegaron a formar el poderoso bloque constitucional-pluralista que se erige entre los sueños de Arzallus y Otegui y las pesadillas de los navarros. Para escándalo de expansionistas, la fruta navarra parece aún demasiado verde.
De reino hegemónico a provincia autónoma, el peso de Navarra en la historia medieval, moderna o contemporánea asombra y sorprende; ¿cómo negar la presencia histórica de sus reyes, gobernantes y gentes? De una historia amplia y turbulenta, no puede no surgir una herencia cultural rica y diversa; ¿cómo no observar el alcance cultural en las calles de las ciudades navarras?. En tercer lugar, sus apenas quinientos mil habitantes pueblan una tierra amplia en extensión y contraste, que alberga algunas de las maravillas naturales de España; ¿cómo no constatar la riqueza agrícola o ecológica de esta pequeña región situada entre el Ebro y los Pirineos? Los nacionalistas aprendieron pronto tal lección: Historia, cultura y geografía constituyen el granero navarro del que cualquier nación vasca debe alimentarse para alcanzar mayoría de edad. Enseñanza que no pudo menos que incorporarse a una estrategia anexionista.
Políticamente incorrecto, la preeminencia ideológica nacionalista ha silenciado lo fundamental. En plena época de ofensiva en toda España, ya no se puede dejar de afirmar lo evidente; Navarra es el espacio vital del nacionalismo vasco. Granero histórico; granero cultural; granero geográfico, constituye lo que el nacionalismo vasco considera el espacio vital necesario para la supervivencia y recuperación de la Gran Euskalherria. Históricamente, culturalmente, geográficamente, el País Vasco no soportaría ningún tipo de independencia. Pese a despistados en Madrid y Pamplona, ésta es inviable y despreciada sin Navarra; el credo nacionalista considera pecado este olvido. Ironías de la historia, la necesidad del Anschluss vasco frena cualquier posibilidad de independencia vasca. Dos frentes frenan este expansionismo. La fortaleza navarra y la seguridad constitucional parecen la única posibilidad de negar la constitución de una Corea cantábrica, que desestabilice, desde Cantabria a Navarra y La Rioja, todo el norte de España.
Fortaleza navarra incuestionable; sólo el doce por ciento de los navarros opta por someterse a los dictados de Vitoria; cifra que tranquiliza unas conciencias que olvidan la acción revolucionaria triunfa sólo con una minoría activa y preparada y una mayoría pasiva. Conscientes del poder de la violencia y la propaganda, ello no frena a Batasuna; “Nafarroa no es el problema, sino la solución”. Mientras gobernantes e intelectuales hablan de un futuro radiante de convivencia y paz, los terroristas afilan los cuchillos y siguen su propio razonamiento; no habrá paz sin Navarra. La coalición gubernamental parece no haber leído los papeles de Mikel Antza. Quienes sí lo han hecho observan la ingenua pero despiadada certeza de los devoradores de hombres; la ruta de la paz es la ruta de la limpieza étnica en Euskadi, y de la anexión sin paliativos de Navarra. Para ésta su futuro ya está hipotecado en los planes nacioanlistas; en la estrategia etarra, el año 2009 alumbrará una institución nacional común. Es decir, el fin de Navarra y el nacimiento de una nación.
Constitución y sacrificios ante el altar de la negociación
En otoño de 2005 el Estatuto de Autonomía de Cataluña llega al Congreso de los Diputados, y hace temblar el edificio constitucional. ETA se suma al carro del nacionalismo rampante, pone bombas y se felicita de los avances de su construcción nacional; el 27 de septiembre anuncia orgullosa haber “llevado a la muerte al Estatuto de la Moncloa y el Amejoramiento mediante la lucha”. Certeza histórica que desasosiega el futuro; la coalición gubernamental se felicita de su progresismo pacifista pero al mismo tiempo el encapuchado del coche bomba y las razzias callejeras se felicita con igual intensidad. Entre la inquietud y la sospecha, observamos que la coalición gubernamental y los encapuchados se felicitan, alternativamente, de los mismos acontecimientos políticos.
Lecciones filosóficas en pleno terremoto constitucional, constatamos que la ruptura total de la unidad sólo es posible desde la misma unidad; la legislatura inaugurada el 14M supone la búsqueda del fin de la unidad española desde el corazón de la propia unidad. Desde alfombrados despachos en la Carrera de San Jerónimo, ERC sostiene el Gobierno de una nación en la que no cree y que es un obstáculo para sus propios fines. Nacional y socialista en sentido estricto, la formación ni oculta ni matiza su ideología y su programa de gobierno; acabar de una vez por todas la nación española y reconstruir las naciones oprimidas.
La coalición gubernamental celebra su espíritu democrático, al tiempo que anima al Gobierno a negociar con la negación misma de la democracia; olvidan que la negociación tiene sus reglas. Error que otros no cometen: “cada una de las partes, una vez asumido que el escenario de diálogo está próximo, intenta llegar de la forma más fortalecida posible” (Batasuna). Bajo la avalancha mediática pactista, observamos que las reglas del juego se mueven entre el cinismo y la crueldad, entre la sonrisa y el asesinato: los mismos que indultaron a catalanes y políticos siguen condenando a policías, militares y empresarios vascos a una muerte en vida. Mientras la coalición pacifista celebra una mítica tregua de facto, los políticos desafectos en Euskadi siguen siendo las víctimas de cada día.
El miedo se mete en los huesos del concejal de Leiza o Hernani tanto como en los del periodista desafecto o el policía nacional en Bilbao. Miedo que en la glorificada negociación de los titulares y portadas alcanza un carácter tan abstracto que pierde su significado; las cifras y los comunicados con que la coalición gubernamental celebra su genialidad esconden el terror en carne y hueso en pueblos y ciudades vascas y navarras. Entonces los comunicados etarras muestran su verdadera dimensión; la negociación se construye sobre el terror paramilitar y callejero. Los gobernantes de la paz perpetua olvidan que la paz perpetua es la paz de los cementerios, los mismos que los etarras han abastecido en treinta años. Conducidos por el resplandor de una paz definitiva, cualquier sacrificio parece poco para quienes aspiran a pacificarlo todo; el olvido del terror diario es el peor de todos ellos.
Ante los ojos del disidente constitucional-pluralista en el País Vasco o en Navarra, la búsqueda de la paz histórica se traga la paz de cada día; la asfixiante amenaza diaria se desvanece en la estrategia negociadora gubernamental. Gobierno equivocado para los españoles del norte de España; el derecho matrimonial homosexual cuenta más que su derecho a la vida y a la libertad. Las perspectivas de paz perpetua se levantan sobre el abandono a su suerte de quienes sufren hoy chantaje y persecución; en otoño de 2005, la negociación se alimenta de personas aterrorizadas.
Pero, se dirá el pesimista, ¿qué mas puede tragarse la política del apaciguamiento? La pregunta deja ya de referirse a aquellos que sufren la violencia en el País Vasco y Navarra; su causa parece ya abandonada en nombre de la paz definitiva. La cuestión afecta ya a los sacrificios futuros que, una coalición gubernamental española empujada desde su extremo antiespañol, está dispuesta a ofrecer a una paz convertida en divinidad laica. Entonces, cuando en España se pone en marcha el culto a la paz, Navarra vuelve una y otra vez al altar de la negociación.
La enemistad política primaria y el futuro de Navarra
En 1978 la pinza expansionista de peneuvistas y etarras chocó contra la fortaleza moral de los navarros. El fracaso de la anexión directa y violenta exigió un cambio de estrategia, en los despachos de Ajuria Enea y en los escondites etarras; la tríada sagrada una cultura-un pueblo-un estado debía seguirse a rajatabla. Construir una nación conlleva, necesariamente, destruir otra desde sus cimientos culturales. Desde entonces, el panvasquismo en bloque llama a la unidad contra la derecha navarra; veinte años de campaña mediática, cultural y propagandística pagada desde sabinetxeas y Ajuria Enea proporcionan los elementos esenciales de la nueva estrategia del frente nacionalista contra Navarra; destruir el legado cultural navarro, construir el mítico legado nacional vasco y, sobre todo, desalojar a la derecha heredera del franquismo del Gobierno de Navarra.
¿Franquismo? Acusación irrisoria y pueril, pero que de repente nos es familiar en los discursos de la coalición que gobierna España: ¿No es Aznar culpable de los doscientos muertos de Atocha?¿No bombardeó con gusto inocentes poblados de pastores árabes?¿No existe una conspiración criminal que comienza en el Despacho Oval y sigue hasta la calle Génova, pasando por Israel, el capitalismo o los fascistas encubiertos?¿No pertenece la derecha española –incluidos los inquilinos actuales del Palacio de Navarra- a tal conspiración antidemocrática? ¿No es acaso la derecha, en España y en Navarra, heredera de cuarenta años de franquismo y opresion?¿no son los mismos perros con distintos collares?. Si el partido que representa a la mitad de los españoles y a más de la mitad de los navarros es un peligro democrático, el deber de apartarlos del poder no será sólo político, sino moral.
Más allá del 14M, Rodríguez Zapatero anunciaba la unidad de la izquierda y la necesidad de asumir principios políticos no socialdemócratas: “La socialdemocracia clásica sigue siendo parte importante de lo que ha de ser un proyecto del PSOE, pero junto a eso hay que incorporar nuevos horizontes, que una izquierda muy plural viene proponiendo en los últimos tiempos” (El País, julio de 2001). ¿Qué izquierda?¿Qué plural? La paleomarxista de IU, la nacionalsocialista de ERC, responde el español atribulado ante la avalancha mediática. Los miembros menores de la coalición gubernamental juzgan hoy antidemocrática a la derecha española: Una sola consigna surge de sus gargantas; arrinconar a la derecha en España. que su modelo histórico sea La Habana o Pekín poco parece importar al partido del Gobierno, que consiente complacido. Entonces observamos con preocupación cómo la enemistad política primaria, la distinción schmittiana entre amigo y enemigo, señala, para la coalición gubernamental, un solo enemigo; la derecha.
Entonces la casualidad se torna causalidad: Para el discurso panvasquista, desde el PNV hasta ETA, la guerra civil aún no ha terminado; el franquismo es antivasquista tanto como antipopular, y se reencarna en la derecha española y navarra. Discurso ajeno a la mejor tradición de la socialdemocracia española, pensará el optimista. A ello responderá el pesimista apelando a las propias palabras del Presidente del Gobierno español. De repente, la concepción estratégica de Rodríguez Zapatero coincide con la del nacionalismo vasco, tornado en Navarra en panvasquismo, y saltan las alarmas en el viejo reino; si por encima de cualquier otra consideración, la derecha es el problema, su desalojo del poder, en Galicia, La Moncloa o Pamplona, se convierte en objetivo estratégico necesario. Es entonces cuando la larga sombra de la coalición gubernamental se extiende sobre Navarra, y desde la Comunidad Foral se observa con pasmo cómo el Gobierno comparte con el panvasquismo la premisa estratégica principal.
Negociar con ETA, inmolarse en nombre de la paz
Gobierno de progreso y gobierno de izquierdas se convierten en los nuevos mandamientos políticos en España. ¿Y en Navarra? La corriente alternativa al actual dirigente del PSOE navarro, Carlos Chivite, se presenta a sí misma como Alternativa Viva; en sus comunicados denuncian la herética conducta del secretario autonómico respecto al proyecto de Rodríguez Zapatero, y proponen lanzar al PSN hacia “la mayoría social de progreso que existe en Navarra”. Paladines del nuevo espíritu gubernamental, claman por el desalojo de la derecha. Pero en Navarra, como en España, la izquierda no socialdemócrata oscila entre el nacionalismo y el colectivismo; ¿cómo olvidar que, más allá de la derecha liberal conservadora y de la socialdemocracia, en Navarra sólo se extiende la minoría panvasquista?
Entonces las mentes retroceden a la imagen de unos socialistas navarros sometidos al Partido Socialista de Euskadi desfilando bajo la consigna del “Nafarroa Euskadi da” (Navarra es Euskadi). Error histórico que los socialistas navarros no tardaron en subsanar; segregándose de sus correligionarios vascos, pasaron a defender tanto la Constitución Española como el Amejoramiento del Fuero navarro frente a los envites panvasquistas. Durante años, el PSN parecía alejar la vieja profecía nacionalista; atraer al PSOE es atraer a Navarra a la nación vasca. Hoy, subidos a la ola inaugurada el 14M por Rodríguez Zapatero, los socios de éste y el panvasquismo militante claman a sus representantes por un” verdadero cambio democrático en Navarra”. Connivencia aparentemente imposible, que nos muestra la ironía de la política; lo aparentemente inverosímil es lo que precisamente acaba haciéndose realidad.
La terminal navarra de IU proclama su plan futuro: “entendemos necesario establecer un nuevo modelo de relación política con el PSN y con las fuerzas abertzales de izquierdas (Aralar y Batzarre) para trabajar por un acuerdo básico de izquierdas”; el frente nacionalista vasco (EA, PNV, Aralar) reunido en torno a Nafarroa Bai proclama con rotundidad cómo “el cambio político en Nafarroa es posible” (septiembre 2005). En Navarra, la izquierda revolucionaria y el panvasquismo etnicista lanzan cantos de sirena al Partido Socialista, y le colocan en la alternativa fundamental; alcanzar el poder en 2007 reeditando la coalición catalana, gallega y monclovita o esperar pacientemente un lento cambio en la tendencia electoral y esperar, otra vez, su turno para relevar a la derecha en el Palacio de Navarra. Respuesta que el constitucionalista tiene clara, pero que se vuelve oscura cuando caminar al borde del precipicio constitucional se convierte en objetivo estratégico fundamental. Entonces, cuando los emisarios del gobierno se reúnen con los verdugos, la siniestra estrategia etarra va cobrando forma.
Cuando España y Navarra comenzaban a sestear en un cálido verano, una noticia (El confidencial digital, 23 junio de 2005) heló cualquier esperanza; PSE y ETA se reúnen, hablan de presos y de Navarra; “éste es un asunto negociable aunque eso requeriría apartar al actual presidente, Miguel Sanz mediante un pacto del PSOE con los nacionalistas”. Vieja aspiración panvasquista, pero que esta vez es escuchada con atención por los enviados del Gobierno de España. Atónitos, los navarros observan cómo Madrid negocia directamente con el nacionalismo el futuro de Navarra; traición de los primeros e hipocresía ideológica de los segundos, los acontecimientos parecen acelerarse cuando Madrid y Euskadi deciden sobre Navarra. Pesadilla de verano, pero que se repite tiempo después; “Batasuna y el PSE hablaron en sus contactos secretos de crear una institución común vasconavarra” (El Confidencial, 11 agosto de 2005). La hoja de ruta se pone, así, claramente en marcha, y afirma el primer paso; una institución común.
Pacientemente, lentamente, la estrategia del panvasquismo para Navarra se hace poco a poco evidente en las groseras pretensiones etarras; crear una institución común para ambos territorios, lejos de la anexión territorial, pero dirigida hacia ella. Estrategia a largo plazo, pero tan lenta como inexorable; Mikel Antza habla de 2009 y 2012 como fechas históricas. En el imparable desfile del panvasquismo, no hay casualidades, sino causalidades; Eusko Alkartasuna habla ya de la Dieta vasconavarra como paso previo a la integración; trágala aparentemente inocente, pero que adelanta una hora el reloj nacionalista vasco.
¿No es normal un órgano común entre Comunidades vecinas?, pregunta despistado el bienintencionado; ¿no es anormal que tal idea surja de la mente de Mikel Antza y los verdugos de Gregorio Ordóñez o Tomás Caballero?, responde el realista informado. A día de hoy, ya no vale engañarse; en la hoja de ruta etarra para la creación de una Corea cantábrica, la dieta vasconavarra ocupa un lugar preferente; preferencia que se abre paso en la mente del nacionalismo no terrorista agrupado en torno al frente nacional de Nafarroa Bai. Pero no es eso lo que hiela la sangre; sino el hecho de que ocupa el mismo lugar preferente en las propias negociaciones con los enviados de Rodríguez Zapatero.
Navarra 2007; el asalto panvasquista
Atrapado entre una derecha asentada en el poder de manera aparentemente perenne y la necesidad de presentar resultados esperanzadores, el PSN parece moverse entre la táctica y la estrategia, entre la política diaria y los principios políticos: ¿por qué renunciar a ocupar el sillón presidencial del Palacio de Navarra con el apoyo del panvasquismo? Aprendices de brujos, los socialistas navarros ocupan ya alcaldías en Navarra con el apoyo de los nacionalistas; ¿por qué no hacerlo extensible a la primera institución de la política navarra?. Ambición táctica que choca con el sentido común del cálculo electoral; ¿cómo olvidar que el electorado socialista en Navarra es tanto socialdemócrata como constitucionalista?¿cómo no temer la reacción de un electorado de izquierda más cercano a UPN que al colectivismo y al nacionalismo etnicista?
Tentación y equilibrio difícil, pero al que los vientos provenientes de la calle Ferraz parecen empujar inexorablemente hacia su solución extrema; apuntalar la política global de Rodríguez Zapatero, y constituir Navarra en otra barricada política frente a la derecha nacional. Para ello, inspirados en el gobierno nacionalsocialista que dirige los designios catalanes, los nacionalistas vascos agrupan fuerzas, renuevan alianzas y ultiman su estrategia.
El panvasquismo, la unidad de la familia nacionalista vasca, desde PNV hasta ETA, tiene en Nafarroa Bai su germen e impulso; partiendo del nacionalismo vasco en versión local (Aralar, Batzarre), sumado al poder económico vasco (PNV, EA) es la base del futuro bloque panvasquista en Navarra, a la espera del advenimiento del hermano etarra descarriado; oficial o por libre, los votos batasunos serán heredados por el frente nacional vasco. Bloque que, aún incipiente, se ofrece generoso al PSN, reivindicando con orgullo los pactos en Galicia, Cataluña o La Moncloa. Ofrecimiento tanto más estruendoso como repetidas las certezas proféticas de La Moncloa sobre una España feliz y pacificada.
Ofreciendo el sillón presidencial, el panvasquismo busca engordar al socialismo navarro; llegará el momento de alimentarse de su fracaso y ocupar el puesto que ocupa entre los partidos del viejo reino. Si la enemistad a la derecha es el motor que mueve a la coalición gubernamental y a sus sucursales regionales, el pacto del PSOE de Navarra con el panvasquismo tras las elecciones de 2007 será un hecho. Cuando ello ocurra, cuando el PSOE empuje a su sucursal navarra a los brazos del panvasquismo en su estrategia de arrinconar a la derecha, estará certificando la defunción del PSN, y adelantando la estrategia etarra sobre Navarra. Reeditando la coalición gubernamental, el PSN se lanzaría hacia el suicidio histórico y político y hará reales los peligros de la paz perpetua: Apaciguar a ETA es hoy sacrificar al Partido Socialista de Navarra; lograr la paz hoy es destruir al socialismo navarro para décadas.
El panvasquismo se encuentra ya en campaña; intuye que las elecciones de 2007 serán definitivas; ¿puede olvidarse que ETA prepara una tregua para concurrir con ella a las urnas, liberando a los suyos del peso de la dinamita y agasajando al Gobierno nacional con el anticipo de la paz? En manos de una coalición a la catalana o a la gallega, la dieta común, la institución paritaria entre la CAV y Navarra será un hecho maquillable para unos, pero implacable para otros; la factura electoral socialista no será sino el aperitivo de la fractura revolucionaria en Navarra.
Constituirse en la segunda fuerza políl poder y constituir una coalición como la que gobierna en España es un objetivo estratégico tan apetecible para el panvasquismo como para los actuales dirigentes socialistas. Pero mientras los segundos oscilan entre la táctica y la estrategia, los primeros no hacen sino construir la Historia en la que creen, Historia que no tiene vuelta atrás, y que se tragaría al socialismo navarro.
De nada valdrían los despojos electorales de la derecha navarra ante un nacionalismo depredador alimentado con el dinero peneuvista y con la agitación etarra; con una mayoría constitucional-pluralista electoral escasa, con una alternativa constitucional desmoralizada y a la deriva, la polarización proclamada por el panvasquismo ya sería un hecho; en la historia nacionalista vasca, un grupo se opone a otro, y un partido se opone a otro. En Navarra, a un partido constitucional-pluralista se opondría otro nacional-socialista, en cuyo extremo se situarían los hoy asesinos de concejales y policías. Históricamente, no han renunciado a ser la vanguardia liberadora del pueblo vasco. Estratégicamente, la acción revolucionaria -terror, violencia, propaganda- sigue siendo la esencia estratégica del credo etarra; la inestabilidad institucional y política, su escalera al poder. Futuro apocalíptico, dirá el optimista, pero que se encuentra nítida en los papeles de la ETA de hoy, papeles en los que la coalición gubernamental española va ocupando preocupantemente su espacio.
Estallado en mil pedazos el equilibrio institucional navarro, el espectro de la balcanización aparece en el horizonte; concepto histórico que alimenta las pesadillas de unos vascos, navarros y españoles agasajados por las suaves palabras de quienes les prometen un futuro esplendoroso. Pero concepto que, en la hoja de ruta del terror, contiene unos plazos que, en la hora presente, el Presidente del Gobierno parece dispuesto a pagar.
La coalición gubernamental, impulsada por la política del pactismo y del apaciguamiento, alimenta las expectativas del panvasquismo.
En la era del 11M, del Estatut y de la negociación, Navarra se revuelve, inquieta. La fortaleza de las instituciones constitucionalistas de las que depende su futuro parece resquebrajarse. Una vez más, la confianza en la responsabilidad del gobernante se convierte en el clavo ardiente en el que, una mayoría silenciosa cada vez más preocupada, se aferra con fuerza, en Pamplona y en Madrid. Y ello porque el circulo histórico parece cerrarse; entre Euskadi y La Moncloa, vía Perpignan, la misma existencia de Navarra se pone en juego, y recuerda a sus habitantes que, a la sombra, les acechan los mismos peligros que hace veinticinco años. peligros, una vez más, bañados en sangre.